Enemigo en casa


El cine en la programación de Semana Santa es algo tan habitual como reponer Don Juan el día de Todos los Santos en los teatros de Madrid. La revisión de clásicos como Quo Vadis, Espartaco, Ben Hur, etcétera, supone no gastar munición en unos días en los que todo el mundo está de viaje. De alguna manera se piensa que el hecho de ver la tele es un acto íntimo y hasta cierto punto injustificable. Según las estadísticas, nos pegamos 240 minutos delante de la televisión pero si nos preguntaran por ello jamás reconoceríamos esta cifra. Supone una vergüenza asumir que dedicamos cuatro horas de 24 al ejercicio de ver la tele como si, por otra parte, ninguna de ellas estuviera justificada. Por más que algunos nos quieran vender la moto de que tal programa se hace para toda la familia, en realidad, lo que hace la tele es crear muros de incomunicación entre los miembros que se juntan para verla. Todos los pedagogos, psicólogos e, incluso, estas supernannys cuya existencia depende precisamente de la televisión, insisten en la necesidad de que los niños no realicen tareas importantes mientras se encuentra encendida la caja tonta. De esta manera, los expertos afirman que ver la tele es como tener al enemigo en casa. La capacidad de la tele para polarizar la atención pone en peligro el resto de las actividades y, seguramente, también los valores. Sin embargo, reconocer todo esto es ofrecerle demasiada importancia. Se puede ver la televisión si aprendemos a hacerlo de manera interactiva. Que los mensajes que al otro lado nos mandan tenga cumplida respuesta desde los espectadores. En familia y ya que estamos de minivacaciones, que prueben a ver la tele pero sin dejar que sea el centro de las conversaciones. Hay que afrontarla sin miedos, eso sí: que nunca tenga más protagonismo que la opinión de quienes se reúnen a verla.

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