Hasta mañana

EN esto de la televisión hay teorías para todos los gustos. Tengo dos compañeras de trabajo que aseguran que la mala programación de la noche del viernes y, en general, la del fin de semana, les anima a salir de juerga con más facilidad que si en la parrilla de tv fueran propuestas interesantes. Yo no es que me lo crea, pero acepto el reto de anotarlo en esta columna porque algo de razón tienen. El problema de la mayoría de los espectadores de televisión es que acabamos tragando con lo que nos echen. Muchos son los que lo dicen, pero pocos son los que apagan la tele para leer un libro o ir al teatro. Estaría bien que la mala televisión fuera el revulsivo definitivo que nos hiciera aficionarnos a la literatura, a la danza, a los conciertos o a cualquier tipo de espectáculo del que uno pueda ser testigo en vivo y en directo. Bien mirados, los momentos que uno vive por ahí cuando sale de juerga tienen perfecto paralelismo con la rutinaria vida televisiva. La charla informal con los colegas en un bar es lo más parecido a esos programas informativos y de debate en los que uno se entera de las cosas cotidianas de la vida y de paso da su parecer sobre alguna de ellas. Luego la noche avanza, y los bares de copas con esa música infernal convierten la charla en un griterío como de Hormigas blancas, y uno mismo se transforma en un Kiko capaz de poner de vuelta y media al resto de la cuadrilla. Y qué voy a decir cuando uno de esos ligones profesionales se lleva de la cintura a la chica que llevabas toda la noche mirando sin atreverte a decirle nada, ese momento memorable que coincide cuando a uno le dan las dos de la madrugada y ha pasado cuatro horas delante de la televisión sin comerse una rosca y decide que ya está bien, que ha llegado el momento de apagar y marcharse a la cama. Hasta mañana.

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