Imitadores

Como llega el verano, llega también la oportunidad de los profesionales de la tele para retirarse de sus reinos de taifas y descansar del estrés y las cargas físicas y mentales que tiene eso de ser figura mediática. Estaría bien que mientras descansan tumbados en esas playas de ensueño, a las que sólo algunos afortunados suelen acceder, estaría bien, digo, que reflexionaran si para el año que viene nos merecemos la televisión que nos están dando. Que por ejemplo Ana Rosa Quintana mientras se extiende la crema solar haga lo propio con su programa y elimine esa información basada en la aburrida monserga de los famosetes. Para paliar los estragos de Dolce Vita o Aquí hay tomate sería necesaria una colecta entre todos los telespectadores para que alargaran sus vacaciones de forma indefinida. Esto no sucederá, claro, así que seguiremos con los programas y con esos sustitutos imitadores que copian el acento, los gestos y hasta los tics nerviosos de las primeras figuras. En realidad existe un miedo razonable a no dejar de emitir este tipo de programación en verano. La explicación está en que es tan rematadamente mala y tan bochornosamente inútil, que cabría la posibilidad de que, una vez que has estado un par de meses sin ella, luego te parezca purita bazofia. La programación de verano, en consecuencia, tiene como principal estrategia quedarse como están. No hagamos muchos cambios no sea que llegue el otoño y no sepamos cómo va a reaccionar el público. Y si a las grandes estrellas se les pide un poco de reflexión, también sería oportuno que los espectadores lo hagamos. Un poco de tarea para este verano no nos vendrá mal. Si en la decisión del mando a distancia está la clave, vamos a ir entrenándonos para cuando llegue el otoño dar una buena sorpresa a los programadores.

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