
Vámonos a Reus,
una ciudad modernista.
Olvida
tu pasado,
cambia de peinado
y
sigue
trabajando.

Mis aviones
de papel nunca volaban.
Un esqueleto me daba consejos, y había
que ver cómo aconsejaba.
Agarra ese palo.
Suelta ese
palo.
Una noche de verano
atrapé una luciérnaga y la metí
en un bote de
plástico.
Por el día estaba muerta y fea.
Por el día
era un horrible gusano.
Y es que, hombre con camisa de cuadros,
y manos, y brazos de goma colgando.
Era un horrible gusano.

Colisionó un metro lleno
de gente
con otro metro lleno
de gente.
Y yo no estaba montado en ninguno.
Y no porque no lo hubiera
intentado.
Me echaron de ambos.
Ahora camino por la calle.
Ahora camino solitario.
Imagino que
cientos de cadáveres alfombran el suelo
del metro.
Lo imagino y me río,
y luego lloro.
Esa es la razón de que no me acepten.
Ni los vivos ni los muertos
me aceptan.
Oigo una voz afeminada de fondo,
una voz como aflautada.
Me dice
que la vida no
puede esperar, que mi vida
no puede.
Y por eso escribo todos los días.

Cuando le conocí,
mi amigo no fumaba, comía
mandarinas.
Quemaba cosas,
y como cuando tiendes
la ropa y al terminar observas
orgulloso tu hazaña,
él observaba orgulloso su hazaña en llamas.
Tenía la necesidad de hacer todo sin esperar,
y cuando no conseguía todo lo que quería,
se frustraba.
Supongo que se trataba de un rasgo común
en
todos nosotros.
…
Ahora,
al igual que mi amigo,
todos esperamos que ciertas cosas vayan surgiendo.
Surjan o no surjan, sabemos esperar.
Hemos
adquirido
esa discapacidad.

UN vagabundo sin
UN zapato tumbado en
UN banco.
Y todos miran lo que lleva entre las manos.
Restos de arroz de una boda.
Le aplauden como a
UN payaso.
No se
llama Jerry.
No tiene nombre.
UN vagabundo sin
UN zapato tumbado en
UN banco.
UN vagabundo agredido junto a un árbol.
Le han roto todos los huesos
y el cráneo con UN
palo largo.

No me creo al Papá Noel del centro comercial de Lleida.
Es un hombre corriente disfrazado de Papá Noel.
Saluda con su mano falsa imitando
al más grande, al todo
poderoso Papá
Noel.
Pero se nota que no es él.
Sangra debajo de la mascarilla.
Puedo ver cómo poco a poco se va tiñendo de rojo.
¡Bah!
Hay muchas empresas que hacen lo mismo.
Contratan a un impostor y luego esperan que nos lo creamos.
Pero yo no me lo creo.
Ese Papá Noel es más falso que un pato.
Ay los patos…
¡Cuánta risa forzada esgrimen los patos!
¡Cuánta risa y cuánto derroche!