Tele tensión

La prueba de que los espectadores se apuntan a caballo ganador lo demostró la baja audiencia de la Fórmula 1, si la comparamos con otras semejantes cuando el piloto asturiano era el rey del mambo automovilístico. La tensión para el triunfo es la primera de las razones del éxito televisivo. Quizás por eso los grandes realitys tipo Supervivientes encuentren su máxima audiencia al final, cuando el Jesús Vázquez de turno diga el nombre del ganador Nilo Manrique de turno y al Juanito Oyarzabal que pierde se le quede esa carita de no haber coronado la cumbre del éxito y de haber perdido el tiempo en ese monótono campo base que es ese programa.

La épica política democrática también tiene sus momentos, digamos, televisivos. El debate sobre el estado de la nación es, después del escrutinio de las elecciones, uno de esos momentos. Los candidato se fajan en la retórica y sus discursos pasan a ser una herramienta tan aplastante como el piolet de los montañeros o la raqueta de los tenistas. Por un día en el intangible de la competición política tiene su escenario y, pese a que no hay marcador oficial que lo anote, se produce el fenómeno competitivo: los oradores ganan o pierden según hayan convencido desde la tribuna en el Congreso de los Diputados. Hubo un tiempo en el que estos debates tenían mucho tirón y eran seguidos por audiencias millonarias. Pero llegó Aznar con aquella famosa frase de: «márchese, Señor González, váyase» y la cosa fue decayendo hasta la sinsustancia actual, entre el eterno aprendiz de tribuno Rodríguez Zapatero y el orador pedante y salibante de Rajoy. El resto de los portavoces también compite y, en ocasiones, lo hace de manera contundente y brillante, pero esos no cuentan en la quiniela a 1 ó 2. El debate sobre el estado de la nación fue el primer reality show : la madre de todas estas macarradas televisivas.

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