Grabar la muerte

NO sé si recuerdan el drama de Omaira Sánchez, una niña de trece años que murió tras lenta agonía, atrapada en las ruinas del pueblo colombiano de Armero, que había sido destruido por el volcán Nevado Ruiz. Una avalancha volcánica de agua y lodo que desbordó el cauce del río Lagunilla, a 250 kilómetros al oeste de Bogotá, y produjo 26.000 muertos. En aquel infierno los cámaras de televisión se toparon con Omaira atrapada en un agujero lleno de agua del que no fue posible sacarla. Los cámaras hablaban con ella mientras la grababan. Después de 72 horas la niña murió y los periodistas que hablaron con ella quedaron profundamente marcados. Veinticinco años después un juez ha prohibido la exhibición de las imágenes del accidente de Barajas. Supongo que lo habrá hecho con buen criterio, aunque la medida es lo más parecido a ponerle puertas al campo. El accidente del avión de Spanair ha demostrado que hoy en día, con las posibilidades de grabación que ofrecen los teléfonos móviles, la gente siente que lleva un reportero dentro. Se ha despertado la conciencia de que uno puede hacer el agosto grabando allá donde va. Toparte con una accidente es, vamos, como si te tocara la lotería. Hay tantas grabaciones del accidente pululando por ahí que resulta muy difícil de explicar si lo que condujo a la gente hasta el lugar fue la ayuda o la simple curiosidad de poder tomar unas imágenes que lo conviertan a uno en periodista mediático. Una cosa es la información y otra muy distinta que todos los ciudadanos del planeta se sientan en la obligación de grabar al moribundo antes de preguntarle si necesita ayuda. He pensado en la niña Omaira porque finalmente murió mientras se despedía de un avión que sobrevolaba la zona.

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