Hasta el más allá

Como las mascotas de capricho, la televisión estos días se abandona sin ningún pudor. Un año más, en el mes de agosto se constata que la televisión es un producto sólo al alcance de quienes no tienen otro mejor. En verano, la playa con chiringuito le gana por goleada al cuarto de estar por muy plana que sea la televisión. Seguramente existe alguna relación entre el ocio y las horas que le dedicamos a la televisión. Si me apuran: parece claro que, cuanto más tiempo libre disponemos, más se lo dedicamos al televisor. Por el contrario, cuando nuestro tiempo lo dedicamos a las vacaciones, a la tele le levantamos el dedo corazón y como dice la canción de verano «que te den, que te den por ahí». De esta debacle no se ha salvado ni siquiera Yo soy Bea, el culebrón más exitoso que lleva un año con unas audiencias escandalosas. Parece que a partir de hoy se coge puente pero para el lunes ya tenemos aquí los nuevos capítulos. Más madera para una serie que, a este ritmo, va a batir todos los records, incluido el de el de ni chicha, ni limoná que es su resumen argumental desde sus inicios.

Los espectadores, cuando llega el verano, nos volvemos un poco cínicos y nos reímos de nuestros propios hábitos. Negamos nuestra dependencia televisiva como dice la Biblia que hacía Pedro de Jesús. Puestos a negar somos como Grabrielle, el personaje de una de las Mujeres desperadas que el pasado martes le escupió a su madre esta linda frase: «No moriré como tú, sola en una caravana y viendo telenovelas» Que nos asalte la muerte mientras suenan los diálogos repetitivos de Yo soy Bea tiene su punto. Pero después de todo este año de preámbulos, morirse sin ver si por fin la secretaria fea se casa con don Álvaro es, de verdad, una faena: como para llevarse el mando al más allá por si acaso se sintoniza algo.

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