Ernesto Alterio me cae bien, no lo puedo remediar, y siempre que veo su peculiar rostro con esa mirada medio burlona, medio cínica, hace que quiera ir al cine. Es por eso que fui de modo inconsciente a ver Lo dejo cuando quiera, la locura de Carlos Therón sobre unos perdedores que se quieren meter en el mundo de la droga. La película tenía sus momentos, pero cada vez que salía Tacho, el traficante inquietante interpretado por Alterio, la cosa mejoraba varios puntos.
Así que cuando vi que salía esta Ventajas de viajar en tren, me dispuse a verla con el ánimo bien alto, aunque fuera el primer trabajo de largometraje de Aritz Moreno, que hasta ahora sólo había hecho cortos, aunque de algún modo se las ha apañado para convencer también a Luís Tosar de salir en la película.
La historia principal sucede en un tren, de ahí su nombre, y desde el principio ya van dando pistas de lo que nos vamos a encontrar. Recordemos que el espectador nacional es medio lelo, por lo que parece, y precisa constantemente de guías de lo que está viendo. De otro modo no me explico cómo desde el principio te dicen que vas a ver una Matrioshka, historias dentro de historias, que se entrelazan.

Todo comienza cuando Helga Pato (interpretada por Pilar Castro) se sienta en un tren, y el pasajero de enfrente le pregunta si quiere escuchar una historia. Así, de este modo tan sencillo, comienzan a desfilar por pantalla una serie de relatos cortos, en ocasiones demasiado violentos o escatológicos para mi gusto, pero claramente provocadores.
De hecho, eso es lo que pretende la película, generar sensación de disgusto, incluso asco, mientras te va colocando cada una de las piezas de estas historias enrevesadas que se van cruzando.
En algún momento aparece el soso de Quim Gutiérrez, poniendo la única cara que sabe poner, y precisamente por eso no lo hace mal del todo, pero no le pidas más. Su relato es para mí el más flojo y desagradable de todos (el mejor, el de Tosar).

Sales del cine con la sensación de que te has perdido algo, de que igual necesitas un segundo visionado para identificar todos esos hilos argumentales sueltos que merecen ser unidos, porque la película es compleja. En una primera interpretación se puede simplificar al máximo, se entiende, te gusta o no, y a otra cosa. Pero en este caso merece la pena un segundo acercamiento, un análisis más detenido y ahí es donde salen todos los recovecos que el director nos ha querido contar.
Esta posibilidad de una doble lectura la hace apta para todo tipo de público, menos los escrupulosos. Días después de verla, se recuerda mejor, incluso dan ganas de un revisionado. Totalmente recomendable.
Por cierto, este año he estado hablando más de cine, pero si queréis saber lo último en series, y también especiales de cine cada semana, escuchad Grupo Salvaje.










Además, tenemos dos actrices que le dan un toque especial. Por un lado, mi muy querida Chloë Sevigny, que la vi hace poco en 
Razones no le faltan. Principalmente su rigor. La historia viene dada, todos sabemos lo que sucedió aquella fatídica noche del 26 de abril de 1986, cuando el reactor número cuatro de la central Vladímir Ilich Lenin de Chernobyl, que por aquel entonces pertenecía a la República Socialista Soviética de Ucrania, explota y causa uno de los mayores desastres medioambientales de la historia. Ardió durante 10 días y contaminó más de 142.000 kilómetros cuadrados, desde Ucrania hasta la ciudad rusa de Briansk, pero podría haber sido mucho peor de no ser por los héroes anónimos que sacrificaron sus vidas para evitar un daño mayor.
Nadie se podía creer que el núcleo podía explotar y desde un primer momento trataron el incidente como cualquier otro incendio, y las consecuencias de las decisiones que se tomaron antes y después del incidente, son las que se analizan en la serie.
El personaje principal es el científico Valeri Legasov, el único que se atreve a decirle al Kremlin las cosas como son, incluso con Gorbachov delante. El único que empezó a alertar del peligro de la radiación, aunque nadie le creyera básicamente porque los aparatos que tenían para calcular la radiación llegaban a su máximo y pensaban que estaban defectuosos. Nunca se había medido tal cantidad de radiación.
Y los que peor lo pasaron fueron los primeros que atendieron el incidente, los bomberos que ese enfrentaron sin protección ninguna al fuego inicial y que sus ropas abandonadas en un hospital de la zona de exclusión en Pripiat aun hoy siguen radioactivas.
Y llegamos al quinto episodio de la temporada, donde asistimos a la explicación de lo imposible, de la explosión de lo que nunca debería haber explotado, y por qué lo hizo. En el último programa de esta temporada de 








