Menuda encerrona

Siento una enorme liberación cada vez que finaliza una edición de Gran Hermano . Cada temporada me creo menos que pueda existir gente dispuesta a que les graben sus intimidades pero la realidad se empeña en demostrarme lo contrario. No solo hay infinidad de personas dispuestas a formar parte de ese espectáculo monstruoso, basado en que millones de personas tengan acceso a uno de los tesoros más importantes del ser humano: la intimidad. No puedo tampoco con la presentadora de ese programa. Cada vez que Mercedes Milá aparece en televisión necesito imperiosamente acceder al mando a distancia y cambiar de canal. Desconozco de dónde viene el rechazo: si tiene algo que ver con manías como las que uno no soporta ver la sangre o le salen sarpullidos con solo rozar la moqueta. Todo empezó con la presentación de Gran Hermano . Desde entonces, nada de lo que dice esta mujer tiene credibilidad por muy efusivas que sean sus afirmaciones. Pone tanta credibilidad en los dimes y diretes de unos concursantes y sin solución de continuidad presenta un programa de cámara oculta como si en cada palabra se jugara la vida. En fin, lo importante es que los chicos estos ya están todos fuera y lo digo porque para los amantes de la libertad las encerronas nos producen desasosiego y, sobre todo, porque ahora ya no nos los encontraremos cuando hagamos zapping . Claro que se anden con cuidado las muñecas de Famosa en su camino a Belén porque esta gente lo mismo les improvisan un Gran hermano con Espinete, Doña Rogelia, Macario y compañía. Un documento periodístico que la Milá no podría negarse a presentar por sus grandes valores y que haría que no nos abandonara por Navidad. Y es que ya se vio en el programa de Jesús Hermida. La televisión es cosa de 50 y los demás ya saben: a votar la imagen de su vida.

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