Charcos de sangre

A veces, ver la televisión es un ejercicio de fortaleza. Algo que te trabaja los músculos de la paciencia y te entrena la capacidad para la sorpresa. Ver las escenas de la matanza de focas que cada año protagonizan esos cazadores a sueldo canadienses es una de ellas. Para quien las ve por primera vez, como es el caso de muchos niños que se las encontraron ayer en varios informativos, supone un choque de consecuencias difícilmente calculables. Puede que abracen de por vida alguna ideología ecológica y vegetariana o, por el contrario, asuman que la vida es macabra por naturaleza. No sé. Pasó lo mismo la semana pasada cuando vimos las cargas de los Mossos d’Esquadra catalanes dando estopa a los oponentes a Bolonia por oponentes, a quien pasara por allí por mala suerte, y a los cámaras y fotógrafos por cercanía. El caso es que ver el charco de sangre en mitad del hielo polar y las narices rotas de algunos compañeros son escenas que nuestros pequeños tendrán que sumar a su larga experiencia como espectadores de la violencia. Claro que, quizás sea mejor que sean espectador sufridos pero críticos a que se dejen llevar por esos programas de lucha libre que ofrecen en varias cadenas como espectáculo infantil. Se ve que la tele no es el único ámbito donde los chavales están desprotegidos. Ayer, muchas cadenas se hicieron eco del informe de la OCU según el cual l os adolescentes pueden adquirir bebidas alcohólicas sin mayores problemas. Madrid, Valencia, ciudades casualmente gobernadas por el PP, eran las más permisivas. Permiso como aquellos que, manda huevos, fueron capaces de devolver a sus familias 30 cuerpos sin importarles la identidad. Seamos permisivos con nuestros hijos, dejémosles que vean los informativos. Está claro que la vida puede ser más dura todavía.

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