Sangría imparable


Pobre de mí, pobre de ti y pobres de aquéllos que amen la televisión porque no les va a quedar otra que sacar la tarjeta cada vez que quieran verla. Hablo de la programación que ofrecen las grandes cadenas, esa que llega hasta todos los hogares de gratis: va perdiendo espectadores a una velocidad inusitada. Esta última temporada el 7,8% de la gente, ahí es nada, se ha decantado por los canales en abierto y la oferta cada vez más completa de temáticos. La cifra debería preocupar a estas lumbreras de la programación. Pero más parece todo lo contrario: están viviendo de esta gallina de los huevos de oro abriéndola en canal y sacando todo lo que tiene dentro. Claro que las consecuencias no tardarán en llegar. Este chorreo de espectadores afectará directamente a la calidad de los productos. La tele del futuro es más o menos la que hoy propone Telecinco. Su hegemonía es ficticia en cuanto que no está trabajando para el futuro. Su apuesta por programas como Hormigas blancas, Dolce vita o series alargadas artificialmente y que no proponen ni una sola idea novedosa como Yo soy Bea, es pan para hoy y hambre para mañana. Otros de los ejemplos que hablan por sí solos es el éxito ficticio de Cámera café, una cámara y unos actores que interpretan delante: ejemplo claro de que funciona con la ley del mínimo esfuerzo. Las nuevas formas de televisión tienen la fortuna de enfrentarse a una programación generalista débil por lo que su crecimiento está siendo mayor del esperado. Hay que tener en cuenta que en los últimos cuatro años 15 de cada cien personas han abandonado la tele tradicional para ir hacia las nuevas ofertas temáticas. Con esta calidad y a este ritmo la tele gratis será lo más parecido a un cubo de basura al que sólo se acerquen despistados, algún enfermo y los ciudadanos verdaderamente desesperados.

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