Sí, queremos

Algo malo nos ha pasado cuando en pleno siglo XXI acabaríamos celebrando desde aquí la coronación del presidente de Estados Unidos. Y es que lo primero que supimos por televisión es que, como es tradición, Obama se fue a misa antes de jurar su cargo. Esta ceremonia mediática hace unas décadas hubiera partido de risa a buena parte de la gente de mi generación, sin embargo, lo del pasado martes era en serio. Misas, desfiles pomposos, bailes de galas. Ostentosidad imperial a la altura de los antiguos emperadores romanos pero, esta vez, por las calles de Washington. Estética de cine negro y mensajes de toma de posesión planetaria. Lo que en otras ocasiones no hubiera levantado ningún interés, esta vez consiguió atrapar a más de la mitad de la audiencia que estaba viendo la televisión. En esto de las grandes ceremonias existe el síndrome del espectador que además quiere ser testigo. Un fenómeno que lleva a personas aparentemente normales a abarrotar las calles o a pegarse de las teles cuando barruntan que esos actos pasarán a la historia. Ahora todo el mundo quiere escuchar el articulo 2º de la Constitución estadounidense, todo el mundo sabe que el juramento tiene 39 palabras y que se hace posando la mano izquierda sobre la misma Biblia que utilizara Lincoln. Obama es sinónimo de relanzamiento. Yes we can . Pues vale, se trata de hacer frases miren: yo quiero, vosotros podéis y ellos quieren. Cuentan que al temido emperador Calígula le gustaba escuchar coros e instrumentos mientras su galera se mecía en las convulsas olas del Mediterráneo. Y en las convulsas aguas del siglo XXI, las compases que sonaron en la avenida Pensilvania, la historia y la tele firmaron un día histórico. No es por chafarles la fiesta pero déjenme que les diga que la celebración tenía mucho de tenebrosa.

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