
Rompí
todos sus bolígrafos,
la pantalla de su ordenador
y el teclado de su máquina de escribir.
Le rompí las manos y los pies y de un palizón
lo postré en una silla de
ruedas.
Pero a pesar de todo él seguía escribiendo sus poemas de mierda.
Porque… soñar es escribir. – Me dijo estirando su fino cuello.
Los poetas de verdad no necesitamos ni las manos
ni los pies para escribir… Sólo necesitamos
soñar… Que nadie te diga de qué
color son tus sueños.
Mi
cara
era un
poema de
mierda cuando
escuchaba sus palabras.
Tienes razón. – Le dije.
Y le disparé un puñetazo a bocajarro.
Y le rompí el cuello y el oriller.
Y no volvió a soñar nunca
jamás.
