Los convidados

A la gente lo que le gusta es ser millonario, así tenga que salir en la tele y hacer el ridículo. Ésta es la base de ¿Quién quiere ser millonario? Un clásico televisivo que va adaptándose a los nuevos tiempos pero que siempre es lo mismo. Y es que aparecer en la tele es uno de los hitos de mucha gente. Hay espectadores cuya mayor ilusión es ir a un programa a hacer bulto. Convidados de piedra, los sientan en las gradas y aplauden cuando lo manda el regidor y luego tan contentos vuelven a sus casas a verse, claro, después de haber devorado el kas y el bocadillo de jamón. El público de los programas de televisión es muy variopinto. Los hay que siguen los debates con atención cercana al hipnotismo. Hay otros menos profesionales que no resisten la tensión de sentirse grabados y miran de reojo a los monitores para ver si aparecen; se entusiasman y sueltan un saludito acompañado de sonrisa nerviosa. Luego están esos programas más cañeros, que lo que quieren es un público que se entregue a las bromas; que haga el gamberro y participe aplaudiendo y gritando hasta la extenuación. El público es una especie de mobiliario. Unas veces mudo como los sofás y, otras, más interactivo que los mismos invitados. En programas del corazón, de entrevistas o concursos, al público se le tiene mucho miedo. Se le vigila para que nadie interfiera; que nadie rompa la magia o interrumpa un directo ni saquen una pancarta reivindicando la energía eólica o el acercamiento de los presos. Cuando la cámara capta a esos invitados de piedra al fondo del escenario, me pregunto qué les habrá llevado hasta ese plató. Si la curiosidad por ver cómo es la televisión por dentro o la necesidad de sentirse grabados para luego verse en casa. Cómo se explican todas esas horas, tanta paciencia para que, al final, cuando se acerca la cámara y vas a saludar, te corten en seco.

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