La serenidad como mejor arma europea contra el terror yihadista

Que no hay peor ciego que el que no quiere ver o peor sordo que el que no quiere oír sería la primera enseñanza que los europeos deberíamos extraer de los terroríficos acontecimientos vividos en París. Sabíamos de los riesgos ciertos que el radicalismo islamista supone para nuestra civilización, éramos conscientes de la salida de miles de jóvenes europeos hacia zonas de combate para su entrenamiento con el solo objetivo de su regreso para actuar contra sus objetivos infieles en nuestros países. Hemos sufrido en las dos últimas décadas atentados en nuestras principales ciudades, MadridLondres, París… Vemos cómo su imparable violencia cada día avanza en el África subsahariana, en Oriente Medio y en el Golfo Pérsico, asesinando rehenes occidentales, masacrando a la población civil no integrista que se encuentra a su paso colgando cotidianamente en Internet los vídeos de su barbarie. Pero era más cómodo taparse los ojos y los oídos y seguir plácidamente instalados en la pax europea del no pasa nada, como si todo lo que sucedía fuera una realidad virtual de los informativos de televisión. Lo más seguro es que el terror vivido en París tampoco sea suficiente para sacarnos del sopor adormecido del que no acepta complicarse la vida. Y, sin embargo, la guerra santa está entre nosotros para quedarse, es ya parte trágica de nuestra fisonomía, no la hemos importado, la hemos generado en nuestras propias entrañas europeas de los barrios periféricos parisinos o londinenses.

Sería bueno que fuéramos conscientes de que esos jóvenes cargados de odio e ira que quieren acabar con la forma de vida que les hemos dado, son un producto del fracaso de integración de una inmigración que en la mayoría de los casos se retrotrae a sus padres o abuelos. Sería un ejercicio de sentido común reconocer que tenemos un enemigo interior, que evidentemente sirve a órdenes globalizadas exteriores de las redes terroristas yihadistas, pero que tiene su banderín de enganche en la frustración de una juventud a la que no hemos sabido darles valores superiores que contraponer a la irracionalidad de quiénes les piden que maten en nombre de Alá. El paradigma es muy simple: el Occidente surgido de la Ilustración, baqueteado por dos guerras mundiales e instalado en el acomodaticio Estado del Bienestar, está en quiebra porque no ofrece una realidad terrenal mejor que la prometida en otra vida que puede incluso merecer la terrible pena de inmolarse. A una interpretación integrista de una religión que reconoce la violencia como método de alcanzar sus objetivos, solo se le combate con otra religión que contrapone la paz como valor supremo o con una ética de la solidaridad entre los hombres. Da la casualidad de que los europeos, cada día, menos practicantes de la religiosidad y más adoratrices del becerro de oro, hemos abandonado ambas fórmulas de lucha contra el enemigo de la razón.

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Además, desde la década de los 50 del pasado siglo y, en gran medida, gracias a nuestro poderoso invento de Unión Europea, hemos depuesto las armas entre nosotros y hemos instalado un pacifismo equívoco, que da por sentada la garantía de seguridad en la convivencia, como si ya no existieran enemigos interiores o exteriores. Esa ingenuidad de gobernantes y gobernados, nos pone ahora cuando el terror nos atenaza, en el disparadero de cómo actuar dentro de nuestras confortables fronteras contra el terror integrista. Ante el reto debemos vencer el principal riesgo que nos acecha: la reacción desmedida ante el desafío lanzado por los violentos. El miedo puede llevarnos a socavar nuestra libertad, la esencia misma de nuestro ser europeo y retroceder hacia fórmulas totalitarias o populistas que es exactamente lo que pretenden en su partida de ajedrez a largo plazo los ideólogos yihadistas. Seguridad y libertad son dos caras de la misma moneda indisociables. No puede haber una sin la otra y menos en un espacio común como el que hemos construido con no pocos esfuerzos desde hace casi 60 años. Por tanto, ante el terror la actitud que asuman gobiernos y ciudadanos europeos va a resultar clave para afrontar la nueva situación a la que nos enfrentamos. No podemos caer en la tentación de la respuesta pendular de quien no ha querido ver el problema durante años y ahora pretende resolverlo a base de penas de muerte y convirtiendo Europa en un escenario tan inseguro como injusto. Por ello se impone la serenidad como método de toma de decisiones. Solo la fortaleza que puede darnos el convencimiento de hacer el bien y de no perder nuestros principios pese a ser duramente atacados, nos permitirá ganar esta batalla de formas de entender la vida y la muerte.

La serenidad es aquella actitud del espíritu humano de responder ante cualquier evento o situación sin dejarse arrebatar por sentimientos o emociones desestabilizadores. Una persona serena es una persona pacífica, y en paz con su entorno y para con los demás. Así debemos comportarnos como colectivo racional frente a quienes pretenden que les hagamos frente con sus mismas armas de violencia desatada. Y desde la serenidad debemos entender que la unidad de los europeos que creemos en la paz y la libertad como principal valor en la vida presente, cobra más que nunca un protagonismo histórico. Si nuestros padres fundadores, los Konrad Adenauer, Jean Monnet, Winston Churchill, RobertSchuman, Alice de Gaspieri, Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein y Altiero Spinellifueron capaces de hacernos un relato de la necesidad de la paz como respuesta a cientos de años de enfrentamientos entre nosotros mismos, ahora nuestros líderes tienen la obligación de orientar el discurso de la paz frente a la violencia, de la libertad frente a la imposición. Una vez más, la vieja Europa se convierte en el centro de las miradas del mundo, una vez más, nos encontramos ante la responsabilidad de dar respuestas civilizadas a un planeta interconectado donde la información fluye a toda velocidad y hasta cualquier rincón del orbe. Los enemigos de nuestra forma de vida han escogido Europa como escenario de su asalto, como ya han hecho de forma histórica, pero la forma de guerra ha mutado y ahora no se trata de organizar santas cruzadas contra guerras santas, sino de garantizar la seguridad y la libertad de los ciudadanos que viven en Europa sean del color que sean, piensen o se expresen como lo deseen y profesen la religión que profesen. Ellos, los que siempre en nuestra historia han creído que somos parte de una civilización decadente, incapaces de sacrificarnos y de hacerles frente desde la serenidad y con la paz como bandera, creen que no vamos a ser capaces de soportar su presión día a día, sin perder la unidad y sin caer en formas de totalitarismos. En nuestra mano está escribir una de los mejores capítulos de nuestra historia, uniéndonos ante un enemigo común que desprecia la vida y cualquier forma libre de expresión que no sea la suya.

De cualquier riesgo surge una oportunidad si se sabe afrontar la situación. Por dolorosas que sean las jornadas que nos toquen vivir, los europeos sabemos que somos mejores cuando nos ponen al borde del precipicio de la intransigencia, que en la defensa de nuestros valores nos hacemos fuertes y surge la inteligencia que tantas aportaciones a la humanidad ha dado. Francia no puede sentirse sola en esta batalla ni un solo día, los ciudadanos franceses no pueden pasar este duro trance que puede trasladarse en cualquier momento a una de nuestras ciudades, sin sentir el apoyo incondicional de todos. La coordinación de medios antiterroristas y de información debe ser absoluta entre los Gobiernos de la UE y las propias instituciones europeas deben demostrarnos más que nunca que nos son meros administradores de nuestro comercio, sino que velan por las libertades de los 400 millones de europeos que hoy componen la Unión. Una libertad que se defiende dentro, pero también requiere de acciones conjuntas en el exterior, donde los terroristas hoy avanzan impunemente mientras nosotros miramos para otro lado. Toca rearmarse moralmente y demostrarnos a nosotros mismos y al mundo entero, que por salvaguardar la paz y la libertad estamos dispuestos a hacer todos los sacrificios necesarios. Es la gran hora de Europa como conjunto de valores, no lo desperdiciemos porque puede que nuestra bella forma de vida esté en juego.

A la memoria de todos los periodistas que han dado su vida por darnos la libertad de saber lo irracional que puede llegar a ser la violencia

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Prioridades y emergencias de Europa en 2015

El año que concluye pasará sin duda a la historia de la construcción europea y lo hará por la celebración de las primeras elecciones europeas de las que además de concluir la composición del Parlamento europeo, han determinado la designación definitiva del nuevo presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués social cristiano, Jean-Claude Juncker. Nunca hasta ahora los votos de la ciudadanía europea habían influido de manera tan clara y precisa en la composición del motor de las decisiones comunes. Además, en enero del pasado año el nuevo marco presupuestario para los próximos siete años entró en vigor y el ambicioso programa europeo de I+D+i, el Horizon 2020, dio sus primeros pasos. Con nuevo presupuesto, con nuevo Parlamento y, finalmente, desde el 1 de noviembre, con nueva Comisión, Europa afronta un nuevo período decisivo para la convivencia en el continente. El 2014, pues, ha sido un año de renovación profunda tanto de personas como de métodos de trabajo, un año de cambio cuyos primeros frutos debemos ver en el venidero 2015.

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Las instituciones europeas tienen por delante una agenda de prioridades a medio y largo plazo, pero también le urgen una serie de emergencia que no pueden esperar a la planificación porque llevan demasiado tiempo llamando a la puerta para su resolución. A modo de recordatorio para todos conviene echar un vistazo a temas y calendario:

  • Emergencias:
  1. Conflicto con Rusia: es evidente que de los contenciosos de la escena internacional que mayor preocupación pueden causar a la UE, el surgido a raíz de la desestabilización de Ucrania, es el más relevante y grave. Los errores cometidos por la Unión y, muy especialmente de algunos Estados miembros como Alemania, al subestimar la capacidad de reacción de Rusia ante los cambios políticos producidos en Ucrania, tuvieron como consecuencia la anexión rusa por la fuerza de Crimea mediante un acto de fuerza que a todas luces resulta censurable. Este cúmulo de despropósitos que ha tratado a una población como meras piezas de un trágico ajedrez, nos han situado en un escenario incierto, repleto de trampas que deberíamos empezar a desmontar a toda velocidad en el primer trimestre del año. Así las cosas, un Putin atacado en su orgullo patrio, se ve ahora acorralado por una situación económica nefasta en su país a raíz de las sanciones económicas y comerciales impuestas por la UE y por el descenso trepidante de los precios del petróleo, al que no es ajena unaEE.UU. que empieza a saberse energéticamente autosuficiente. El principal problema de la UE a fecha de hoy consiste en convencer a Obama de la necesidad de dar una salida digna en el conflicto a Putin y con ello al oso herido ruso, pues, seguir humillando a Rusia podría comportar serios riesgos fronterizos a Estados miembros europeos. El nombramiento de Donald Tusk como presidente del Consejo Europeo a instancias de las canciller Merkel, no ayuda mucho, dado el claro afán antiruso del político nacionalista polaco.
  2. Reactivación de la economía en la zona euro: dentro de nuestro propio espacio de decisión, tras más de cinco años de crisis, el temor a una tercera recesión obliga a tomar medidas de inmediato que fomenten el crecimiento y, sobre todo, la creación de empleo juvenil. En este sentido, la estrella de las medidas que pueden ponerse en marcha entre todos, es el llamado plan Juncker, Se trata de un plan de Inversiones para Europa: plasmación legislativa del Plan anunciado el mes pasado, que desbloquea inversiones públicas y privadas en la economía real por un importe mínimo de 315 000 millones en los tres próximos años.
  3. Soluciones a la inmigración: la presión de miles de personas que día a día se acercan a las fronteras de la UE en busca de una esperanza de vida mejor requiere de una respuesta coordinada e inmediata para paliar su perverso efecto dual: el drama de los inmigrantes y la creciente ola de xenofobia promovida por grupo políticos populistas en muchos Estados de la Unión. Por ello la Comisión se ha comprometido a poner en marcha unaAgenda Europea de Migración: para crear un nuevo planteamiento en materia de migración legal a fin de hacer de la UE un destino atractivo para las personas con talento y competencias y de mejorar la gestión de la migración  mediante una mayor cooperación con los países terceros, la solidaridad entre los Estados miembros y la lucha contra el tráfico de seres humanos.
  • Prioridades: no de menor trascendencia, pero si con un calendario más holgado.
  1. Mercado único digital:un ambicioso paquete de medidas sobre el mercado único digital: para crear las condiciones para una economía y una sociedad digitales dinámicas, complementando el entorno normativo en materia de telecomunicaciones, modernizando las normas sobre los derechos de autor, simplificando las normas sobre las compras en línea y digitales para los consumidores, mejorando la seguridad informática e integrando la digitalización en las políticas.
  2. Unión Europa de la Energía: para garantizar la seguridad del abastecimiento de energía, integrar en mayor medida los mercados nacionales de la energía, disminuir la demanda europea de energía y descarbonizar la combinación de fuentes de energía.
  3. Un enfoque más equitativo en materia fiscal: un plan de acción para combatir la evasión y el fraude fiscales, que incluye medidas para evolucionar hacia un sistema por el cual el país en el que se generen los beneficios sea también el país de tributación, así como el intercambio automático de información sobre resoluciones fiscales y la estabilización de las bases del impuesto de sociedades.
  4. Reducción de la burocracia y eliminación de las cargas normativas: la propia Comisión reconoce que los ciudadanos desean que la UE interfiera menos en su vida cotidiana, sobre todo en aquellos sectores donde los Estados miembros están en mejores condiciones para actuar y ofrecer soluciones. El programa de trabajo para 2015 refleja el compromiso reforzado por parte de la Comisión de mejorar la normativa, partiendo del programa de adecuación y eficacia de la reglamentación, que tiene por objeto reducir la burocracia y eliminar las cargas normativas, contribuyendo así a crear un entorno favorable a la inversión.

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Europa no está para muchas dudas, ni para pérdidas de tiempo en un mundo que se globaliza en tiempo real. El calendario de cada Estado miembro juega paralelamente todos los años y este será un ejercicio complejo el 2015. Elecciones generales en España (con seguridad autonómicas y municipales, pues las generales podrían ser técnicamente en 2016), Portugal, Reino Unido, Grecia y Suecia y regionales en dos pesos muy pesados en la Eurozona como Alemania eItalia. Este es el calendario electoral de un 2015 de muy alto voltaje que según los analistas tiene potencia de fuego suficiente para dinamitar los mercados financieros. El temor a unos resultados desfavorables a los partidos tradicionales se extiende entre los analistas, que por si acaso ya están recomendando infraponderar a los países cuyo riesgo es más alto. En cualquier caso, la agenda europea 2015 requiere audacia y pruebas inequívocas a la ciudadanía de la utilidad del proyecto europeo para sus vidas cotidianas. La Unión surgió del vértigo a las guerras, pero debe construir un nuevo relato pragmático al servicio del progreso de las personas, que le saque del marasmo de la superestructura política y la burocracia tecnócrata imperante en Bruselas.

“Fondo Juncker”: el milagro financiero de los panes y los peces

Han coincido esta semana en el Europarlamento de Estrasburgo dos intervenciones de alta resonancia, aunque de muy distinto perfil. Las palabras delPapa Francisco y el plan para el relanzamiento del crecimiento europeo del nuevo presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. Les une la misma doctrina, pues, el político luxemburgués es socialcristiano y, sin duda, algo de acto de fe hay en el planteamiento del Fondo Europeo de Inversiones Estratégicas, ya bautizado como Fondo Juncker. Que Europa está estancada y que dicho estancamiento está destrozando empleos y gran parte del tejido productivo de las pymes, no es ninguna novedad. La monocorde respuesta dada a la crisis financiera mediante ajustes presupuestarios ha supuesto la caída drástica de la inversión en la UE. Ese déficit neto inversor se cifra desde el inicio de la crisis en unos 270.000 millones de euros, cerca de un 20% desde 2007, es decir, unos 50.000 millones de euro anuales, de ahí que la Comisión se plantee ahora un plan que debería recabar en torno a 300.000 millones de euros para estimular la economía europea. Y para ello se tira de la vieja teoría keynnesiana de generar inversión pública como multiplicador del crecimiento, aunque con el especial aditamento del paso del plan por una suerte de ingeniería financiera que es una suerte de milagro de los panes y los peces.

¿Pero realmente qué pone Europa de su bolsillo público?. Pues bien Bruselas usará 16.000 millones del presupuesto europeo y 5.000 millones del Banco Europeo de Inversiones para cimentar el Fondo Juncker, un plan inversor que confía en levantar dinero en los mercados y entre el sector privado hasta alcanzar 315.000 millones en infraestructuras energéticas y de transporte, en la agenda digital y a través de pymes. La Comisión Europea cifra el impacto macroeconómico de ese plan entre el 2,5% y el 3,1% del PIB en los tres próximos años, con la creación de 3,3 millones de empleos hasta 2017 si las cosas salen bien. El dinero realmente nuevo se reduce a 2.000 millones. Y para evitar que las eventuales pérdidas generen un agujero, las instituciones europeas activan una provisión (un colchón de capital para el caso de que haya números rojos) de 8.000 millones hasta 2020. ¿En qué basa Juncker su fe en poder convertir 20.000 millones en 300 millones? Según el Ejecutivo europeo, hay liquidez en los mercados, hay inversores buscando proyectos y hay empresas con dinero suficientepero el miedo a asumir ciertos riesgos y las trabas regulatorias impiden que se reactive la inversión privada. Así que lo que hace falta son dos cosas: eliminar esos obstáculos regulatorios y un “empujón financiero inicial” que desencadene el resto de acontecimientos. Por eso la herramienta escogida -un fondo de inversión incrustado dentro del BEI- pretende ejercer de cirugía de precisión, más que de riego indiscriminado de fondos públicos.

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El fondo de inversiones, que se integrará dentro de la estructura del BEI pero permanecerá fuera de su balance, dispondrá de varios instrumentos financieros. Ninguno de ellos es nuevo. Todos se están utilizando ya en distintos programas del BEI. La idea sería agruparlos todos en un solo lugar, bajo una sola dirección. Entre ellos están: absorción de las primeras pérdidas de emisiones de bonos, garantías sobre préstamos bancarios, préstamos subordinados, e incluso la toma de participaciones accionariales en ciertos proyectos. El objetivo de todas estas herramientas es reducir el nivel de riesgo de ciertos proyectos para atraer a los inversores privados. Transformar 20.000 millones en 300.000 millones supone una ratio de apalancamiento de 15 veces. La ratio se antoja alta, especialmente después de que otros planes de estímulo del BEI y la Comisión Europea con ratios de apalancamiento de 10 veces hayan fracasado estrepitosamente. Sin embargo, fuentes conocedoras del plan aseguran que la cifra es factible. Su razonamiento es el siguiente: si la ampliación de capital de 10.000 millones de euros del BEI amplió su capacidad de endeudamiento en 60.000 millones y el historial de la institución muestra que cada euro que presta el banco moviliza dos euros del sector privado, estamos hablando de una “movilización” de 180.000 millones de euros. Esto daría un apalancamiento de 18 veces. Sin embargo, falta por ver cómo se van a estructurar esos 20.000 millones dentro del fondo y si van a tener el mismo efecto que una ampliación de capital del BCE.

Pese a que en 2012 se intentó algo similar y el experimento resultó un absoluto fracaso, es cierto que ahora la existencia del euro ya no está en cuestión y existen grandes masas de ahorro privado en el mundo, como estamos viendo recientemente en España con el aterrizaje de fondos buitres captando activos inmobiliarios e industriales. Es decir, existe liquidez disponible y el entorno monetario de tipos bajos ayuda, dado que la rentabilidad de las inversiones de los proyectos del Fondo serán más apetecibles que las de los fondos soberanos. La clave, por tanto, del plan residirá en la tipología de esos proyectos y en la capacidad de que sean apetecibles para los inversores privados. Ingente tarea para unos funcionarios poco acostumbrados a tener que seducir al elemento privado para desarrollar sus programas. Tal vez, en la mente tan alambicada como bregada de Juncker, lo que subyace como objetivo es ese cambio de mentalidad, un cambio de la forma de trabajar de las herramientas públicas y su colaboración con el sector privado. Ese espíritu colaborativo público-privado, desde luego, resulta imprescindible para poner a andar a una Europa estaninflacionada y con serios riesgos de recesión.

La mayoría de las inversiones se concentrarán en sectores estratégicos para el crecimiento a medio plazo de la Unión, en el convencimiento de que el inversor que se busca, el estable y moderado, es ahí donde fijará su atención. Las grandes obras de infraestructuras de transporte europeas, la energía entendida desde la sostenibilidad, es decir, no solo producción, sino también la eficiencia y ahorro en su uso, la economía digital con toda la potencialidad de las industrias TIC y las pymes como tejido productivo mayoritario en Europa, van a copar las atenciones del plan. Y cabe decir que Juncker ya ha logrado su primer éxito, el político, algo de lo que nadie puede negar sabe mucho. El Parlamento Europeo ha dado el visto bueno al Fondo con el apoyo incondicional de populares, socialdemócratas y liberales, una mayoría clara y holgada. Y en el Consejo Europeo no debería tener problemas, pues, el Bundestag lo ha ratificado de la mano de la Canciller alemanaMerkel y de sus socios socialdemócratas. Falta por ver el entusiasmo real de los Estados miembros y si animan la puesta en marcha del Fondo con aportaciones adicionales de sus propios bolsillos.

Al menos el plan de Juncker ha concitado el consenso general político de la necesidad de un elemento reactivador de la economía Europea y la pretensión de convertir el espacio común europeo en un lugar atractivo a las inversiones internacionales. Todo un reto que solo podrá lograrse si los europeos somos capaces de generar la credibilidad y la confianza que los mercados y los inversores privados requieren para depositar sus dineros en nuestros proyectos. Y eso como ya advirtió el presidente del BCE, Mario Draghi, supone realizar reformas estructurales profundas en países como Francia e Italia y desarrollar programas de I+D+i competitivos con otras zonas del mundo emergentes. Una vez más, hablemos de lo que hablemos, los retos para salir del marasmo económico en que andamos, depende de los mismos factores, de nuestra capacidad de cambio competitivo para coger el ritmo desenfrenado tecnológico que la revolución tecnológica que nos impone la smartización de las cosas y la globalización real. Que la Tierra está desplazando su eje de influencia y poder económico hacia el Este asiático por el Pacífico nos lo constatan año a año estadísticas de todo tipo, empezando por las demográfica. Pero ello no quiere decir que los europeos estemos abocados a la extinción o convertirnos en los conserjes de un territorio museístico del pasado.

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Smart Cities, el escenario ciudadano de la nueva realidad híbrida

Según el cálculo realizado por Naciones Unidas la población mundial llegará a 8.000 millones en 2025, 9.000 millones en 2043 y 10.000 millones en 2083. Y… vamos a un ritmo constante. En el año 2000, la población mundial alcanzó los 6.100 millones y está creciendo a un ritmo anual de 1,2 por ciento. Cada año 77 millones de personas se suman a la población mundial. La expectativa de vida promedio en todo el mundo ha aumentado en 20 años, pasando de 48 años de edad en 1950 a 69 o 70 años en la actualidad. Dos tercios de la población mundial tienen menos de 40 años de edad. Más de 1,4 millones de personas viven con 1 dólar diario. Ese crecimiento demográfico está produciendo un continuo éxodo del campo a la ciudad, de lo rural a lo urbano. Una de cada diez personas vive en una ciudad y dentro de 35 años lo harán dos de cada tres. Eso significará un terrible reto para las ciudades por lamayor demanda de bienes y servicio que las megalópolis generan. El ser humano que ha vivido 5 revoluciones – las rutas comerciales a las indias, la colonización, la industrialización, la sociedad de consumo y hoy la digitalización computerizada – se enfrenta por vez primera en la historia de la humaniad al paradigma de la total y completa globalización. Y ese desarrollo de nuestra sociedad va a encontrar en la ciudad el escenario de hacer posible la sostenibilidad del planeta.

De ahí que el termino Smart Cities, “Ciudades Inteligentes”, resulte más que acertado si tenemos en cuenta que la nueva realidad urbana requiere de toda la inteligencia posible para resolver los grandes problemas de uso de recursos a los que tenemos ya que hacer frente. Miles de millones de personas viviendo on line que tienen que ser alimentadas, educadas, atendidas sanitariamente, que trabajan en movilidad y que producen residuos en cantidades capaces de anegar la tierra de basura. La «ciudad inteligente» a veces también llamada «ciudad eficiente» o «ciudad super-eficiente», se refiere a un tipo de desarrollo urbano que es capaz de responder adecuadamente a las necesidades básicas de instituciones, empresas, y de los propios habitantes, tanto en el plano económico, como en los aspectos operativos, sociales y ambientales. Una ciudad o complejo urbano podrá ser calificado de inteligente en la medida que las inversiones que se realicen en capital humano (educación permanente, enseñanza inicial, enseñanza media y superior, educación de adultos…), en aspectos sociales, en infraestructuras de energía (electricidad, gas), tecnologías de comunicación (electrónica, Internet) e infraestructuras de transporte, contemplen y promuevan una calidad de vida elevada, un desarrollo económico-ambiental durable y sostenible, una gobernanza participativa, una gestión prudente y reflexiva de los recursos naturales, y un buen aprovechamiento del tiempo de los ciudadanos. Una especie de carta a los reyes magos si tenemos en cuenta que de las 35 grandes ciudades del mundo, 22 están en Asia y son de crecimiento reciente y acelerado. De ahí que promover estándares de ciudad, de maneras de hacer las cosas en el espacio urbano de forma correcta sea uno de los objetivos fundamentales del milenio.

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Barcelona ha sido sede del Smart City Expo World Congress, un escaparate de ofertas tecnológicas y de soluciones de eficiencia urbana, a la vez que foro de reflexiones sobre el camino emprendido por las ciudades en los cinco continentes por dotarnos de núcleos de desarrollo social estables. Urbanistas, arquitectos, sociólogos, ingenieros, políticos, empresarios, agentes sociales, una feria mezcla de inventos de cacharrería y robótica, con el pensamiento más vivo investigativo de lo que está sucediendo en las ciudades del mundo. Entre los popes que han asistido al plenario, el líder en estrategia mundial, Parag Khanna, este indú que ha lanzado el concepto de realidad híbrida – que da nombre a su propia firma de consultoría – que define la mezcla de realidad física y virtual en la que vivimos actualmente. Este viajero mundial, autor de bestsellers y asesor personal del presidente Obama, cree que las ciudades están ocupando el espacio de los viejos Estados y van a ser las protagonistas del cambio social y político más rápido de la Historia. En sus propias palabras pasaremos de la era de la diplomacia a la de la diplomacity. Es evidente que vivimos en la acelerada era de la innovación, del aprendizaje, de la inteligencia, de la educaciónTodo al tiempo.

Que cientos de millones de personas sean capaces de pensar porque han sido formadas para ello es una novedad tal para el ser humano que podemos hablar de la “Ciencia del talento”, como la ha denominado el filósofo José Antonio Marina. Aquella que se ocupara de integrar todo lo que sabemos sobre la inteligencia en acción, sobre cómo generarla y gestionarla. Comienza en la neurología y acaba en la ética. Es la ciencia de la memoria y del progreso. Una de sus funciones es “generar talento”, el gran recurso de las personas, de las naciones y las ciudades. Ya saben que el talento no es previo, sino posterior a la educación. Y necesitamos mucho talento para resolver los problemas cada vez más complejos con que nos enfrentamos. La “realidad aumentada”, que antes era un alarde de tecnólogos viene a toda velocidad al mundo cotidiano.  En este momento, nos encontramos ante la posibilidad de vivir en una “realidad híbrida”. Paul Milgram y Fumio Kishinoacuñaron el concepto de Milgran-Virtuality Continuum. Según este modelo, viviremos en una realidad mixta de experiencia real y datos informáticos. En el fondo la clave de este nuevo modelo de gestión del conocimiento será la capacidad que tengamos sacar partido y valor del Big Data que se genera en las ciudades fruto de la monitorización a través de sensores de la realidad.

La Comisión Europea ha lanzado en el marco del programa Horizon 2020 de investigación e innovación la política de Smart Cities europeas. Pretende que la UE tenga un estándar de buenas prácticas en ciudades sobre la base de cinco pilares fundamentales: eficencia energética, gestión de residuos, sostenibilidad medioambiental, conectividad y movilidad y participación ciudadana en la gobernanza. Es mucho lo que se ha hecho ya en el ámbito comunitario como van a ser muchas las inversiones público-privadas que se van a llevar a cabo en las ciudades europeas. Os invito a que conozcáis esa realidad en el “Market Place of the European Innovation Partnership on Smart Cities and Communities”– http://eu-smartcities.eu/ -. Una forma de conocer cómo se está actualizando el espacio urbano europeo y de trabajar proyectos en red.

En Europa nació la polis griega, la primera forma democrática de organización de la convivencia. De ahí que lo primero a lo que no deberíamos renunciar en la UE a la defensa de la ciudad como lugar idóneo para consagrar el respeto de los derechos humanos. Si queremos avanzar en un modelo urbano de desarrollo social que haga sostenible el planeta, lo primero que tendremos que firmar es esa carta de ciudades que anteponen a cualquier fin los derechos de sus ciudadanos. Unos ciudadanos que a su vez debemos ser conscientes de la necesidad de uso de nuestros datos para el buen gobierno y para la correcta gestión de los recursos. En el fondo, estamos hablando de renovar el contrato social mediante una mayor y mejor colaboración entre las instituciones públicas, el sector privado y el individuo expresado como persona o en colectividad. El proceso tecnológico no se va a parar a expensas del acuerdo que seamos capaces de suscribir unos y otros. La tecnología nos empuja y la necesidad de dar cabida a cientos de millones de personas que se incorporan al mundo en civilización nos pone al borde del precipicio del correcto uso de los recursos naturales. Para que nadie crea que estamos hablando de ciencia ficción o de una hiper realidad sirva el siguiente dato. En 2000 había en China 3 megalópolis, ciudades de más de 25 millones de habitantes, en 2020 habrá 13 en las que vivirán cerca de 500 millones de habitantes, tantos como los que hoy conforman la Unión Europea. Seamos inteligentes en esta nueva realidad.

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Hacia la tercera recesión sin freno cuesta abajo y erre que erre

La ya larga crónica de la crisis económica que nos azota desde la caía de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008, hace ya seis cruentos años, nos debería ir dejando suficientes lecciones y experiencias prueba error como para ser capaces de articular reformas del modelo que nos ha llevado hasta aquí. Sin embargo, conocido es que pese a que al ser humano le hayamos autobautizado como el homo sapiens, su capacidad para cometer errores y lo que es peor para perpetuarse en ellos, es casi ilimitada. Por desgracia, es el caso de las políticas europeas impuestas desde Alemania para el resto de la Unión. El Atlántico que debería unirnos más que separarnos, ha marcado una clara línea diferenciadora entre las medidas adoptadas en Estados Unidos por la Reserva Federal y los Gobiernos del presidente Obama y las correspondientes llevadas a efecto por laComisión Europea y el Banco Central Europeo al dictado de la canciller Merkel. Resultados a fecha de hoy de uno y otro lado: EE.UU. creciendo al 3,5% y con una tasa de paro por debajo del 5%, mientras que las principales economías de la zona euro están estancadas y con niveles de desempleo en torno al 15%. Y todo ello, con la grotesca situación monetaria de un euro valorado por encima del dólar. El hecho diferencial muy simple, mientras Estados Unidos tomó el camino de los estímulos, Europa optó por la austeridad, unos adoraron a Keynes y otros lo hicieron a Friedman.

La presidenta de la Reserva Federal Janet Yellen acaba de anunciar urbi et orbi el fin de la era de los estímulos y lo ha hecho pacíficamente señalando que ya no hacen falta. Su homólogo europeo, aun no tan todopoderoso, Mario Draghi, no se cansa de repetir a los jefes de Estado y de Gobierno que con meras medidas monetarias no saldremos de la doble W cíclica en que han convertido nuestra economía. Llevamos cuatro años, saldados los dos primeros de la crisis dedicados al absurdo esfuerzo de salvar, que no sanear, un sistema financiero especulativo y corrupto, viendo como el crecimiento aflora tímidamente, para volver a caer a los seis meses. De los brotes verdes del 2% al 0% con claros síntomas de estanflación. Y nuestros líderes se miran atónitos, escuchan a sus euritos asesores de cabecera durmientes y se quedan paralizados sin articular una sola decisión. Un continente viejo y avejentado, cuyos jóvenes buscan nuevos retos en nuevos destinos alejados de nosotros, que lo único que sabe hacer es decirle grandilocuentemente al mundo que hará todo lo que haga falta para sacarnos de la crisis.

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El diagnóstico de nuestra enfermedad no es tan complicado. A Europa le está matando la globalización, la presión de los productores emergentes en un mercado abierto y, sobre todo, su incapacidad de ser más eficiente y competitivo, no en la reducción de los costes de producción, sino en los procesos de investigación e innovación, es decir, en el conocimiento. No soy partidario de los rankings, de cualquier tipo, pero aunque solo sea como vara de medir, año tras año estamos observando cómo el liderazgo en la gestión del conocimiento humano se está desplazando del Atlántico, donde llevaba instalado casi 300 años, al Pacífico. El liderazgo del mundo ha emprendido un camino, tal vez sin retorno, contrario a la rotación solar, de Oeste a Este y hoy las universidades vanguardia están en Estados Unidos y en China. De hecho la propia China ya es la primera economía mundial y soporta el 60% de la deuda pública norteamericana. Y, por si fueran pocos nuestros males, la UE adolece de fuentes de energía de recurso propio para alimentar su industria y su consumo, un problema que también acometemos a paso de tortuga con una energías alternativas de alto coste y ridículas inversiones en investigación en este campo. ¿Para cuándo una política energética común? Pero al fin y al cabo, siempre podemos decir que en Europa se vive mucho mejor, que tenemos los mejores vinos, los mejores restaurantes y, cómo no, los mejores museos, o más bien que nos estamos convirtiendo en un enorme museo que atesora el espíritu de Occidente. Los ancianos guardianes de una civilización en proceso de extinción.

Pero que no cunda el pánico, aleluya hermanos, la semana que viene tenemos nueva Comisión Europea, ese grupo de hombres y mujeres con la fácil empresa de cambiar Europa y ponerla al frente del mundo. Claro que aunque tuvieran la voluntad de hacerlo, valor debemos suponerles, e incluso fueran capaces de hacerlo, aptitudes ya tengo más duda que tengan, tendrían que dejarles esos jefecillos de Estados venidos patéticamente a menos, que se envuelven en sus banderas dieciochescas para tratar de demostrar que aun pintan algo en un universo que se nueve a millones de giga bits por minuto y donde un fondo de inversión puede comprarles o dejar caer el 30% de su deuda en una decisión única. O sea que tenemos el pequeño inconveniente de nuestra propia insignificancia. La de tratar de permanecer en estructuras obsoletas y caducas, la de impedir el cambio y la regeneración de nuestro tejido, el económico, pero sobre todo el social.

Tal vez todo lo dicho suene a pesimismo y eso que viene de un optimista y de un europeista congénito. Pero los síntomas de la enfermedad se agravan y los responsables de la curación están más preocupados de su aspecto que de la intervención quirúrgica. Urge liderazgo en Europa, urge federalismo integrador en Europa, urge regeneración democrática en Europa, urge poner el conocimiento al frente de Europa, urge pensamiento sobre Europa, pero ante todo, urge Europa. Sin Europa unida nuestro mundo tal y como lo conocemos desaparecerá. El enemigo existe y está a las puertas nuestras fronteras de ricos acomodados. Se llama hambre, se llama ébola y también se llama un fanático cortando cabezas para exponerlas en Internet en nombre de Alá. Podemos seguir dormidos en nuestra autocomplacencia pero el reloj de la historia de nuestra caducidad no para y el de los males que nos acechan se acelera. Es tiempo de reacción.

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Una nueva Comisión, ¿para una nueva Europa?

La nueva Comisión Europea Juncker 1, sucesora de la Barroso 2, está a escasas semanas de tomar posesión. A partir del 1 de noviembre este órganismo que es una especie de injerto de Ejecutivo y de Legislativo de la UE, cambiará de titulares y deberá enfrentarse a una agenda interna y externa repleta de retos y problemas. El equilibrio inestable diseñado por el veterano político luxemburgués es auténtico encaje de bolillos para contentar a los Estados miembros y las familias políticas que componen desde mayo el nuevo Europarlamento. Pero por si fuera poco, la nueva Comisión por deseo de su presidente tendrá una alta complejidad de interdependencias entre depsrtamentos, lo que obligará a mayores niveles de coordinación por parte de los vicepresidentes, hasta ahora mero apellido de una cartera de contenido específico. Nada de esto debería sorprendernos teniendo en cuenta que a raíz de la plena entrada en vigor del Tratado de Lisboa, se ha producido una auténtico sismo en el terreno de los equilibrios de poder de las instituciones europeas.  La otrara todopoderosa Comisión, en el último período ha perdido su capacidad normativa casi omnímoda a manos de un Parlamento empoderado, que ejercer cada día más su poder de codecisión. Y ante este nuevo reparto de papeles y urgidos por una crisis económica interminable, el Consejo Europeo, el hogar de los jefes de Gobierno, ha apretado el acelerador de la mano firme de la Canciller, Ángela Merkel.

De ahí que Juncker, uno de los políticos europeos con más arrugas en su rostro a base de reuniones comunitarias, haya optado por alambicar los procesos y horizontalizar las decisiones. Prefiere ir más lento, pero más seguro. No en vano es el primer presidente de la Comisión salido de las urnas, pues, los jefes de Gobierno de los Estados miembros no les quedó más remedio que avalarle como el candidato más votado y, por tanto, el que ccontaría con mayoría suficiente en el Parlamento. Como tampoco olvida que son los eurodioutados los que pueden cesarle en el cargo a él y a todo el colegio de comisarios. Y una buena representación del grandilocuente poder que pretende ejercer la Eurocámara lo han representado los hearings o exámenes que cada uno de los aspirantes a comisarios han pasado ante las comisiones del Parlamento y si no que se lo digan al español Miguel AriasCañete obligado a pasar un duro trago al responder a las preguntas de la izquierda europea. Un ejercicio que debería servir para tomar conciencia de la seriedad institucional que rodea a la Unión. Se trata de un caso único en la práctica parlamentaria, hacer pasar a los miembros de un gobierno un exhaustivo control con declaraciones de incompatibilidad previas, de descripción del planteamiento político con que se encara el cargo y un duro repertorio de preguntas ligadas a los curriculas personales y declaraciones realizadas con poco acierto. Es uno de esos ejercicios que debería ayudar a recuperar la credibilidad de la clase política y a tener más fe en conjunto en el proyecto europeo en el que todos estamos embarcados.

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Parece, pues, evidente que las instituciones europeas han entrado en un proceso de furiosa competencia por ocupar el espacio que consideran natural. Y las personas que ostentan cargos no resultan intrascendentes en este momento de relevo histórico en Bruselas. El Parlamento lo sigue presidiendo el socialdemócrata alemán Martin Schulz, convencido europeista que sin duda dará imagen a una eurocámara crecida y repleta de eurodiputados con deseo de protagonismo. La Comisión de la mano de un veterano de la política europea,  Jean Claude Juncker, que no terminará sus días de actividad sin pena ni gloria. Y en el Consejo la única incógnita por despejar, la del polaco Donald Tusk, una apuesta descarada de Merkel, sin experiencia internacional y algo lego en idiomas. No se lo han puesto fácil para defender la posición del Consejo ante dos políticos conchabados en llevar adelante el proyecto europeo pese al presidente de Gobierno que le pese. Si el Consejo se duerme ensimismado en sus asuntos y calendarios electorales patrios y la Comisión y el Parlamento deciden pisar el acelerador, podemos encontrarnos con la grata sorpresa de una Europa que cabalgue sola a lomos de comisarios y eurodiputados.

A expensas de la última palabra del Parlamento, la nueva Comisión tendrá siete vicepresidentes, seis además de la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (Federica Mogherini), cada uno de los cuales dirigirá un equipo de proyecto. Dirigirán y coordinarán el trabajo de un determinado número de comisarios cuya composición podrá cambiar en función de las necesidades y de que se desarrollen nuevos proyectos con el paso del tiempo. Estos equipos de proyecto reflejarán las Directrices políticas. He aquí algunos ejemplos de esas composiciones: «Empleo, Crecimiento, Investigación y Competencia», «Mercado único digital» o «Unión de la Energía». Con ello se asegurará una interacción dinámica de todos los miembros de la Comisión, eliminando cotos y abandonando estructuras estáticas. Los vicepresidentes actuarán como auténticos adjuntos del Presidente.

Un Vicepresidente primero (Frans Timmermans) será la mano derecha del Presidente. Por primera vez habrá un comisario consagrado a que haya un programa para legislar mejor, que garantice que cada propuesta de la Comisión sea verdaderamente necesaria, es decir que los objetivos no puedan alcanzarse por los Estados miembros. El Vicepresidente primero desempeñará asimismo una labor de control, defendiendo la Carta de los Derechos Fundamentales y el Estado de Derecho en todas las actividades de la Comisión. La nueva cartera de Mercado Interior, Industria, Iniciativa empresarial y Pymes (encomendada a ElžbietaBieńkowska) será la sala de máquinas de la economía real. También por primera vez se incluye específicamente a las pequeñas y medianas empresas, la columna vertebral de nuestra economía. La nueva cartera de Asuntos Económicos y Financieros, Fiscalidad y Aduanas (a cuyo frente estará Pierre Moscovici) velará por que las políticas fiscal y aduanera de la Unión sean parte integrante de una Unión Económica y Monetaria profunda y auténtica y contribuyan al buen funcionamiento del marco de la gobernanza económica general de la UE. Se ha creado una cartera de Consumidores importante. La Política de los Consumidores ya no estará repartida entre varias carteras y ocupará un lugar prominente en la de Justicia, Consumidores e Igualdad de Género (Věra Jourová). Como el Presidente electo anunció en el discurso que pronunció ante el Parlamento Europeo el 15 de julio pasado, habrá una cartera específica dedicada a la Migración (atribuida a Dimitris Avramopoulos) que dé prioridad a la elaboración de una nueva política de migración para abordar decididamente la migración irregular y lograr, al mismo tiempo, que Europa sea un destino atractivo para los grandes talentos. Se han reestructurado y racionalizado algunas carteras. En este sentido cabe destacar que se han juntado en una sola Medio Ambiente y Asuntos Marítimos y Pesca (al frente del cual estará KarmenuVella) con el fin de reflejar la doble lógica del Crecimiento «azul» y «verde»: las políticas de conservación del medio ambiente y del medio marítimo también pueden y deben desempeñar un papel fundamental a la hora de crear empleos, preservar recursos, estimular el crecimiento y fomentar la inversión. Proteger el medio ambiente y mantener nuestra competitividad tienen que ir de la mano, pues en ambos casos de lo que se trata es de que el futuro sea sostenible. Esa misma lógica se ha aplicado al decidir crear una cartera de Acción por el Clima y Política de Energía (encomendada a Miguel Arias Cañete). Reforzar la proporción de las energías renovables no solo es una cuestión que debe abordar una política de cambio climático responsable; también es un imperativo de la política industrial si Europa quiere disponer de energía asequible a medio plazo. Estas dos nuevas carteras contribuirán al equipo del proyecto «Unión de la Energía» dirigido y coordinado por Alenka Bratušek. La cartera de Política Europea de Vecindad y Negociaciones para la Ampliación (confiada a Johannes Hahn), junto con una política de vecindad reforzada, se centra en la continuación de las negociaciones para la ampliación a la par que se reconoce que no habrá nuevas adhesiones a la Unión Europa durante los próximos cinco años, tal como estableció el Presidente electo Juncker en sus Orientaciones políticas. La nueva cartera de Estabilidad Financiera, Servicios Financieros y Unión de los Mercados de Capital (atribuida a Jonathan Hill) centrará los conocimientos técnicos y la responsabilidad en un solo punto, una Dirección General de nueva creación, y garantizará que la Comisión siga estando vigilante y activa en lo que atañe a la aplicación de las nuevas normas de supervisión y liquidación de bancos.

Está claro que nos enfrentamos a un nuevo escenario europeo y que por todos los motivos reseñados estamos ante un nuevo modelo de Comisión, donde no solo han cambiado las personas. Nos queda por saber si ambos, personas y modelo, están a la altura de las circunstancias. La agenda de la UE interna y externa es abrumadora y ha quedado patente que el funcionamiento institucional de la última década ha dejado mucho que desear. De nada valdrá haber acercado el Parlamento a los europeos si los nuevos comisarios no comprenden la alta tarea a la que se enfrentan. Europa necesita esta nueva Comisión para crear una nueva Europa. No son cargos de mero trámite, les corresponde poner a la Unión al galope de la innovación,  defender la imagen de defensa de los derechos humanos en el mundo, ampliar la base de igualdad y equidad de la ciudadanía, recuperar el crédito de la política y, sobre todo, crear empleo en todo el espacio común. Ingente tarea por delante que requiere visión de la misión encomendada. Suerte comisarios porque nos va Europa en ello.

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Lecciones del no escocés, abran paso a su majestad la democracia

No cabe duda que la mejor medicina que el ser humano ha inventado para garantizar la convivencia en sociedad es la democracia. Por dura e incómoda que pueda resultar siempre a los perdedores, el libre ejercicio del voto es siempre la forma de expresión de la voluntad popular y la única garantía del respeto a los derechos de las minorías. Quien teme el gobierno del pueblo, pues, amparándose en el concepto legalista, es decir, el del gobierno de la ley, lo único que trata a la postre es saltarse a la torera por intereses particulares la capacidad de expresarse de los ciudadanos. Algo que se suele escamotear con los típicos argumentos paternalistas de los gobernantes que justifican el hurto de la democracia por nuestro bien, desde una posición de visión privilegiada de las cosas. Gran Bretaña como escenario del referéndum de Escocia se ha convertido en estos tiempos en los que impera la dictadura de las visiones materialistas bajo el reinado de los mercados, en un ejemplo único de libre determinación sin el más mínimo atisbo de violencia, ni siquiera verbal. Una lección histórica de fair play democrático que debería servir de espejo en el que mirarse Europa, en vez de seguir jugando a la amenaza del precipicio que supone la ruptura de la Unión. Lo que se basa en decisiones en las urnas construye un compromiso sólido muy superior a lo que deciden media docena de mandatarios en torno a una chimenea sin luces ni taquígrafos.

El resultado, pues, de las urnas es inapelable y deja bien a las claras que los escoceses y solo los escoceses, no los ingleses, los galeses o los norirlandeses, a los que no puede corresponder decidir el destino de Escocia, son partidarios mayoritariamente,  hoy por hoy, de seguir perteneciendo al Reino Unido y no ser un Estado independiente. No debería olvidarse a nadie el único dato cierto de esta consulta vinculante porque si lo primero es reconocer la victoria de la democracia, acto seguido debemos reconocer también la victoria del no. Los nacionalistas escoceses no pueden presentar una derrota como una victoria, su objetivo era la independencia y el pueblo no les ha dado la razón. Mucho tendrán también, por tanto, que reflexionar quienes llevan a sus partidarios a las urnas para perder porque el ejercicio de soberanía no tiene fecha de caducidad, pero indudablemente el paso por el voto frustra para generaciones el anhelo de independencia. Dicho esto, en la batalla por el sí Escocia ha ganado mucho. Primero el reconocimiento como nación y su deseo de mayor autogobierno. Ese 45% de apoyo es una llamada de atención muy clara a Londres que obliga al gobierno y al parlamento británico a dar pasos hacia una mayor autonomía en las decisiones que les compete de los escoceses y una gestión más directa de sus recursos. El estatus entre Inglaterra y Escocia cambiará en base a una negociación pragmática y realista de las dos partes. Esa es la primera consecuencia que podemos extraer del resultado del referéndum.

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Respecto a los protagonistas de este bello episodio político, como siempre que se extreman posiciones y se pone a la población en la difícil circunstancia de decidir cuestiones gruesas, quedan todos seriamente desgastados. El premier escocés AlexSalmond, impulsor y principal artífice de la campaña del sí, ha sido derrotado y dependerá de su habilidad negociadora el coste que el no tenga para su partido en los próximos comicios generales. Para Cameron, al que en las últimas semanas los sondeos le han colocado al borde del infarto, la victoria le permite salvar los muebles in extremis, pero queda en una enorme situación de debilidad ante el ala más conservador de los tories y esa mayoría antieuropeísta que cabalga a lomos de Inglaterra.  Los laboritas, salvando la figura recuperada del ex primer ministro británico Gordon Brown, uno de los puntales decisivos del no al final de la campaña, han visto como el debate se centraba en el modelo de sociedad que querían los escoceses para Escocia, sin que su discurso diluido en Inglaterra sirviera para frenar el ascenso del sí independentista. Porque en esta consulta no sólo ha votado la ciudadanía la pertenencia a un Estado u otro o tener un himno o una bandera. El nacionalismo caduco y rancio de identidades simbólicas y base histórica de batallitas del abuelo, no tiene cabida hoy en un mundo global y que cambia a velocidad on line. Lo que está en discusión es el modelo de sociedad que esa identidad diferenciada defiende. Lo relevante es la forma de organizar los recursos propios para un reparto más justo y equitativo de los mismos y no para un cambio de titularidad de unos poderosos oligarcas por otros. Un nuevo Estado debe ganarse la voluntad de su pueblo de serlo porque ofrece a sus ciudadanos la posibilidad de ser más libres y más felices, de otra forma volveríamos al juego de tronos medieval.

En Escocia el sí ha avanzado desde posiciones iniciales del 25% cuando se anuncia la consulta, hasta el 45% del resultado final a base de propuestas sociales frente a un gobierno y un modelo actual de sociedad inglesa, liberal basado en los recortes de prestaciones y servicios públicos. Y solo cuando la opinión pública empezó a acercarse a la decisión de la independencia, Inglaterra se parapetó en el discurso apocalíptico y los chantajes desde Bruselas de salida de la UE, por otro lado, harto infantiles pues no parecería lógico que una Europa deficitaria energéticamente negara la entrada a una Escocia independiente convertida en el país con más petroleo del viejo continente. Esa lección también debería servir en el proceso de construcción europea. La gente quiere participar en los grandes debates de fondo que condicionan el destino de una sociedad. No están dispuestos a decidir solo sobre una lista cerrada el consejo de administración que va a gerenciar su país los próximos cuatro años. Fijémonos en ese 85% abrumador que ha votado en el referéndum escocés y tomemos nota de que se deben abrir nuevos cauces de comunicación y participación innovadores de los políticos con los ciudadanos. Una nueva forma de hacer política,  tantas veces demandada y aun por descubrir y poner en práctica.

¿A Europa cómo se le queda el cuerpo después de la cita escocesa? Pues poco más o menos como se te queda después de una ducha escocesa que te somete a un cambio brusco de agua caliente a agua helada. Muscularmente relajada porque un sí habría supuesto un efecto dominó en aquellos territorios y no son pocos que la Unión albergan anhelos independentistas. Bruselas respira hoy aliviada como lo hacen muchos de sus jefes de Gobierno. Pero todos saben que el precedente obliga a reconocer la grandeza de la democracia y que requiere de una reformulación del proyecto que afiance las herramientas comunes, pero que permita a la riqueza diferencial encontrar cauces de participación en las instituciones.  La visión federalista de Europa sale claramente reforzada del referéndum y más aun cuando los acuerdos entre ingleses y escoceses avancen el el autogobierno de éstos. Los deseos recentralizadores legalistas tratarán de olvidar el 18 de septiembre de 2014 pero todos recordaremos que ese día los escoceses votaron.

El siguiente escenario de expresión de voluntades identitarias debería serCatalunya, así lo ha expresado la mayoría de las fuerzas políticas de su Parlament y de sus ciudadanos a través de sondeos de opinión y de manifestaciones multitudinarias en sus calles. Son condiciones muy superiores a las que llevaron a Cameron y Salmond a pactar la consulta. Sin embargo, parece evidente que en España el gobierno de Mariano Rajoy optará por la vía legitimista para negar el derecho de expresión a los catalanes. Y  Bruselas como siempre sumisa a las decisiones de los gobiernos de los Estados miembros calificará la decisión de asunto interno de España y se lavará la manos ante el no a decir si o no que Rajoy impondrá al president Mas. Se equivocan los dirigentes de las instituciones europeas no entendiendo que no vivimos en el siglo XIX cuando las fronteras aislaban a los ciudadanos y la diplomacia o las armas resolvían los problemas. Hoy como europeos lo que le concierne a los escoceses le importa a los catalanes, como lo que les importa a los alemanes, les ocupa a los vascos. Decidir nuestro futuro en común pasa se quiera o no se quiera por poder decidir primero lo que sucede en mi solar, pero con unas reglas del juego democráticas iguales para todos y que se respeten los derechos de cada cual. De otra forma seguiremos en el mercadeo y los repartos del dinero, un pasteleo que no tiene credibilidad alguna entre los ciudadanos. Lecciones de una ducha escocesa.

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Super Mario al rescate de una Europa estancada o buscando el milagro del “Draghinomics”

En esta especie de absurdo juego del laberinto en el que se encuentra la economía europea, el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, se ha enfrentado al Minotauro con todas las armas a su alcance. Nadie le puede negar a este italiano, amante de la ópera y de la tragedia griega, su arrojo al enfrentarse incluso al criterio inflexible del Bundesbank y de los designios del Ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble y la mismísima canciller Ángela Merkel. Ha puesto encima de la mesa prácticamente todo el repertorio de medidas monetarias que desde un banco emisor se pueden poner hoy en día en marcha para tratar de reactivar la actividad económica. Pero a la vez que sorprendía al mundo con la bajada de tipos de interés hasta el 0.05%, él mismo reconocía melancólicamente que todo el esfuerzo del BCE no serviría de nada si no iban acompañadas de medidas incentivadoras y de reformas estructurales llevadas a cabo por los Estados miembros del euro.

Esperemos que Draghi no sea nuestro contemporáneo Ícaro en esta leyenda viva del laberinto de Creta, la de aquel hijo de Dédalo, arquitecto ateniense desterrado a la isla, constructor del laberinto donde el rey Minos hizo encerrar al monstruoMinotauro. Como esperamos que sus medidas no sean hoy como aquellas alas de cera que Dédalo construyó para huir su hijo y él, que les hicieron remontar los muros de su prisión y volar sobre el Mediterráneo, hasta que Ícaro desobedeciendo los consejos de su padre se acercó tanto al sol que derritió las alas y cayó al mar ahogándose. Más nos valdría acabar con la tiranía de la crisis con la habilidad con que Teseo mató al Minotauro, sirviéndose del amor de Ariadna, la hija de Minos que se enamoró de él y le enseñó el sencillo ardid de ir desenrollando un hilo a medida que avanzara por el laberinto para poder salir más tarde.

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Será que los griegos clásicos nos lo dejaron todo escrito porque nuestro trágico devenir actual se asemeja peligrosamente a las interminables luchas de los dioses del Olimpo. La cruda realidad se ha acabado imponiendo a la cerrazón de los dogmáticos del ajuste y los recortes presupuestarios. Se empeñaron en que las economías periféricas, culpabilizadas por sus excesivos déficits, debían pagar el pato del endeudamiento privado causado por los bancos, en gran medida, alemanes y el resultado no podía ser otro que la recesión y el desempleo en cifras millonarias. La consecuencia inmediata no podía ser otra que el estancamiento del crecimiento en la zona euro y la caída drástica de las exportaciones germanas a los países empobrecidos de la UE. Ahora pudiera decirse que tenemos un problema minimizado de déficits, pero seguimos pagando por generaciones la deuda adquirida, no crece nuestra economía y no somos capaces de crear empleo. Todo un éxito digno de pasar a los anales de la estulticia de los manuales de economía.

¿Qué podemos esperar ahora de un espacio regado de dinero muy barato y de la compra de deuda privada a los bancos? Desde el rigor económico es evidente que ambas medidas producen una inyección de liquidez al sistema, jamás vivida en nuestro espacio común. Pero la clave está en saber si la medicina es la adecuada para el enfermo o lo que estamos haciendo es darle una aspirina a un enfermo de cáncer terminal. Nos empeñamos los europeos desde que la crisis nos invadió importada desde Estados Unidos, en arreglar los problemas a base de talonario para sanear el sistema financiero y, sin embargo, castigando duramente el tejido productivo sin obligar a que fluya el crédito a las empresas y con la práctica desaparición de la inversión pública. Hemos permitido que se fabrique la tormenta perfecta. Ahora ya nadie duda de que el problema es de estancamiento y de riesgo severo de estanflación. Pero seguimos incurriendo en el error de poner el énfasis en el dinero, en el vil metal, en la máquina de hacer billetes. Le estamos dando al pirómano la manguera, cuando lo único que sabe hacer es incendiarnos el bosque.

Nuestro problema se evidencia mes a mes, año a año. Se llama competitividad, no tiene otro apellido, simple y llanamente la globalización nos obliga a cambiar el modelo productivo y los procesos del mismo. Y la única receta que existe útil para mejorar la competencia de nuestras empresas y de nuestros productos y servicios, es la innovación, hermana pequeña de la investigación. Ser más eficientes, es ser más rentables y ello hace posible el ciclo de la riqueza y de su redistribución. Si no invertimos mucho más en I+D+i y lo que es más importante si no cambiamos la mentalidad de los europeos, uno a uno, de nada servirán cataplasmas monetarias. Debemos innovar y eso solo se hace en sociedades educadas y formadas bajo la calidad y la excelencia de un sistema educativo universal e igualitario. Y esto no son palabras bonitas, son realidades palpables avaladas por datos palmarios. Si no invertimos un 3% de nuestro PIB en I+D+i y no alcanzamos cuotas del 7% de ese PIB en Educación, es imposible que en las próximas décadas podamos mantener nuestro modélico sistema de protección y bienestar social.

Las cuentas son claras, se trata de marcar las prioridades. Queremos tener un sistema público de salud para todos y de alta calidad: su coste siempre estará en el 10%. Queremos mantener un sistema de pensiones y protección al desempleo digno y que no deje en el desamparo y la marginalidad a nadie: un 15%. Sumémosle Educación e I+D+i: estamos ya en el 40%. Y supongamos que nos tenemos que pagar una deuda abusiva que hoy nos cuesta cerca del 20% del PIB. Todo lo demás o debe ser mucho más eficiente o nos sobra. Si fuéramos capaces de hacer estos presupuestos con visión europea, sin que lo que cuente sea el egoísmo o el abuso de cada Estado miembro, la Unión Europea no solo sería viable, sino que se convertiría en el ejemplo a seguir por el mundo. “Super Mario” no es el culpable de nuestros males, aunque en el pecado lleva la penitencia, pues, ha vivido y muy bien de los excesos del mundo financiero especulativo. La responsabilidad del cambio está en cada uno de nosotros y en no caer en la demagogia fácil e infantil de aceptar el discurso maniqueo de banqueros malos y pueblo bueno. No es la sociedad la que se debe “empoderar”, es el individuo el que debe aprender a ser mayor y defender desde su propia actitud la nueva mentalidad de cambio que requiere Europa. Esa conciencia en el trabajo y en las empresas es la única que nos puede llevar a salir del laberinto y encontrar a nuestro propio Teseo capaz de matar por fin al Minotauro.

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Rajoy y Merkel en Santiago para bendecir el largo camino de la austeridad

La maestra y su mejor alumno o la directora de orquesta y su mejor intérprete. Llámenlos como quieran, pero lo que nadie puede ya poner en duda es para laAlemania cartesiana regida por la nueva dama de hierro del continente, España se ha convertido en el mejor campo de pruebas de sus políticas de ajuste y austeridad. En menos de tres años, los españoles por arte de magia de las reformas y recortes llevadas a cabo por el gobierno de Mariano Rajoy, de ser esos europeos del Sur derrochadores y vagos, hemos pasado a ser el mejor rostro milagroso de la recuperación impulsada por las políticas dictadas por ÁngelaMerkel. Si como dijera Enrique de Navarra, “París bien vale una misa”, al aceptar el catolicismo y con ello el trono de Francia, algo así debió pensar la canciller germana al ser invitada por el presidente español a recorrer parte del Camino de Santiago y abrazar al apóstol en la tierra natal del dirigente español. En el fondo, todos están necesitados de fotos y la cercanía celestial a ninguno le viene mal, si tenemos en cuenta que la economía alemana se contrajo un 0,2% en el segundo trimestre de este año y que en España sigue habiendo oficialmente cerca de cuatro millones y medio de parados. Otra cosa es que los dos mandatarios en clara armonía quisieran ver, en su cena en la rúa del Villar compostelana, la botella de albariño más medio llena que medio vacía.

Pero más allá de la propaganda o de las imágenes veraniegas de los líderes reconfortados por su autocomplacencia, parece sensato analizar dónde podemos situar la salida efectiva de la crisis y en qué lugar del paisaje después de la batalla nos deja a los ciudadanos las políticas llevadas a cabo por la Unión Europea en estos años. Si queremos leer adecuadamente las cifras macroeconómicas parece evidente que austeridad es sinónimo de desigualdad. Poner a cero nuestro déficit y abaratar el endeudamiento ha provocado una contracción severa de la actividad y esa falta de crecimiento se ha enseñado en las rentas más bajas, no solo en forma de menores ingresos, sino también en la reducción de los servicios públicos de los que venían disfrutando antaño. Europa, les guste o no a la pareja de hecho en que se han convertido Merkel y Rajoy, está estancada, con un crecimiento ridículo, con altísimas cuotas de desempleo, especialmente juvenil y agravando cada día los problemas sociales de las clases más necesitadas de su sociedad. Ni somos capaces de mejorar la competitividad de nuestras empresas en una economía global, ni el Estado del Bienestar es sostenible con este modelo productivo obsoleto. Seguimos regidos por viejas recetas dogmáticas y ortodoxas incapaces de interpretar la nueva realidad de los mercados y de dar respuesta a los retos que un mundo que vive bajo la oleada de una tercera revolución tecnológica nos impone.

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Tan determinista es la política impuesta desde Berlín vía Bruselas, que el mismo día que Merkel y Rajoy cantaban las bondades de sus medidas en Santiago,Hollande obligaba a dimitir a todo le Gobierno Valls, para darle una vuelta de tuerca en lealtad incondicional a sus ministros para poder emprender un nuevo trecho del camino de los recortes presupuestarios en Francia. El presidente socialista galo abandona ya toda veleidad innovadora y como ya le sucediera aRodríguez Zapatero pone rumbo hacia la austeridad sin dudas. Un proceso reformista que a buen seguro encontrará una fuerte oposición sindical expresada en la calle y en conflicto laboral. En teoría, al socialismo europeo tras esta definitiva traición francesa solo le queda la gran esperanza blanca que debería suponer el primer ministro italiano Matteo Renzi. Pero su realidad es aún más bien pobre, con una exigua mayoría parlamentaria y una economía italiana en recesión, los mercados le ofrecen escasa tregua para poner en práctica políticas sociales. El camino de la austeridad, por tanto, parece gozar de buena salud y de amplio recorrido, por mucho que los resultados de tanto sacrificio sean tan minúsculos como inestables. Pero la realidad es que los mercados solo premian a los que hacen lo que a sus rendimientos especulativos más conviene, sobre todo, mientras el Banco Central Europeo ha convertido la financiación de la deuda pública en un suculento negocio seguro para la banca privada y fondos de inversión.

Así las cosas el coste político de la crisis con quien se está cebando es con las opciones de izquierdas, incapaces de articular una alternativa coherente que pueda establecer nuevas reglas del juego en la economía europea. Ello propicia la división en los grandes partidos socialdemocrátas o la fuga masiva de voto en torno a ellos. Y al albur de este proceso surgen nuevas formaciones radicalizadas en su discurso antisistema que, sin embargo, más allá de ruptura de lo existente, aún no han pasado de hacer oír sus voces populistas sin definir un programa de cambio concreto. Así surgió en Italia el Movimiento 5 estrellas de Beppe Grillo o en España lo ha hecho Podemos con su líder mediático, Pablo Iglesias. Todos ellos inmersos en una especie de centrifugadora que se come lo que entra en ella, primero las formaciones filocomunistas o Verdes, pero que amenaza con hacer lo mismo con todo aquel que por falta de novedad haga perder la esperanza o fe en un “verdadero” cambio. Una realidad que lo único que constata es la falta de unidad desde opciones progresistas para alcanzar el cambio de modelo. Bronca por la izquierda que beneficia a mayorías de derechas o la conformación de grandes coaliciones bipartidistas al estilo de la que gobierna en Alemania.

Al fin y al cabo todas estas batallitas políticas tendrían escasa trascendencia si la sociedad de los países europeos fuera capaz de cambiar de rutinas y procedimientos. Pero lo cierto es que el envejecimiento intelectual de nuestro continente está impregnado en el adn de la mayoría de los ciudadanos, acomodados en una vida sin metas ni objetivos, acostumbrados a ver pasar los días complacientemente con la mayoría de las necesidades básicas cubiertas y la seguridad razonable garantizada. No en vano seguimos siendo el espacio del mundo que sigue gozando de mayores cuotas de bienestar se mida como se mida. Tras más de cinco décadas de paz y prosperidad, el principal temor es que se nos olvide que también se pasa hambre y que la violencia también puede formar parte de nuestro paisaje. Si no afrontamos las revoluciones pendientes es porque no tienen incentivo suficiente, seguir sobreviviendo pese a que todo se deteriore a nuestro alrededor es mejor propuesta que un cambio que por desconocido puede ser peor. De eso se valen las fórmulas conservadoras que con un ligero retoque de imagen y de mensajes, defiende lo de siempre mientras lo de siempre siga funcionando aunque sea mínimamente y cada vez para menos personas.

Supongo que todo esto lo sabe bien el presidente español Mariano Rajoy, un socrático por excelencia, que sabe que nada sabe y que maneja el tancredismo relativista con primor. No se meta usted en líos y déjese llevar, arrimándose al gran árbol que da cobijo. A la vera de Merkel coloca sus piezas. De Guindos alEurogrupo aunque no se sepa ni en qué plazo, ni con qué contenido real. Cañeteserá comisario… o no, pero España estará representado en la Comisión. Su particular juego de tronos le funciona y en pocos meses ha pasado de ser el miembro mudo del Consejo Europeo, a el gregario de lujo de la todopoderosa canciller. Hace tiempo que estos movimientos políticos tienen poco efecto entre nosotros los comunes mortales, pero se supone que en los medios de comunicación, esa prensa que cada día tiene menos credibilidad, esto de ejercer el poder entre los poderosos sigue ocupando titulares. El único problema que pueden tener estos gobernantes cortados por el viejo patrón sería que sus gobernados hubieran tomado de conciencia de que nadie les va a solucionar sus problemas y se pusieran por libre a la faena. Seguramente entonces lo real superaría a lo oficial como un día en Versalles los cortesanos se sorprendieron una mañana comiendo sus cruasanes cuando la turba del populacho les cortó sus perfumados cuellos. Todo depende de hasta donde nos lleve el camino…

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El interminable viaje hacia el centro político

El padre de la Ciencia Ficción, el novelista francés Julio Verne, narró como nadie los viajes extraordinarios de un ser humano que vislumbraba en el siglo XIX una nueva era tecnológica que le abriría, como así a sido, a universos entonces desconocidos. Lo que no logró imaginar el bueno de Verne es la epopeya que la crisis económica está produciendo en el mapa político europeo y por traslación enEspaña. Podría decirse que hemos asistido a un tsunami que ha revuelto convicciones y compromisos en la izquierda, incapaz de hacer frente a las posiciones conservadoras que han protagonizado las propuestas de austeridad. Mientras, la derecha se aferraba sin fisuras a un planteamiento basado en los ajustes presupuestarios y el cumplimiento del déficit cero por parte de las administraciones, abandonada a la suerte de los mercados para poner rumbo de nuevo al crecimiento y sin importarle los rotos sociales de desigualdad que su política puede dejar. Ahora que parece entreverse la luz al final del túnel o que al menos la circunstancia se nos pinta más risueña, conviene tener en cuenta que la sociedad buscará su refugio natural en las posiciones de centro político, ese punto en el infinito al que nunca que se llega, pero hacia el que conviene poner siempre ruta de convivencia.

El centrismo se impone especialmente como necesidad cuando se han dado situaciones que han roto los esquemas y las estructuras sobre las que se basaba un contrato social previo. No reconocer hoy que la crisis ha hecho saltar por los aires buena parte de los cimientos del Estado del Bienestar es poco menos que ridículo y en eso se empeñan gobernantes de derechas como Merkel en el conjunto de Europa o Rajoy en España. Seguir adelante como si aquí no hubiera pasado nada, realizar unas cuantas reformas para salir del paso y seguir practicando una suerte de tancredismo político, es a medio plazo un seguro de suicidio. Tan absurdo como por parte de los planteamientos socialdemócratas creer que todo va a consistir en realizar un revival de sus políticas keynesianas para borrar los malos recuerdos de la pesadilla austericida. Nada volverá ya a ser igual. Grábenselo, señores políticos, en el frontispicio de sus pensamientos y repítanlo machaconamente para tenerlo presente a cada paso que den en su actividad diaria. Y tampoco me sirven las propuestas de base populistas, tan bienintencionadas como estériles en sus planteamientos que propugnan las revolución de unas clases medias que lo único que desean es volver a vivir bien, con el menor esfuerzo posible. Falta lumpen para ese guiso de revuelta social en una Europa demasiado rica para convertir la guillotina en una espectáculo generalizado. Estas formaciones alimentadas por el descontento mileurista tienen, en el mejor de los casos, un recorrido del 15% del voto de una población que volverá a agruparse en posiciones de centro, si o si.

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El centrismo valora las posiciones consensuadas como un fin en sí mismas —las políticas del “justo medio”—. Y si queremos articular propuestas de centro en la actualidad en la práctica política, lo que propone y defiende son políticas de economía mixta y de profundización de la democracia. Aunque no cabe duda que ese interminable viaje al centro político está repleto de peligros. La propia Margaret Thatcher, de cuya lejanía al centro cabe poca duda, ya apercibió que «estar en medio de la carretera es muy arriesgado; te atropella el tráfico de ambos sentidos». Cierto es además que el centrismo ha tenido mala prensa política. Tachado de vago, falto de ideas y compromiso, cuando no de utópico por basar todo su empeño en el consenso y la esperanza en la bondad de las personas. Sin embargo, hoy más que nunca es preciso afirmar la “bondad kantiana” o el “justo término medio atistotélico”, cuando nuestra sociedad se ha visto vapuleada por la injusticia de una crisis fabricada por unos pocos y sufrida por unos muchos. Frente a los planteamientos hobbianos del hombre hecho lobo y del sálvese quien pueda, se requiere un nuevo entendimiento de diálogo racional sin posiciones dogmáticas. Ello requiere dotes de liderazgo basados en nuevos valores, lo que supone en si mismo una regeneración inevitable de los gobernantes que han tenido responsabilidades en la crisis. Algo que va a ocurrir por voluntad de los votantes que elección tras elección están mandando a sus casas a todos aquellos que no han entendido las necesidades de este nuevo tiempo político.

Necesitamos urgentemente líderes que crean en la epistemología de la virtud, que crean en la ética de la virtud o lo que es lo mismo aunque suene poco creíble, líderes buenos, que antepongan el bien común a su bien particular. Pero hablo de una bondad sencilla, basada en la visión con perspectiva de las cosas, de la responsabilidad del ejercicio del poder y de la política que se fragua en la confianza, incluso, en el adversario. Para lo cual también se impone un programa de acción muy simple: maximizar la libertad de acción de los ciudadanos, trasferiéndoles poder a fin que desarrollen su potencial humano; promocionar la participación ciudadana en el proceso político; dar preferencia a propuestas y acciones concretas, a diferencia de programas o grandes promesas de largo plazo; poner en valor las virtudes cívicas y profesionales; la extensión y fortalecimiento de comunidades basadas en relaciones de confianza recíprocas que produzcan valor mutuo; la creación de carácter ético en los individuos a través decisiones conscientes y basar la política en el sentido común y valores tradicionales, especialmente los intangibles, como el patrimonio cultural que identifica y une.

Ocupar ese centro político debe ser el principal objetivo de cualquier líder o partido que verdaderamente quiera cambiar las cosas en estos momentos. Nada se logrará de forma estable y duradera en nuestras sociedades si se pretende lograr por imposición de unos sobre los otros. Las políticas de las dos últimas décadas han pecado de determinismo dogmático, de imposición de un criterio sobre el otro y la mayoría de las veces no ha construido nada porque se han quedado en meras yuxtaposiciones de la derecha sobre la izquierda. En vez de preocuparse por afirmar con solidez los valores básicos sobre los que asentar la sociedad, han pretendido emprender su particular camino de reformas que lo único que han logrado es socavar la confianza mutua y dar rienda suelta a los intereses particulares de los corsarios y piratas del sistema. Así ha crecido como nunca la corrupción y las curruptelas de arriba a abajo y de abajo a arriba. Porque lo que no se ha trabajado es la amalgama sagrada del vínculo democrático de ser honrado por el bien de todos. Lo que nos viene sucediendo no es casualidad, ni se debe a una generación espontánea de ladrones, es sencillamente la pura corrupción del sistema que envilece al individuo por ejemplaridad.

El voto mayoritario busca sentido de pertenencia a la comunidad y en ella a la estabilidad y garantía de subsistencia. Por eso en el centro se construye la seguridad del sistema más asentado, lejos de los extremismo de imposición. Cuando los restos de la crisis nos empiezan a dejar ver la realidad de una sociedad rota, fragmentada, hecha añicos, es el momento más preciso de la reconstrucción, de poner en marcha un verdadero plan Marshall de la política en Europa. Es el mismo fundamento que movió a los padres de nuestra Unión, los Konrad Adenauer, Jean Monnet, Winston Churchill, Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein y Altiero Spinelli. Todos ellos buscaron el centrismo para una Europa en paz y libertad, sobre la base de los derechos sociales. Ellos habían sufrido el mayor horror vivido en nuestro continente, la II Guerra Mundial, nosotros hemos vivido la peor crisis económica de nuestra historia. Toca volver a refundar sobre los mismos mimbres del consenso, algo que como bien escribió Karl Popper tiene que ver con que “yo puedo estar equivocado y tú puedes tener la razón y, con un esfuerzo, podemos acercarnos los dos a la verdad”.

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