EL CEMENTO QUE NOS RODEA

Dejadme en paz.
Os aburrís.

Yo no he hecho nada malo.
Respeto el respeto.
Estoy abierto a una relación
cerrada.

Me molesta ser
un heterosexual del montón.
Me gustaría ser un marica talentoso
y casarme con un oso.

¡Grrroooarrgg!

Y sí.
He recogido ceniceros ardiendo.
He decidido los apellidos de Lorenzo.

Lorenzo Amarillo Calvo.
¿Qué os parece el parentesco?

¡Puag!

Mira cómo huele.
Huele cómo se mueve.

Vivimos un presente grisáceo.

Las nubes se desplazan a toda velocidad
reflejadas en la luna delantera
de un coche comprado
a plazos.

Pero a pesar de todo me gusta
el cemento que nos
rodea.

BYE BYE LEGULEYO

Os presento a Leguleyo.

A la primera de cambio Leguleyo
te corta la cabeza y la clava en un palo.

Entre dos coches,
entre dos arbustos, desde allí te vigila Leguleyo.
Parece un compañero abnegado pero no,
es todo lo contrario.

Leguleyo sólo sabe pensar en Leguleyo.

Si tienes miedo lo ves.
Leguleyo huele el miedo.
Leguleyo crece con tu dolor.

Mi hermano y yo lo conocemos bien
pero como somos de Bielorrusia
lo pisamos con fuerza.

Bye bye Leguleyo.

BALADA DEL POBRE

Soy tan pobre que no puedo imaginar
que tengo mucho dinero.

Qué justicia es esta
que no me
duele.

He disfrutado con la basura
y eso me hace disfrutar
mucho más
con todo lo demás.

No sé
si es bueno,
no sé si es malo que
tarde tanto en
llegar.

El dinero.
El dinero.
El dinero que me deben.

Soy tan pobre que no puedo imaginar
que tengo mucho
dinero.

Sólo veo lejano
un tesoro entre las rejas.

¡UN LIBRO!

Desde
aquel odioso regalo
no volví a ser el mismo.

¡Un libro!

Entonces empezaba a ponerse de moda
un gotelé más afilado,
más noventas.

¡Pgiu, pgiu!

Cada cosa que me pasaba,
cuando lloraba y no entendía nada,
acto seguido, dejaba de ser
el mismo.

Un día vi en la tele que un
vampiro mordía libros
y se alimentaba
de su
contenido.

Empecé a morder mis libros.
Empecé a morder
mis libros.

NO ME MANDES LEJOS

No puedes mover algo
que mueves para poder moverlo luego.
No puedes hacer algo que haces para poder
hacerlo luego.

Ya te has quejado de casi todo.

Sólo te queda quejarte del viento.
Has decidido no rezar,
no sentarte a
rezar.

Quieres contarme por todos los medios
la historia de Mario el camionero.

Parecían más largas sus piernas dentro del camión.
Parecía más pequeña su cabeza dentro del camión.
Pero eran cortas sus piernas
y encima de los hombros
gastaba un buen
cabezón.

Y así acaba la historia de Mario el camionero.
Yo iré sin mis hijos donde tú me digas.

No me mandes lejos.