A la vejez, sms

Estos días han aparecido dos datos contradictorios que hablan del momento confuso que padece el medio televisivo. Hemos alcanzado los 244 minutos de media que pasamos cada uno de nosotros frente a la televisión. Sin embargo, este dato choca con el de que en los jóvenes ha descendido el tiempo que dedican a la tele en favor de Internet. El público televisivo va envejeciendo a marchas forzadas. La tercera edad es la que más enganchada está a la caja tonta. Está claro que el listón en el lenguaje y en la comunicación está pensado para que enganche a los abuelos. El mundo de la televisión, como el de esas tribus aisladas que procrean entre familia, corre el riesgo de producir programas deformes a fuerza del abuso permanente de la consanguinidad. Por más que uno apunte con el mando a las cadenas, la realidad indica que lo que habría que zapear son las cuatro productoras que manejan todo el cotarro y que son las que marcan tendencias y estilos. El negocio de la televisión se ha instalado en la idea de que el éxito está directamente relacionado con las nominaciones y toda esa mentira cochina de que el público es quien decide con su voto el candidato ganador. La mayoría de los programas televisivos copian las estrategias de mercado. Si en su momento lo actual era remitir al público a un apartado de correos, luego fue el número de fax y más tarde la página web, pues ahora lo que se lleva es el sms. Hay tal abuso de estos mensajes que actualmente los ponen en todos los programas como un símbolo juvenil, cuando en realidad los chavales están en Internet y los abuelos pasan de enviar correos. Los mensajes proceden de un redactor contratado que los escribe para que aparezcan en directo y hablen de lo que les interesa. Van de modernos y sólo les hace caso el abuelo.

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