Se escribe K.O.

Que la televisión es un espectáculo público al alcance de cualquiera me lo demostró mi hija pequeña al levantarse de improviso a la una de la mañana y quedarse boquiabierta viendo el combate de boxeo que a esas horas ponían en la televisión: «¿Papá por qué se pegan?». «A dormir que es muy tarde». El boxeo está viviendo en la ETB 1 una segunda juventud. Todos los viernes un buen rato después de la medianoche, cuando la mayor parte de los niños están a buen recaudo, se emite Boxeo Izarrak, un espacio conducido con ritmo y pasión por Pedro Mari Goikoetxea y Manu Maritxalar. Este viernes, los combates seleccionados se correspondían con una velada en Vitoria-Gasteiz -vamos, que se jugaba en casa- y la retransmisión habitual se pudo completar con entrevistas a los protagonistas y todo esos añadidos con que los programas deportivos ganan. Reconozco que no soy un gran aficionado al boxeo, seguramente porque no sea un deporte que haya practicado, con lo que mi papel como espectador se debate entre la contradicción de agarrar el cojín y la de suplicar que esa tanda de golpes no acabe en algo fatal. Claro que, poco a poco, me voy haciendo con cierta culturilla pugilística, que me permite entender al tándem Maritxalar y Goikoetxea (al que no se le escapa ningún crochet por ligero que este sea). Lo que empezó siendo una pasión tan inconfesable como la de ver las películas X y la Teletienda de las tres de la madrugada, ahora se ha convertido en espectáculo compartido del que se puede hablar en el trabajo y así. «Vaya vergüenza, el combate lo ganó Natxo Mendoza. ¿Por qué no dieron ganador al boxeador de Vitoria que mandó a la lona al francés a las primeras de cambio?». Está claro. Me queda mucho por aprender: mirar el reglamento y tomar medidas con los niños antes de que me hagan otra pregunta que me deje K.O.

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