11-S todos los días

Por si todavía no han caído, hoy es la fecha maldita del once de septiembre. Y es difícil olvidarse de aquellas imágenes incomprensibles de la Torres Gemelas de Nueva York que torturaron al mundo durante aquellos informativos. Aquel plano fijo que lo único que mostraba era el humo producido por el primer impacto y cómo, en pleno directo, un segundo avión se estrellaba contra el otro edificio aclarando de manera definitiva qué es lo que había sucedido en el primero. Momentos históricos en los que el plano general de la televisión peleaba por intentar no servir de medio a los fines terroristas y, al mismo tiempo, no podía cerrar el objetivo a la tragedia que se estaba produciendo delante de las cámaras.

El debate sobre la emisión de los restos de los actos violentos se completó con la menor censura que se produjo en los atentados de los trenes de cercanías en Madrid en los que se interpretó que las escenas macabras de los heridos no añadían nada positivo a la noticia. Las imágenes del 11-S cambiaron de alguna manera el mundo. El mensaje que lanzaron venía a reforzar la idea de que la seguridad ya no dependía de las fronteras; que a todos nos podían estrellar un avión en nuestra casa, o algo así. Claro, eso fue entonces, cuando todavía teníamos el susto pegado en el mando a distancia. Luego los espectadores seguimos viendo de lejos, catástrofes aterradoras por televisión. Quizás la mayor, aquella ola gigante que se tragó miles de personas en Sumatra. La censura del buen gusto que se nos ha instalado impide muchas veces ver la realidad de los miles de víctimas civiles en Iraq y Afganistán. Nadie se entera, al parecer, de esos onceeses que cada día interpretan unos pocos inmigrantes, héroes silenciosos que se los traga el mar ante el silencio de las cámaras que siempre miran para otro lado.

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