
Me gusta un espejo, un espejo
concreto.
No es cuadrado
y está rodeado por un marco de madera
tallada.
Las tres flores que presiden el marco
destacan sobre una cara
reflejada,
triste y cansada.

Esta
ciudad amable
ya no es lo que era.
Miles de peces muertos arrastrados por
la corriente
se cuelan por las alcantarillas.
Y la gente abraza el azar.
Ya nada les queda excepto eso.
Se quedaron ciegos el año pasado por estas fechas.
En una esquina, un carrito abandonado.
Dentro del carrito, un bebé llorando
y llamando a su
mamá.

Se cuenta de un médico de provincias que una vez, paseando a caballo cerca del río, se detuvo entre dos árboles, cerca de un pozo, para espiar a dos muchachas lozanas refrescándose en la orilla, con tan mala suerte que de repente saltó una trucha cerca de donde estaba escondido, asustando al caballo de tal manera que ambos perdieron el equilibrio y cayeron al río. Se ahogaron los dos, el médico y el caballo.

Dos moscas
caminando por un espejo
se sienten cuatro
moscas.
Son
sólo dos moscas
pero la ilusión se basa
en eso.
¿No?
Me pone enferma
nuestro querer tener la razón
en todo.
¡Cuatro moscas caminando por un espejo!
Eso es lo que son y no me intentes
convencer de lo contrario.
Eso me dijo ella.
Le brillaban los ojos al volante.
Hablaba mientras conducía
y me contaba eso de
las moscas.