Mariano Rajoy, jugador de poker en partidas simultáneas

Cada gobernante tiene su método y cada presidente su peculiar carácter que marca sustancialmente la manera de encarar las decisiones. Los hay firmes y determinados, como los hay dubitativos y sinuosos. Ni los unos mi los otros tienen la fórmula del acierto en su poder, hierran o atinan por factores diversos que en nada tienen que ver con la forma con que actuan. Sin embargo, cierto es que en política la administración de los tiempos es fundamental en el ejercicio del arte de lo posible. Y a eso parece dedicarse con denuedo y no poco regusto el presidente del Gobierno Mariano Rajoy a quien Europa y los españoles tratan de comprender sin lograr descifrar una mueca de su insípido rostro. Mientras Bruselas aguarda su decisión sobre un hipotético rescate parcial o total de la economía española, en su suelo patrio se le suceden las citas electorales y las manifestaciones secesionistas. Pero él, hipertérrito, navega atado al palo mayor de sus recortes seguro como dice estar de que el único rumbo posible para salir de la crisis es la reducción rápida y severa del déficit público.

Desconozco las capacidades del jefe del Ejecutivo para jugar a los naipes y menos aún si se le dan mejor los juegos con baraja española o francesa, pero no me cabe duda que desde hace meses por mucho que pretenda aparentar que sabe lo que hace, preso del lío y la confusión al que le someten los mercados de la deuda, se nos a dado a la apuesta y al tapiz de la mesa de juego como única salida del laberinto del euro. Cada semana espera que la mano que reparte las cartas sea la buena y la jugada le sea favorable y si no hay suerte, al menos ser capaz de aguantar en la mesa otra partida, más. Y como todos los jugadores que acaban por ligar su suerte en la vida a unas figuras estampadas en un pedazo de papel, corremos el riesgo de que Rajoy pierda el sentido de la realidad y se nos vuelva ludópata. Síndrome este el de abstraerse de los problemas del gobernado tan común en los gobernantes como la edad de la política, solo que a unos les da por nombrar cónsules a sus caballos, otros por perseguir armas de destrucción masiva inexistentes y los menos por negar la realidad de una crisis económica de 5 millones de parados. Al nuestro de hoy, original él, le ha dado por fumar puros acompañado de tahúres.

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Siendo así la situación conviene analizar con detenimiento a qué tipo de juego se nos ha entragado el presidente para poder especular sobre la suerte que nos aguarda en España a la vuelta de la próxima mano. En este sentido yo no dudaría, que por la procedencia del resto de jugadores y de la propiedad del casino se trata de una partida de poker descubierto. Más quisiéramos que jugaran a nuestro patrio mus y que Rajoy pudiera tener a Merkel de compañera para jugarle de farol a la pareja Hollande – Monti. Amarraco a amarraco, órdago a órdago a chica y a grande, con esa capacidad de nuestro presidente para pasar señas a base de tics de ojos y boca, de treinta y una y medias de pitos, nos salíamos aplicando ese maravilloso paquete germánico de medidas de ajustes que nos va a dejar sin garbanzos para nuestra particular partidita de mus con los amigos jubilados en la tasca. Pero la banca que siempre gana y no hay más que ver la capacidad de endeudamiento que tenemos los españoles para pagar los platos rotos de bancos y cajas españoles en su particular despilfarro de inversiones en suelos, ha repartido cartas corazones, diamantes, tréboles y picas. Y aunque podrían pintar bastos dados los continuos recortes de servicios sociales, más bien anda el joker anda suelto por la mesa riéndose en nuestras narices. Todos los que sabemos un poco de los juegos de mesa entendemos la diferencia de jugarse una apuesta a la bilbaina de cena a lo grande que es propio del mus y lo que es poner en el tapete euros en función de la apuesta de los otros jugadores. Ese es el riesgo que por mano de Rajoy estamos corriendo todos, que nos echen de la partida y nos levanten de la mesa sin llegar a enseñar nuestras cartas, simplemente por no poder cubrir la apuesta.

Ha hecho Rajoy de la decisión del rescate su gran partida, se toma tiempo mientras mira una y otra vez sus cartas y trata de adivinar las de sus socios comunitarios. Los mercados lejos de incomodarse con la táctica del presidente, someten suavemente a una presión prolongada con la prima de riesgo  rondando los 450 puntos básicos. Hacen caja día a día con rentabilidades en tipos de interés del 7%. El resto de jugadores que no acaban de entender la postura del jefe del Ejecutivo español remueven incómodos sus posaderas en sus asientos a la espera de la jugada de Rajoy. Saben que la decisión es de él, pero que queda poco tiempo para que levante sus cartas y sepamos si va de farol con unas parejas o tiene un full de reyes. El problema es que la apuesta la cubrimos los españoles con unos Presupuestos Generales del Estado en los que el pago de la deuda se come la cuarta parte del gasto total y el Estado deberá más del 90% de lo que produce. Cada español debe 20.000 euros y no quedan recursos para fomentar la actividad económica y generar puestos de trabajo. Además, el cima social empieza a calentarse a medida que el otoño deshoja los árboles de madrileño parque del Retiro. Esta semana se salda con tres concentraciones de miles de personas ante el Congreso de los Diputados protestando contra las políticas de recortes y cientos de heridos y detenidos en los choques producidos entre manifestantes y una desproporcionada actuación policial.

La calle se levanta poco a poco porque entiende que la hoja de ruta del gobierno solo conduce a ir empobreciéndonos para pagar las deudas y le pide ya a gritos que se plante en la partida y pegue una patada al tapiz con la ayuda de sus colegas griego, portugués e italiano. Pero mientras estábamos en esas, el solar territorial también se ha exaltado sobremanera. Cataluña ahogada por la insuficiencia financiera y la mala gestión de sus gobiernos tripartitos, salió a la calle en la Diada de Catalunya en una multitudinaria demostración de fuerza y sentimiento independentistas. Cataluña un Estado en Europa, no era solo un lema para andar por las ramblas barcelonesas, era un estallido de autodeterminación y probablemente un punto de no retorno en las relaciones con Madrid. Ante estos hechos, Rajoy que los calificó de algarabías, se reunión en una partida de poker simultánea a la del rescate con el president Artur Mas. Dijo no al pacto fiscal y abocó a Cataluña a unas elecciones autonómicas el próximo 25 de noviembre. Al órdago de Mas, respondió viéndolo y le reto a verse a la vuelta de las urnas. Pueden pasar dos cosas: que Mas salga reforzado con una mayoría absoluta en cuyo caso el pacto fiscal se me antoja un premio menor de la lotería que no aceptará o Mas pierde apoyo popular y su proyecto de independencia encalla en vía muerta de la misma forma que lo hizo en Euskadi el plan Ibarretxe. Pero pase lo que pase en los comicios, algo es seguro, la mayoría de la ciudadanía catalana ha empezado a desengancharse de España, se siente agraviada e insultada y no comparte ya un proyecto común. La decisión de Rajoy de jugar al poker con Cataluña puede salirle tácticamente bien, pero nos costará a todos mucho, sobre todo, haber perdido la oportunidad de reformar el modelo de Estado para garantizar la convivencia entre todos. Con las cosas serias no se juega, que es una frase recurrente del presidente español que no se cansa de repetir y no cumplir.

Rajoy seguro de que nunca pasa nada, que la sangre nunca llega al río, está aplicando su técnica de guardar el equilibrio incluso cuando todo zozobra a su alrededor en la que hay que reconocer que es un consumado maestro. Acaba de ver como una de sus más fieles opositoras, Esperanza Aguirre ha tirado la toalla y se retira del ring. Cansar a sus adversarios es uno de sus principales atributos y fumarse un puro en la 6ª Avenida de Nueva York todo un gesto que habrá sacado de quicio a los mandatarios europeos que aguardan sus decisiones para definir el futuro del euro. Europa y España esperan sus palabras de distinta manera, pues, mientras en Bruselas puede que cuando les enseñe las cartas se hayan ido de la mesa y solo quieran hablar de cómo abandonamos el euro, en España la calle y las familias sufren la descomposición de un Estado que de social tiene cada vez menos y derecho nada. Con todos los respetos que se debe y merece a un político elegido democráticamente por más de 10 millones de personas, alguien debería apercibir al presidente de que se nos echa la hora encima y que nos estamos quedando sin dinero para cubrir apuestas.

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España en caída libre… de estado de ánimo

Un día nos levantamos todos y se nos anunció que la cosa iba mal, que entrábamos en crisis. Las razones venían de lejos, del intrincado mundo de las finanzas made in USA convertido en un laboratorio de genética capaz de parir productos timo a gran escala y alta velocidad. Eso nos contaron al menos. Pronto supimos que la estafa nos pillaría a todos en una suerte de efecto dominó imparable fruto del contagio que habitualmente en la especie humana produce la avaricia acumulativa de riqueza innecesaria. El previsible pánico colectivo que la situación podía provocar movió a los gobiernos a ocultarnos la verdad. Al fin y al cabo una mentira piadosa y la esperanza en un mañana mejor convertiría la crisis en una gripe infantil – como se atrevió a denominarla tajante uno de los grandes banqueros patrios -. Acudimos todos , porque se hizo con fondos públicos – al rescate con la deuda de nuestros Estados y hasta las joyas de la abuela empeñamos para que nada les pasara a los causantes de los males. Así nos endeudamos hasta las cejas a la misma velocidad que los rescatados empezaron a culparnos del exceso de endeudamiento. Sin crédito, nuestras empresas empezaron a cerrar y el número de parados se disparó sin sentido de la medida. De ahí al rosario de recortes públicos que vivimos prácticamente solo ha habido solución de continuidad.

Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hete aquí el corolario final a esta historia rocambolesca que llevamos viviendo en España desde hace más de tres años. Y no cabe duda que si queremos adquirir algún aprendizaje de tan estrepitoso fracaso que puede tirar por tierra todo el trabajo de 30 años de democracia sin consolidar y deconstruir nuestro endeble Estado del Bienestar, el mejor sería culpar a nuestra estupidez individual hecha colectivo, en vez de construir malos imaginarios instalados en los mercados internacionales. El que especula lo hace porque puede, es decir, porque se dan razones objetivas para que lo haga y además el ambiente le es propicio porque se le permite. Son quienes han creado el caldo de cultivo para que campen a sus anchas los verdaderos responsables de la situación. Y hasta aquí la ya manida explicación del cómo hemos podido llegar hasta aquí, de cómo hemos podido caer tan bajo.

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Porque si no queremos engañarnos más, de eso se trata, de saber hasta dónde de bajo tenemos que caer. Si supiéramos el piso sótano que nos va a albergar empezaríamos a acostumbrarnos a vivir como las ratas, sin luz y depredando entre la basura. El problema es que no sabemos aún si somos roedores, rumiantes como antaño o tenemos que darnos al vampirismo. ¿En qué especie animal nos vamos a convertir en esta inacabable evolución? Sería todo un detalle que quienes toman las decisiones – si es que hay alguien ahí, al timón de la nave – pusiera tope a la caída, la que fuera, por duro que llegara a ser reconocer la pérdida de posición. Al menos podríamos empezar a vivir en nuestras posibilidades y buscar como siempre escalar posiciones. De esta forma nuestros gobernantes podrían llamarnos al esfuerzo colectivo para remontar, ilusionarnos y ponernos metas como siempre que una sociedad ha caído se ha reconstruido. El problema es que si tardamos cerca de dos años en que se reconociera la crisis, ahora llevamos otros dos en depresión profunda sin tocar suelo.

Esa horrible sensación del ascensor que desciende a demasiada velocidad en un rascacielos, que pega el estómago a la pared del diafragma y te hace sentir como si por la boca te fuese a salir hasta la primera digestión de tu vida, es la que ahora hace inviable salir de la crisis. Porque mientras estás en caída libre, no te mueves, estás demasiado asustado como para pensar y lo único que deseas es que la caja mortuoria en que aparenta haberse convertido el elevador, pare de una maldita vez. Ese estado de ánimo que atenaza nuestros sentidos está provocando el encefalograma plano de nuestra economía. Y nuestros gobernantes una vez más prefieren optar por no decir la verdad e ir parando en cada planta por etapas, buscando una muerte dulce en la que nadie repare para que nadie se atreva a cuestionarles.

La situación requiere ya de un presupuesto base cero. Debemos establecer las necesidades en una columna y las posibilidades en otras. El ajuste debe producirse a fuerza de consenso, pues, solo tendrá éxito si partimos del diálogo y el contrato social como base. Debiéramos haber aprendido que la desigualdad y la brecha social no produce desarrollo y que solo las clases medias con coberturas sociales que ofrecen garantías posibilita un consumo tan estable como responsable. Se nos anuncian nuevos recortes cada día, en función de la presión que la prima de riesgo ejerce sobre el mercado de deuda. Todo lo que ayer era intocable ha dejado de serlo en horas y las demandas de mayores ajustes no tienen medida, llegando incluso a proponer la presidenta de la Comunidad Madrid, Esperanza Aguirre, que las Comunidades Autónomas devuelvan las competencias de Sanidad, Educación y Justicia. El modelo de Estado se cuestiona por minutos, según acucian los puntos básicos de referencia con el bono alemán. Un disparate solo explicable por el hundimiento de la moral de la tropa, que atónita observa inmóvil los anuncios del gobierno mediante notas de prensa con la misma alevosía en la forma que nocturnidad en los tiempos de emisión.

Mientras yo me pregunto si es posible que el dinero que otrora cabalgaba brioso por las esquinas de ciudades, villas y pueblos desolados en forma de suelo urbanizable, hoy se haya tornado efecto rampante que solo alimenta la todopoderosa deuda de la economía privada – banca y grandes empresas constructoras -. Y ¿qué ha sido de ese ahorro privado que acudía presto y veloz a cualquier inversión por poco sólida que esta aparentara, incluida la grotesca estafa en forma de coleccionistas de sellos? La liquidez se ha esfumado y nadie sabe como ha sido. Supongo que algo tendrá que ver el nada honorable hecho de la propuesta de amnistía fiscal que se ha sacado de la manga el gobierno de Mariano Rajoy como acompañamiento a los Presupuestos Generales del Estado más severos. El nuevo lema del posibilismo gubernamental: riguroso con el cumplidor, generoso con el defraudador. Al menos en su comunicación el presidente ha optado por matarnos a pellizcos, un sustito cada día para anestesiarnos en la suerte de su sino. En palabras de su ministro de Economía, Luis de Guindos, debemos “evadirnos a corto plazo de los mercados”. En la evasión está la victoria.

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