Se dejan querer

HABLANDO en términos biológicos el nacimiento de Aida se produjo por mitosis. Eso de que una célula, que era Siete vidas, se parte y da lugar a otra célula de características similares. La célula originaria dejó de existir este invierno pero la resultante continúa con bríos por el mundo. Aida es un personaje que se deja querer, que encara las tragedias y las alegrías a golpes de verdad y de humor. Desparpajo a raudales y emoción contenida en los momentos críticos. De la nada ha crecido hasta convertirse en algo tan importante como la serie de la que partió. Pero es que actualmente hay todo un mundo televisivo que vive de los sentimientos expuestos con humor. Del cariño que el espectador tome a un personaje, de los distintos motivos que ofrezca el actor para mantenerle cierta fidelidad. Algo como un matrimonio pero sin contratos. Es un trabajo de empatía. Los guionistas buscan lo que el espectador quiere oír, sus chistes, sus giros, su ternura. Y pasa lo mismo con otras series. Esa pelea amablemente familiar de Mi querido Klikowsky, o los aprietos del presidente de la comunidad o del portero de Aquí no hay quien viva, o Los Serrano, que últimamente se centran en Fiti y lo mismo lo enrollan con una actriz porno, que lo visten de picoleto, que de millonario. Pero al final el personaje emerge de nuevo y retoma la verdad que lo ha hecho popular y querido. El arte de la comedia televisiva consiste en rizar desenrollar el rizo de sus personajes más queridos. Ni héroes ni villanos. No trabajan la risa fácil, que tanto daño hizo a los actores de teatro y televisión durante años, pero tampoco se ponen a recitar monólogos dramáticos. En televisión se ha descubierto una fórmula que funciona. Permite a los guionistas beber de la realidad para nutrir a los personajes. Y a los actores ir creciendo y dejarse querer.

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