
A
veces
basta con vivir.
Sentarse y no esperar nada.
Dejar pasar el tiempo, cultivar la nada.
Como sentado en un banco
que mira a una pared
blanca
mirando
una pared blanca.
Yo soy vosotros si me lo dice un camarero.
No soy una farmacia, soy un herbolario.
Mis malos propósitos no se los cuento
a nadie.
No me fío de nadie.
Nadie es voluble.
Nadie es débil.
¿Que qué tal estoy hoy?
Pues hoy estoy más triste que un árbol de Navidad.
Y para colmo el marido de mi prima es médico.
Pero me daría pena morir, desaparecer,
porque me lo paso muy bien
viviendo.
(Así en general).
No me gustaría
dejar de divertirme
por toda la eternidad.
Mi pobre ropita húmeda está solita en el balcón.
Pasará la noche en vela, helada
y colgada del tendal.
Me da
pena abandonarla
y no dejarle pasar la noche a cubierto
en el calor de mi
hogar.
Pero es que todavía no está seca.
Mañana lo estará y entonces entrará.
(Ha llovido toda la noche).
Mi pobre ropita húmeda está solita en el balcón.
No deja de llorar, digo de llover.
He cambiado mi contraseña de Gmail.
He soñado que tenía una espinilla en la barbilla.
En mi sueño, el suelo resbaladizo se movía contra la pared.
En mi sueño todo era al contrario, todo era al revés.
Salgo a la calle.
A lo lejos, en la carretera, un TONTO desde su TONTOMÓVIL
utiliza el claxon para saludar a otro TONTO.
Tres
horas
caminando
entre dinosaurios.
Y no me aburro de mirarlos.
Uno come de un árbol.
Otro se divierte moviendo unas piedras.
Uno con plumas me pasa
rozando.
Se hace de noche.
Creo que me tocará dormir al raso.
Los dinosaurios se retiran en manada.
Verdes, rojos, amarillos, todos me dan de lado.
Ya no queda nadie, ni un herbívoro, solo un ruido lejano.