UN CONFLICTO DE NO SÉ QUÉ TIPO

Cuando
por fin maté
la mosca que hacía
más de media hora me
había estado molestando,
me senté y respiré tranquilo.

Y seguí haciendo lo que
me ocupaba en ese
momento.

Pues resulta que la mosca seguía revoloteando y molestando.
Pues resulta que no había sido una sola mosca todo el rato.

¡Habían sido dos!

Ahora que te lo cuento me
invade un conflicto
de no sé qué
tipo.

COMO EL CASTILLO DE TIEBAS

Eres
muy yo
en ese aspecto.

Maduro y gracioso.
Un caballo desbocado a la fuga.
Bastante friolero cuando tienes que serlo.
Un sinvergüenza con mucha sinvergüencería.

Eres muy yo cuando miro al ser humano.

Ves brazos y manos.
Ves rostros plagados de ojos y bocas.
Ves culos feos y culos bonitos.
Culos grandes y culos
castillo.

Todos los culos son culos y todos los rostros
se parecen, y un buen día
desaparecen.

Algunos se mantienen.
Como el castillo
de Tiebas.

LO QUESCRIBO

Le mandé un poema a un amigo:

El viento me acariciaba la cara. Me hacía cosquillas la lluvia en las orejas. Caminé y caminé, y llegué a un descampado. Me tumbé cerca de un charco y fundido en el barro me sentí la persona más dichosa del planeta tierra.

Y mi amigo contestó:

Eso es lo que yo vengo haciendo siempre. Gracias.

Y entonces me di cuenta de que lo quescribía
no hablaba tanto de mí como
de los demás.

Ayúdame
con la mudanza.
Ayúdame a trasladarme.
Ayúdame a trasladarme a no sé dónde.

Me dijo mi amigo. Y se largó con los brazos colgando.

LO VERDADERAMENTE INFERNAL

Encontré una seta
venenosa en un bosque y me la zampé.
Y cuando me desplomé intoxicado entre los árboles,
a excepción de unos pocos pájaros,
no había allí nadie para verlo
y llevarme a un hospital.

Te lo cuento muerto y flotando en el espacio.
Porque como tú y yo sabemos, cuando nos morimos,
todos acabamos flotando
en el espacio.

No es tan malo flotar.

Lo verdaderamente infernal es acabar flotando
lejos de las personas que quisimos en vida,
por toda la eternidad.

LA PERSONA MÁS FELIZ DEL PLANETA TIERRA

Todas las mañanas besos de madera,
caricias de corcho, abrazos
de plástico quemado.

Todas las mañanas cariño seco de primera calidad.

Intentando arrancar su coche
su coche parecía que
le decía:

¡No me toques!
¡No me toques los cojones!

Entonces lo abandonó todo y caminó a la deriva.
Y le cayó encima una tormenta
eterna y sagrada.

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El viento le acariciaba la cara.
Le hacía cosquillas la lluvia en las orejas.

Caminó y caminó y llegó a un descampado.

Se tumbó cerca de un charco y fundida
en el barro se sintió la persona
más feliz del planeta
tierra.