Que vienen las vascas


La gran movilización del 8-M ha pillado a contrapié a UPN y PP, que ahora intentan explicar que hay un feminismo malo y uno bueno. El suyo.

Seguramente todo el mundo se echaría las manos a la cabeza si alguien dijera que las políticas de igualdad son un despilfarro, que apoyando a la mujer se discrimina a los hombres o que las empresas contratan a mujeres por miedo al Gobierno de Navarra. Afirmaciones que UPN, PSN y PP han formulado esta semana, solo que en contra las políticas de apoyo euskera.

Al socialista Carlos Gimeno, por ejemplo, le parece “discriminatorio” que se exija un dominio mínimo del idioma para participar en unas jornadas de inmersión lingüística en euskera. Mientras que Javier Esparza cree que “hay gente en Navarra que está aprendiendo euskera por miedo y contra su voluntad, para no ser señalado y apartado” por el Gobierno. Que por todos es sabido que en esta Navarra del cambio si no hablas euskera te quitan la casa y te mandan a un campo de concentración. Mientras que el inglés, mucho más arraigado en esta tierra, se aprende por puro placer carnal.

Por algún motivo, el tripartito de la oposición cree que azuzar el miedo al euskera es la mejor forma de atacar al Gobierno foral. Así que se han metido en una competición de a ver quién vomita más bilis, y para eso cualquier excusa vale. El problema para socialistas y regionalistas es que el PP que ha convertido en una costumbre semanal esto de ciscarse en los navarros que no le gustan, y a ese nivel es difícil competir por mucho que te dejes arrastrar.

Esta vez le ha tocado a Soziolinguistika Klusterra, que ha realizado un estudio sobre el uso de la lengua. Resulta que en sus conclusiones decía que el uso habitual es del 6,7% de la población, lo que para el PP entra en colisión con el conocimiento del idioma, que según el Gobierno duplica esa cifra. Dos conceptos (conocimiento y uso cotidiano en un entorno donde el castellano es la lengua predominante) que se han mezclado en la cabeza de Beltrán, llevándola al borde de la explosión.

Así que la presidenta del PP montó su particular performance el viernes con una intervención insuperable en cuanto a mala educación, insolencia e ignorancia. “Me parece una falta de respeto que vengan a este Parlamento, a una zona donde el euskera no es oficial, a hablarnos en euskera. Porque la mayoría no lo conocemos, no lo usamos y no les hemos entendido, aunque tengamos traductores”, les soltó sin complejo Beltrán, que acusó a los comparecientes, expertos en euskera invitados por el Parlamento, de hablar utilizando el idioma solo “para molestar” y como “arma arrojadiza”. “Y ahora me voy porque no quiero oír sus explicaciones”, zanjó para abandonar la sala en medio de la vergüenza ajena.
Seguramente la líder popular se habrá sentido orgullosa de una actuación que ahora circula por las redes sociales. Que para eso es la más valiente. Además, para lo que queda en el convento, que más dará. Es posible además que considere que este alarde de odio hacia el euskera y los euskaldunes sea la mejor forma de ganar votos. Que la miseria humana a veces es sorprendente y muy osada.

EL DEMONIO ROJO Beltrán es al euskera algo así como el obispo José Ignacio Munilla a las mujeres. Porque oye, hay que ser valiente para vincular, en plena movilización social, el feminismo con el “demonio”. “El feminismo radical o de género es el demonio que ha metido un gol a la dignidad de la mujer”, decía el prelado esta semana en la radio. Algo en lo que por supuesto ha contado con el aplauso de ilustres de la derecha foral como el diputado de UPN Carlos Salvador, prueba de lo incómodos que se han sentido algunos estos días a cuenta de la huelga feminista.

Porque en realidad no ha quedado claro si algunos apoyaban o no la movilización del día 8. La confusión ha sido tal que uno de UPN hasta se compró un delantal para ir al Parlamento a decir que él también usa delantal, y que le parecía una tontería que se pusiera la mandarra como símbolo femenino. Y aunque este tipo de pancartismo puede parecer friki, al menos sirve para llamar la atención. Que tal y como está la cosa no es poco.

Al final, a quienes empezaron diciendo que “el feminismo es una etiqueta que no me gusta” (Dolors Montserrat) y que el área de Igualdad de Pamplona se ha convertido “en el área feminista y nos excluye a las no feministas” (Ana Elizalde), no les ha quedado más remedio que recular visto el éxito de la convocatoria. Y ahí que han salido diciendo que vale, que está bien, que “nosotras también somos feministas”, pero que hay un feminismo malo y uno bueno.

El suyo, claro, es el bueno. Como el de Munilla. Y el malo, “el que recorre las calles con pasamontañas y antorchas al más puro estilo Ku Klux Klan”, que es, como todo el mundo sabe, lo que hacen las feministas de izquierdas los sábados por la noche en Pamplona cuando salen a la caza del hombre. “Hay una parte del feminismo que se ha radicalizado y mucho”, lamentaba María García Barberena, portavoz regionalista para la causa feminista, que considera que “las mujeres no somos víctimas de la sociedad”. Que podríamos estar peor y este ruido no nos interesa.

Por lo visto, el machismo es un invento y las 150.000 denuncias anuales por violencia de género una anécdota coyuntural. Así que, para Barberena, lo mejor es resignarse y esperar a que “las instituciones adopten medidas profundas, que son costosas y difíciles de implantar”. Y mientras tanto, “dejarnos de fuegos de artificio”. Que eso de manifestarte con rojos y feministas te manda al infierno seguro. Porque solo hay una cosa peor que que vengan los vascos: que vengan las vascas.

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