LA CREATIVIDAD COMO EJERCICIO

“El tiempo es el instante de la creatividad”

José Antonio Sistiaga

Personalmente no creo demasiado en los calendarios. Siempre me ha molestado que me digan qué día tengo que trabajar, qué día es bueno para ir al cine, a qué hora me puedo tomar una copa o qué mes es el perfecto para escaparme a la playa. Pero una cosa es mi intento de anarquía y otra es la realidad de la vida. Y la vida, tal como la hemos construido, te obliga en la mayoría de los casos a ser esclava del calendario.

Por ello, al llegar septiembre se apodera de una ese vértigo del inicio del año (que no nos engañemos no arranca en enero sino ahora) y empiezas a revisar, ordenar y planificar todo el trabajo que te espera en los próximos meses. Y entre esas mil cosas por hacer me ha resultado curioso el hecho de tener que preparar ni más ni menos que tres cursos para distintos espacios sobre el mismo tema: la creatividad.manukleart-metodo-creatividad-verticalidad-1024x640

Y es que la creatividad como concepto está de moda. No sé si esto será una moda pasajera (como esperemos lo sea el aberrante palo selfie) o, por el contrario, estamos empezando a darnos cuenta de que ser creativos puede resultar de enorme utilidad para mejorar nuestra vida personal y profesional. No obstante, no creo que todos tengamos muy claro en qué consiste esto de ser creativos. Lo que sí tengo claro es que la mayoría relaciona la creatividad con el arte.

Sin embargo, la creatividad como escenario propio del artista-creador no se incorpora al lenguaje del arte hasta el siglo XIX. Durante más de mil años no encontramos rastro del concepto ni en filosofía, ni en teología ni en arte. Los griegos la ignoran, y los romanos, que para esto del arte eran muy suyos, sólo aplicaban el término para hablar del <<creator>> o fundador de la ciudad. Esto de construir carreteras y casas a diestro y siniestro no creáis que es algo tan nuevo.

En el periodo cristiano, el término creator, como no podía ser de otra manera en esos tumultuosos tiempos, se aplica exclusivamente al acto que Dios realiza creando el mundo a partir de la nada. Y es esta nada, más allá de lo religioso, la que supone una trampa para el concepto de creatividad ya que durante muchos años se afirma con rotundidad que para pintar un cuadro o modelar una escultura es necesario tomar como base esa naturaleza ya prefijada. Es decir, que el artista debe ser diestro no creativo porque no está inventando nada sino copiándolo.

El Renacimiento pondrá algo de luz a este desastre ya que los grandes filósofos y artistas de la época admitirán que la creatividad representaba un escenario de libertad e independencia en la vida del hombre. Es decir, que el hombre es creativo con independencia de los dones de Dios. Sin embargo, tal como nos describe Tatarkiewich en su famosa obra “Historia de seis ideas”, el concepto podía estar más o menos claro en sus cabezas pero definir un término tardo más tiempo. <<El filósofo Marsilio Ficino – escribe el filósofo polaco- dijo que el artista “inventa” ( excogitatio) sus obras; el teórico de arquitectura y pintura Alberti, que preordena (preordinazione); Rafael, que conforma el cuadro a su idea; Leonardo, que emplea formas que no existen en la naturaleza; Miguel Ángel, que el artista plasma su visión en lugar de imitar la naturaleza; Vasari, que a la naturaleza se le conquista por el arte; el teórico del arte veneciano Paolo Pino, que la pintura es “inventar lo que no es”; Paolo Veronés, que los pintores se benefician de las mismas libertades que los poetas y los locos; Zuccaro, que el artista configura un mundo nuevo, nuevos paraísos; y Cesariano, que los arquitectos son semidioses.>> Ya sé lo que estáis pensando. Efectivamente, está última parte de la cita aún no está superada.

Y a en el siglo XVIII, el término creatividad empieza a aparecer con más frecuencia en la teoría del arte unido a otro concepto que es para mí esencial: la imaginación. Muchos opinaban que la imaginación era simplemente una forma de memoria pero otros admiten ya que esta <<contiene algo parecido a la creación>>. La imaginación es un escenario enormemente poderoso y vitalmente necesario en el que el ser humano juega a combinar realidades. Estas “realidades”, que proceden tanto de la propia experiencia como de las experiencias narradas por otros, suponen una herramienta de creación sorprendente. Las combinaciones pueden ser ilimitadas haciendo de nuestro cerebro un computador en constante actividad al que alimentaremos con variables que a su vez posibilitaran nuevas formas de programación-creación. En este punto, podemos admitir que la creatividad del ser humano no parte de una Nada sino de una acumulación de experiencias que se combinan para abrir nuevos caminos y lecturas. Es por ello que, cuanto más rica sea nuestra experiencia más material de trabajo podremos ofrecer a nuestra imaginación. Y, en consecuencia, más creativos seremos.

Y si el siglo XIX asume la creatividad como parte esencial del proceso artístico será el siglo XX el que nos haga descubrir su verdadera dimensión ya que por primera vez se admite que la creatividad es posible en todos los campos de la producción humana. Es decir, que el artista es creativo pero no todo el que es creativo tiene que ser artista. Y si en nuestra actual sociedad se admite ya la creatividad como un mecanismo que puede operar positivamente en un científico, en un arquitecto o en un informático, ¿por qué nos cuesta tanto dejar de vincularla con el mundo del arte? Pregunta de difícil respuesta. Esencialmente, porque entrar en el juego de lo creativo da vértigo.

La creatividad no siempre es bien recibida en nuestro día a día ya que supone un esfuerzo demasiado grande en estos tiempos de continuas carreras por ser, hacer y mostrar. La creatividad supone preguntarnos a nosotros mismos sin miedo a lo que podemos encontrar, supone equivocarnos demasiadas veces hasta obtener resultados, supone dejar de aparentar orden y seriedad para mostrar desorden y “locura”, supone romper el reloj y el calendario y trabajar con otros modos de tiempo, supone caminar hasta que te sangren los pies sin saber con certeza a donde te lleva el camino, supone… Sin embargo, la compensación es maravillosa porque la creatividad puede hacer que el mes de septiembre adquiera otro valor, que el trabajo no sea una línea continua sino un parque de atracciones o que las amistades y los amores crezcan en cada encuentro. En definitiva, hace que la vida merezca ser vivida. Vamos a darle una oportunidad. O mejor dicho, vamos a darnos a nosotros mismos la oportunidad de ser creativo.

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UN MUSEO EN MARTE #HARDDISKMUSEUM

La semana pasada, coincidiendo con mi estancia en Valencia, asistí al encuentro Pecha Kucha Night en el Centre Cultural “La Beneficència”. La idea fundamental de Pecha Kucha es permitir compartir las ideas de diversos creadores desde presentaciones informales que suelen tener una duración de unos seis minutos. El objetivo no es desvelar los detalles de un proyecto a los distintos espectadores sino despertar su interés como toma de contacto para futuras relaciones laborales.

El primer Pecha Kucha fue creado en Tokio en 2003 y su curioso nombre podría traducirse como “el sonido de las personas”. Emitir sonidos es fácil. Hacer que otros los oigan es aún más fácil. Pero transformar esos sonidos en una historia con luz, en un viaje con promesas y en una ilusión por hacer de lo imposible un nuevo posible es ciertamente difícil. Solimán López lo consiguió. ¿Cómo? ¿Con qué? ¿A través de qué?

MarteNada más subir al escenario nos mostró en pantalla el rostro de un niño. Siempre he pensado que los artistas que vuelven la vista sobre su infancia demuestran una relación muy cercana con el mundo de la imaginación y el juego, y desde ese escenario la creatividad está asegurada. Tras las presentaciones oportunas y con rostro serio (prueba de que el niño que hay en él deseaba compartir con nosotros algo enormemente importante) nos confesó: “Siempre he querido construir un museo en Marte”. La idea me fascinó. No por la evidencia de trasladar el arte a otros planetas demostrando así su importancia en la construcción de nuestra identidad, sino por la capacidad de viajar con él mentalmente hacia un universo desconocido y por ello ilimitado.

HHDDM-Harddiskmuseum
HHDDM-Harddiskmuseum

Los sueños utópicos ayudan a buscar en lugares poco transitados y aunque es evidente que Solimán López no ha conseguido construir su museo en Marte, la valentía de esa utopía le ha ayudado a proyectar HARDDISKMUSEUM. Un museo guardado en un disco duro. Un museo como obra única de arte intangible. Un museo que no sólo se construye desde el espacio sino desde el tiempo. Un museo que es de él pero de todos. Un museo, podríamos admitir, bastante marciano.

Han pasado casi cien años desde que Marcel Duchamp pusiera en tela de juicio la obra de arte como objeto artístico. Las propuestas creativas viven desde entonces entre los defensores del arte como idea y aquellos que siguen encontrando en la pericia técnica la verdad de la obra. A todo ello, hemos de sumar la presencia constante de la tecnología a la hora de crear, contar y compartir el arte. Desde las primeras cámaras portátiles de video que ayudaron en su avance a la performance hasta los minúsculos dispositivos móviles que en la actualidad nos permiten registrar todo con aterradora nitidez han pasado muchas cosas. Sin embargo, la figura del museo no ha tenido la capacidad de asumir tantos cambios en tan corto espacio de tiempo.  Y probablemente por ello, porque la sociedad avanza más rápidamente  que la institución hace mucho que el museo despierta tanto amor como odio.

<<Nosotros- decía Marinetti – queremos destruir los museos … Museos: ¡Cementerios! Idénticos, verdaderamente, por la siniestra promiscuidad de tantos cuerpos que no se conocen. Museos: ¡Dormitorios públicos en que se reposa para siempre junto a seres odiados e ignotos! Museos: ¡Absurdos mataderos de pintores y escultores que van matándose ferozmente  a golpes de colores y de líneas a lo largo de paredes disputadas!>> No defiendo la radicalidad del italiano pero es cierto que en muchas ocasiones la desconexión entre vida y museo, entre su arte expuesto  y la sociedad que lo arropa es más que evidente y, por extensión, preocupante.

En 1918, en el fragor de una de esas delirantes veladas futuristas, Maiakowski afirmaba: “ El arte no debe de concentrarse en los templos muertos del museo, sino por doquier: en la calle, en el tranvía, en las fábricas, en los talleres y en los barrios obreros”. Es cierto que hemos avanzado desde entonces y hay muchos museos que observan y trabajan con “la calle” pero no es menos cierto que la institución museística sigue dando más valor al objeto que a la experiencia. Incluso el propio museo como objeto, es decir, como ente arquitectónico, adquiere muchas veces más presencia que el propio arte expuesto. Las pinturas, esculturas, dibujos o instalaciones encuentran rápidamente su lugar en el espacio físico donde se  museabiliza su estructura, contenido y mensaje para que todo tenga un orden. El orden burgués del museo. La burguesía de la obra de arte.

Ordenar lo material parece sencillo si se siguen unas pautas que  poco han variado desde la creación de los primeros museos. ¿Pero qué ocurre si lo material se torna inmaterial? ¿Cómo ordenamos, exponemos y compartimos la creación artística intangible? ¿Debe lo intangible formar también parte de la historia de un museo? Nuestra calle, nuestro tranvía, nuestra fábrica, nuestro taller y nuestro barrio tienen hoy un nuevo escenario desde el que actuar:  un nuevo Marte llamado Internet.

Solimán López. Primer director de HDDM- Hardiskmuseum
Solimán López. Primer director de Hardiskmuseum

En el maravilloso manifiesto que acompaña la creación de HARDDISKMUSEUM escribe Solimán López: “Cuando pienso en guardar aquello que no es propio del mundo material, si es que se puede pensar en algo no material, caigo en la cuenta del valor que tiene todo aquello que no se toca”.  El concepto de lo intangible es para mí lo verdaderamente importante en este proyecto. HDDM se presenta como repositorio para la producción creativa digital dando especial importancia a la interactividad y centrando su discurso en la obra de arte colectiva, sin embargo es en esa intangibilidad donde radica su verdadera fuerza porque proyecta una extensión ilimitada que posibilita salir de la dependencia arquitectónica y narrativa de los museos.

“Arte intangible – dice Solimán- es tiempo, tiempo es espacio, es universo.”  HDDM no sólo es importante como depósito para los nuevos creadores que construyen desde lo digital sino que ofrece al espectador-visitante todo un universo de experiencias y de experimentación. “La importancia de lo que no se toca” radica en la capacidad de la imaginación para transformar una acción limitada en el tiempo en una experiencia poliédrica, densa y evocadora. Lo físico es perecedero, lo metafísico es absoluto.

El arte como el amor adquiere su verdadera importancia en el pensamiento y no en el acto (objeto). Hacer el amor con alguien supone un regalo de caricias, besos y placeres varios que siempre tienen fecha de caducidad. ¿Pero nunca os ha pasado que tras ese momento os habéis encontrado a vosotros mismos recreando la escena en vuestra imaginación una y otra vez? ¿Y no es cierto que al trasformar esos besos y caricias en intangibles estos adquieren sin saber por qué un valor especial?

Me gusta la idea de encender mi portátil y a través de una tecla entrar a un espacio ilimitado de creación. Vestida, desnuda, desde la cama, desde el sofá, sola, acompañada, saciada, hambrienta, feliz, melancólica, segura o asustada. Lo importante es que soy yo la que marcará los horarios y formas de visita. Yo decidiré cuanto tiempo deseo estar observando cada obra. Sabiendo además que pese a navegar desde mi ordenador no estoy  sola en el museo. Alguien más lo estará visitando en un mismo tiempo desde otro espacio.  ¿Y si algún día alguien lo visitase desde Marte? Es lo bueno de HARDDISKMUSEUM. NO necesita ir abriendo sucursales a golpe de talonario porque la red es de todas y todos.

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En septiembre de 2015 se presentará la primera exposición colectiva de HDDM en la Galería Punto bajo el título Líquido.

¿SUBES O BAJAS?

Huías… pero era en mí

y de ti de quien huías.

¿Cómo? ¿Adónde? ¿Para qué?

Por todo lo que es vial,

ascensor, tragaluz, puerto

para fugarse del hombre

en el hombre: por la voz,

por el pulso, por el sueño,

por los vértigos del cuerpo…

Por todo lo que la vida

ha puesto de catarata

-en el alma y en el alba-

Huías…Pero era en mí.

Fuga. Jaime Torres

 

El ser humano sueña constantemente con realizar gestos únicos, hazañas grandiosas que puedan ser admiradas o actos que cambien el futuro de la humanidad. Sin embargo, incluso aquellos que consigan aportar algo nuevo y valioso a esta vida pasarán el noventa por ciento de su tiempo realizando acciones cotidianas. Porque la vida se compone de un soplo de momentos únicos y de interminables momentos de cotidianidad.

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Fotografía de Ignacio de Álava.

 

¿Y existe algo más cotidiano que un ascensor? ¿Cuántos minutos al año pasamos en ellos? Sinceramente no lo sé pero intuyo que si cada uno de nosotros realizásemos ese cálculo nos resultaría más que sorprendente. Pero pese a ser un espacio habitual en nuestras vidas el imaginario del ascensor está  ligado a momentos especiales porque esa maquinaria de hacer posible lo imposible llamada cine no ha dejado de regalarnos historias de todo tipo al respecto del mismo.

En “La Trampa del Mal” (Dirigida por Erick Dowdle), por ejemplo, un grupo de personas queda atrapada en un ascensor y descubren que una de ellas es el diablo. ¡Ahí queda eso! En la prescindible cinta de Dick Maas titulada “El ascensor” la maquina adquiere vida propia y comienza a decapitar personas a diestro y siniestro. Hay también historias perturbadoras que no necesitan  litros de sangre para hacernos sentir verdadera angustia. Es el caso de la fantástica obra de Louis Malle “El ascensor del cadalso” en la que Julian ( Maurice Ronet) queda atrapado en el ascensor de la oficina donde ha matado a su jefe. Si alguno está pensando en deshacerse de algún compañero de trabajo no olvidéis utilizar después las escaleras.

Y claro está que el ascensor forma también parte de nuestros sueños más calientes porque el cine nos ha convencido de que los polvos de ascensor son tan habituales como el café de media tarde.  En “Class” de Lewis John Carlino, un jovencísimo Andrew McCarthy es arrollado por la exuberante madurez de Jacqueline Bisset y el famoso “¿arriba o abajo?” se transforma en “¿de pie o tumbados?”.  Ya nos podía haber pasado a todos algo así con 17 años porque si yo recuerdo mi primera vez puedo llorar…de risa. Y no quiero ni recordar lo de Michael Douglas y Glenn Close en “Atracción fatal” porque eso señoras y señores es otra liga.

No obstante, aunque el cine surja de la vida la vida nunca es cine (por mucho que nos intente convencer Aute), así que nuestros viajes en ascensor son más sencillos que todo esto pero no por ello dejan de ser interesantes. Desde este escenario de lo cotidiano realicé la pasada semana una performance junto a Ana Rosa Sánchez, artista y educadora, y una de esas personas que te recuerdan siempre que los gestos mínimos y sencillos son los que construyen realmente nuestra identidad. Cada vez es más difícil asistir a una acción performativa que se construya desde lo sutil. Parece que sólo el desnudo, la agresividad o la sexualidad explícita forman parte del discurso artístico en este complejo lenguaje. Por ello, la propuesta que desarrollamos dentro de la semana de El barrio de los Artistas resultó especial.

Fotografía de Mikel Tolosana.
Fotografía de Mikel Tolosana.

 

La performance  se construyó  desde la delicada sonoridad de la poesía bajo el título “Tiempo de palabra(s)”.  La acción tuvo lugar en un ascensor público, el ascensor de Descalzos que une el barrio de la Rotxapea con el Casco Viejo de Pamplona.  El principal objetivo era romper la cotidianidad de un espacio público que por estrecho, pequeño y casi siempre abarrotado genera situaciones incomodas. Un escenario en el que tenemos siempre la oportunidad de comunicarnos con otros y sin embargo, en muy contadas ocasiones esta comunicación se realiza de forma espontánea y relajada.  Ese “no lugar” como define el antropólogo  Marc Auge que “carece de la configuración de los espacios, es en cambio circunstancial, casi exclusivamente definido por el pasar de individuos. No personaliza ni aporta a la identidad porque no es fácil interiorizar sus aspectos o componentes. Y en ellos la relación o comunicación es más artificial.” Y es precisamente esa comunicación o más bien la falta de ella la que deseábamos activar.

La acción comenzaba en el interior de una de las cabinas. Frente a frente, y sin apenas tener contacto visual por estar rodeadas de personas, comenzábamos a leer poemas modulando la intensidad de nuestras voces que pasaban del susurro al grito en un espacio corto de tiempo. Cada poema leído era arrojado al suelo y allí permanecía pisoteado por silletas de bebés, bicicletas y personas. La sensación me resultó extraña porque oía mi voz con claridad al tiempo que el eco me hacía sentir el silencio y el espacio de forma muy presente.

Fotografía de Ignacio de Álava.
Fotografía de Ignacio de Álava.

 

En una segunda parte, abandonábamos el ascensor para situarnos entre las dos colas de gente que esperaba nerviosa y cansada a que llegase su turno. En este caso ya no leíamos las mismas poesías sino que cada una iba recitando las suyas propias de forma que la palabra se desdibujaba ya que nos ‘pisábamos’  mutuamente  al tiempo que nos sentíamos cerca pues nuestras espaldas se tocaban. En dos ocasiones el azar nos llevo a leer el mismo poema. Entonces las voces se encontraron y sentí el alivio de “caminar” de la mano de Ana.

Por último, volvíamos a la cola para esperar turno en el siguiente ascensor (en el que seguiríamos leyendo). En este caso, nos íbamos leyendo poemas la una a la otra mientras avanzábamos con la gente hacia la cabina. Fue curioso advertir como muchos evitaban el contacto físico con nuestros cuerpos como si estuviésemos contaminadas de una enfermedad  terriblemente contagiosa.

Fotografía de Mikel Tolosana.
Fotografía de Mikel Tolosana.

 

Leer poesía parece una acción inocente y hasta romántica que en poco puede alterar el entorno. Sin embargo, las reacciones fueron muy diversas y no siempre amables.  En el interior mucha gente nos daba la espalda y hasta subía el volumen de sus voces para seguir su conversación. Otros, sin apenas pararse a escuchar nos preguntaban qué era eso que hacíamos y al no obtener respuesta  abandonaban indignados el ascensor. Era evidente que la mayoría nunca se había enfrentado a una performance pero el hecho de sacar la acción de un escenario propiamente artístico como un museo o un centro de arte y llevarlo al escenario de “lo común” es lo que hace de la acción artística un acto de militancia.

Fue también sorprendente  la reacción de los niños más pequeños que conseguían evadirse de las conversaciones adultas y levantaban la cabeza en silencio para mirarnos con los ojos muy abiertos. Curioso también ver cómo algún pequeño se asustaba cuando elevábamos la voz en la lectura y sin embargo, no se inmutaba ante las voces altas de los adultos que le rodeaban. Su cotidianidad asumía los gritos de los mayores pero no el ritmo musical de un poema.

Fotografía de Mikel Tolosana.
Fotografía de Mikel Tolosana.

 

Los papeles escritos que íbamos tirando al suelo también fueron objeto de muchos comentarios. Algunos se agachaban a cogerlos tímidamente e incluso se los llevaban después. Varias personas nos preguntaron malhumoradas si eso lo íbamos a recoger luego nosotras y otro hombre, sorprendido y feliz a la vez, recogió un puñado del suelo y se puso a repartir a otros diciendo: “¡Hay poemas en todos los idiomas!”

La acción duró algo más de una hora que es un tiempo largo si una piensa en el interior de un espacio tan pequeño y con una temperatura de más de 30 grados. Sin embargo, mi recuerdo se construye de momentos muy cortos que se hicieron interminables. El más difícil, y creo coincidir también con Ana, fue la discusión que se generó entre una mujer que entró en el ascensor con una bicicleta y un señor que al intentar encontrar un hueco le dio un suave golpe en el codo. La primera le empezó a gritar, el segundo le contestó también gritando y ambos continuaron en una discusión sin sentido adornada con todo tipo de insultos mientras nosotras poníamos voz a Machado, Baudelaire, Uribe, Plath, Oteiza, y tantos y tantas poetas y poetisas. El sinsentido del empeño por hacer de lo cotidiano lo inhabitable. El sinsentido de no dejar de gritar por el miedo a pararse a escuchar. El sinsentido de malgastar el tiempo que es ya de por sí tan frágil y tan efímero. El sinsentido de olvidar que en el momento en que perdemos la capacidad de comunicarnos lo hemos perdido todo.

Hace poco leía que la empresa nipona Obayashi Corp. estaba estudiando la posibilidad de construir un ascensor hacia el espacio. Su objetivo es construir un elevador capaz de transportar pasajeros a una estación espacial situada a 36.000 kilómetros de altura. ¿Os imagináis lo que podría pasar en un ascensor así? ¿Seríamos capaces ante un trayecto tan largo de escuchar al prójimo? ¿Tendríamos capacidad de estar en silencio sin sentirnos incómodos? ¿Nos resultaría igual de molesto el roce de los cuerpos o el tiempo los haría más cercanos? ¿Se transformaría ese “no-lugar” en un lugar habitable ante el largo tiempo que tendríamos que pasar en él? La verdad es que resulta imposible hacerse a la idea porque en nuestras cabezas es aún una historia de ciencia ficción. Centrémonos pues en trabajar nuestros espacios cotidianos empezando por esos ascensores que todos tenemos obligatoriamente que utilizar a lo largo de la semana. Aprovechemos esos breves viajes para observar, descubrir, escuchar, y si en alguna ocasión alguien nos lee un poema disfrutémoslo porque  el tiempo también es de la(s) palabra(s).


Ana: gracias de corazón por tu generosidad al acompañarme de la mano en esta acción. Y no puedo dejar de sentirme también agradecida a Mikel Tolosana e Ignacio de Álava por sus fotos ya que gracias a su mirada hemos podido situarnos del lado del espectador y mirarnos en el espejo.

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LA CREATIVIDAD ESTÁ SOBREVALORADA

¿Me contradigo?, sí, me contradigo. Soy muchos, contengo multitudes“.

(Walt Whitman)

A punto de abandonar este ya viejo año 2014 en el que la cultura ha pasado de estar en un coma de primer estadio a sufrir un coma profundo, una vuelve a descubrir con una mezcla de estupor y mala leche que los periódicos, suplementos y blogs varios vuelven a llenar sus páginas con la que yo ya he denominado “la enfermedad cultureta de fin de año”. ¿Y en qué consiste dicha patología? En algo tan aburrido, cansino y pedante como las famosas listas de lo más entre lo más. Lista de los mejores discos, las mejores canciones, los mejores intérpretes, las mejores exposiciones, los mejores artistas, los mejores museos, los mejores comisarios, en definitiva, los mejores entre los mejores.

street-art-creativo-060_thumbNo me entiendan mal. No digo que los que estén en esas listas no lo merezcan sino que los que lo merecen nunca suelen estar en ellas. Somos un país de cantidad que no de calidad y por ello poner número a la cultura es algo que nos apasiona. Sin embargo, en este último año en el que el famoso dicho de “trabajar por amor al arte” se ha hecho tan literal que duele sólo de oírlo es necesario valorar fuera de esas listas de “los cuarenta principales de la cultura” a esos músicos que se siguen partiendo los cuernos por sonar bien en locales de segunda, a esos comisarios que trabajan día y noche en exposiciones en las que su sueño principal es ganar lo justo para comer, a esos directores de pequeños museos que hacen encaje de bolillos para pagar las facturas de la luz sin dejar de pagar a sus técnicos, a esos educadores que no pierden la sonrisa en los talleres y visitas pese al agotamiento de caminar siempre en la precariedad laboral, a esos artistas que dedican una hora al trabajo de estudio y ocho a navegar por internet en busca de becas que les ayuden a sobrevivir, a esos que alimentan las redes sociales de buenos artículos y comentarios por los que casi nunca cobran, y tantos y tantas, y tantas y tantos.

En este campo de batalla en el que se ha convertido el mundo de la cultura podríamos llegar a pensar que sólo el buen oficio y la perseverancia lograrán que la calidad siga existiendo por encima de la cantidad. Sin embargo, existe otro aspecto que es para mí más importante que los anteriores. Un aspecto en ocasiones malentendido y en muchas infravalorado: la creatividad. En francés, para indicar que alguien es un soñador, que construye castillos en el aire, se dice faire des chateaux en Espagne. La creatividad ha estado siempre relacionada con los soñadores y estos con la locura. Este país ha demostrado con creces ser un país de mangantes y farsantes pero, afortunadamente, también sigue siendo un país de soñadores. Y en estos momentos la salvación de la cultura pasa por una mezcla de cordura y locura. Sólo las mentes abiertas, flexibles, pasionales y, en definitiva, creativas serán capaces de sobrevivir a este aniquilamiento cultural.

No cabe duda de que la creatividad puede suponer para muchos un signo de extravagancia. Y todos sabemos que la extravagancia no está bien vista en esta sociedad globalizada en la que (con)vivimos. Pero la acción creativa es la única capaz de transformar, tal como decía Whitman, lo único en múltiple y es ese el escenario que nos ayudará a avanzar. La acción que produce transformación es la única que tiene verdadera validez y es la que necesitamos con verdadera urgencia.

En los últimos tiempos, el mundo de la empresa ha puesto de moda un término que me enerva tanto como gran parte de esos empresarios: “reinventarse”. ¿Y qué significa reinventarse? Reinventarse para la mayoría de los que mueven los hilos no significa otra cosa que adaptarse a sus necesidades. Me viene a la memoria la famosa frase que Don Fabrizio, Príncipe de Salina, pronuncia en Gattopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Ante unos horarios de trabajo interminables, unas condiciones económicas insufribles, una negación inmoral de recursos públicos y un desinterés insultante hacia el mundo de la educación, se nos “invita”, en una suerte de fiesta nacional, a reinventarnos. Reinventarse para no cambiar nada. Reinventarse para que sigan ganando los mismos.

La desmoralizante situación cultural del país no pasa por reinventar nada sino por construir, y la construcción sólo es posible desde la creatividad. Grandes dosis de creatividad serán necesarias para establecer nuevos modelos de museos que incorporen en sus salas las voces de un público más diverso. Una enorme creatividad será necesaria para establecer circuitos y recursos variados desde donde los artistas puedan dejar de ser gestores culturales para volver a ser creadores. Creatividad en mayúscula será necesaria para que los gestores puedan diseñar programaciones en las que pagar justamente a músicos y actores, dotándoles además de escenarios dignos. Y mucha creatividad, insisto mucha, será necesaria para desarrollar otros modelos educativos que ayuden a niñas y niños a formarse emocionalmente como futuros ciudadanos con ideas y criterios propios.

Muchos siguen afirmando con rotundidad que la creatividad está sobrevalorada pero créanme si les digo que esta afirmación sólo encierra una verdad: la sociedad que no es creativa no desarrolla actitud crítica y será, por tanto, una sociedad alienada, vacía y manipulable. Cada cual que decida su forma de actuar en éste nuevo año que comienza. Yo tengo claro que seguiré practicando la creatividad en todas las pequeñas cosas de mi vida sin ninguna necesidad de reinventarme porque como bien decía Edith Wharton: “La creatividad no consiste en una nueva manera, sino en una nueva visión”.

¡Feliz 2015! Urte berri on!

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EL CUADRO. UN CUENTO DE NAVIDAD

Érase una vez que se era un humilde y sencillo pintor que vivía y trabajaba en la corte del Rey Bordón. La vida de Antoine, que así se llamaba el maestro, transcurría tranquila entre paseos, membrillos y verduras varias, con las que pintaba espléndidos bodegones. Teniendo en cuenta que su majestad era muy dado a viajecitos, festejos y cacerías el pobre pintor apenas recibía encargos reales.

Sin embargo, trabajando un día en su estudio en el arduo análisis de una berenjena, el artista oyó golpear su puerta. La sorpresa fue mayúscula cuando al abrir, ante el umbral de la misma, se encontró a Bordón I.

– Buenos días Antoine, ¿cómo le va la vida de artista?

– Bueno Majestad, aquí con mis verduras. No me puedo quejar.

– Me alegro. Vengo a proponerle algo.

El pobre Antoine no salía de su asombro. Era la primera vez que el Rey se dirigía directamente a él desde que empezara a trabajar para la Corte.

– No sé si es el espíritu navideño pero hoy me he levantado generoso. Tras una breve reflexión he llegado a la conclusión de que voy a hacerle un encargo. Quiero que realice un retrato real.

– Su Majestad, ¿queréis que pinte un cuadro para usted?

– No, no me ha entendido bien. No quiero que pinte un cuadro. Quiero que pinte EL CUADRO. Ese cuadro que pasará a la historia como el retrato real más importante del arte. Ese CUADRO que se estudiará en las escuelas, en las universidades y en los congresos de crítica. Ese CUADRO que llenará nuestro país de japoneses dispuestos a gastar los ahorros de toda su vida. En fin, no me líe más y póngase a trabajar que nos conocemos. Quiero presentar la obra las próximas navidades. Tiene un año de plazo.

Antoine se sentía nervioso, excitado y emocionado pero al mismo tiempo pensó que si había sido capaz de sacar a la luz los sentimientos más ocultos de un membrillo también podría hacerlo con los Bordones. Ni corto ni perezoso bajó del zaguán la tela más blanca y más grande que tenía. Una vez montada en el bastidor comenzó a distribuir las figuras en el lienzo. En el lado izquierdo los reyes Bordones acompañados de sus lindas hijas, las Infantas Doña Cristal y Doña Helene. A la derecha del grupo familiar, el macho alfa de la manada, Bordón Junior, la esperanza de la familia, el futuro del país.

Consciente de la complejidad de la tarea decidió empezar el trabajo por la más sencilla, cercana y dicharachera de la familia, Su Majestad la Reina Sofi. A Sofi no le gustaba posar y prefería pasar el tiempo escuchando ópera, acariciando osos Panda o de compras por Londres con su prima, por lo que a Antoine no le resultaba fácil avanzar con su retrato. Decidió que continuaría con ella más adelante.

El segundo miembro de la Casa Real a quien convocó para la sesión fue a la dulce Infanta Doña Helene. No obstante, en medio del proceso creativo se dio cuenta de que reflejar la personalidad de ésta mujer le resultaba muy complicado. No se sabe si porque Antoine no era lo suficientemente bueno como retratista o, simplemente, porque la Infanta carecía sorprendentemente de personalidad. Decidió que continuaría con ella más adelante.

La tercera mujer del clan real no parecía un reto difícil de superar. Doña Cristal era alta, tenía buen porte y, además, un rostro amable y agradable, fácil de dibujar. Sin embargo, no contaba con la hiperactividad familiar de la Infanta. Entre embarazos, reuniones varias, operaciones inmobiliarias y asesoramiento personalizado a su marido, un gran empresario procedente del honorable mundo del deporte de élite, resultaba imposible que se mantuviese quieta más de cinco minutos. Decidió que continuaría con ella más adelante.

De todos es sabido que los que se toman verdaderamente en serio su actividad como familia real son los hombres. Bordón y Bordón Junior eran admirados desde siempre por el humilde Antoine. Por ello sabía que si conseguía pintarlos a ellos la obra no tendría misterios para él. Sin embargo, la vida no siempre se desarrolla como esperamos y ambos hombres, hombres aunque deberíamos llamarlos superhombres, se debían a la Corona antes que a la Historia del Arte.

El Rey Bordón deseaba con todas sus fuerzas acudir al estudio de Antoine para posar pero un Rey se debe a su pueblo. El pueblo quiere ver a su Rey haciendo cosas de Rey. Por ello, con gran esfuerzo y abnegación, el monarca limpiaba diariamente su escopeta para cazar elefantes, acudía a las aburridas fiestas que los jeques árabes organizaban para él, o navegaba con hastío en su yate rodeado de rubias alemanas, suecas o finesas. Lo importante era mejorar las relaciones de su país con el resto del mundo. Lo importante era servir a su patria. Antoine decidió que continuaría con él más adelante.

Pese a las dificultades que iban surgiendo por el camino creía firmemente que Bordón Junior no le decepcionaría. Era un joven muy disciplinado y a pesar de sus prácticas de helicóptero, sus conferencias para el Instituto Jervantes y sus viajes a América, siempre encontraba un hueco para posar. A pesar de ello, cuando el maestro por fin había casi finalizado su retrato algo ocurrió en la vida del futuro monarca: se echó novia. Pero no una novia cualquiera. Una novia que no sólo hizo de él un responsable padre de familia, un alegre príncipe que iba al cine y comía tacos mejicanos, sino que le transformó en el primer príncipe hipster de toda la Historia. Esto acabó con la paciencia de Antoine que decidió que continuaría con él más adelante.

El agotamiento y el cansancio empezaban a hacer mella en el pintor que no había sido consciente hasta ese momento del tiempo transcurrido desde el real encargo. De repente, en un pequeño momento de lucidez, Antoine levanto la mirada hacia su estudio y descubrió con horror que sus verduras se habían transformado en restos putrefactos y sus membrillos parecían pieles viejas a punto de desintegrarse. Sin saber cómo, habían pasado veinte años. Veinte años dedicados a un cuadro que aún no existía. Veinte años en la soledad más absoluta.

La rabia se apoderó de él y con gran valor grito a los cuatro vientos:

– ¡A Dios pongo por testigo que no volveré a descuidar mis verduras! ¡El CUADRO se presentará éstas navidades como que me llamo Antoine!

De todos es sabido que la mala leche potencia la creatividad así que el pequeño pintor pidió que trajesen de cocina su mejor cesta de frutas y verduras. Tras una cuidada selección volvió a realizar la distribución de las figuras en el lienzo. En el lado izquierdo un rosado nabo junto a una esplendorosa patata acompañados de dos hermosas frutas, una papaya y una pera limonera. A la derecha del grupo familiar, el macho alfa de la manada, un gran cardo navarro, la esperanza de la familia, el futuro del país.

Sin más preámbulos, y preparado para las posibles críticas del público especializado en retratos reales, Antoine convocó a toda la prensa, realeza internacional, tertulianos de televisión y personajes varios para la presentación de su gran obra. Una vez dispuestos todos delante del lienzo el pintor de la corte pasó a retirar la tela que lo cubría. El retrato apareció solemne, grandioso y desafiante. El público no podía creer lo que veía. En la sala se produjo un intenso silencio. Nadie respiraba. Nadie hablaba._L5P8142.jpg

De repente, en un alarde de campechanía el monarca esbozó una elegante sonrisa y dijo: Pues yo me veo fenómeno Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja.

Antoine cerró los ojos, respiró profundamente y pensó: Por fin puedo volver a pintar membrillos.

Y colorín colorado éste CUADRO se ha acabado. ¡Felices fiestas! Zorionak!

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CECI N’EST PAS UNE PIPE

En 1929, René Magritte realiza una serie de pinturas conocida como “la tradición de las imágenes” de la cual su pieza más famosa sea probablemente “Esto no es una pipa”. En ella desafía al espectador a reflexionar sobre la importancia de la imagen respecto a nuestro código real de lectura. En la composición vemos claramente una pipa pero Magritte nos dice que no puede decir que lo sea porque nos estaría mintiendo. La imagen no es un objeto sino la proyección mental del mismo. Todo empieza y acaba en nuestra mente.

Casi cien años después, la mayoría de la gente sigue buscando en la obra de arte una relación directa, clara y objetiva entre título y obra. Una solución al puzzle. Una verdad sin fisuras. Si la historia del arte ya ha asumido que el espectador funciona como vector de la obra y no como mero observador, ¿por qué nos sigue costando tanto ser más libres, más abiertos y, sobre todo, más generosos en nuestra mirada? Porque seguimos sin comprender que el arte no es un escenario exclusivo del artista sino que constituye una forma de entender la vida, nuestro entorno y nuestras relaciones.

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René Magritte. 1929. Óleo sobre lienzo. Los Angeles Country Museum of Art.

En el momento en que dejemos de limitar nuestras experiencias a frases tan alienantes como: ¿Quién lo ha hecho?, ¿por qué?, ¿qué quería decir con ello?, y pasemos a preguntarnos: ¿qué siento?, ¿en qué pienso al observar esto? o simplemente, ¿cómo me encuentro ante esta obra?, nos habremos acercado un poquito más a la realidad del arte.

Muchas veces me he preguntado por qué me dedico al arte. Y sobre todo por qué me relaciono con el arte de la manera en que lo hago. Todo en mi vida tiene un punto surrealista y creo que eso me hace más comprensiva. Cuando tenía tres años y empezaba la aventura de aprender a hablar mi relación con el lenguaje ya era peculiar. Al periódico lo llamaba il pirioco, al paraguas la cuadrada, a los macarrones ladrones y, no me digáis que esto no es no es puro Magritte, al triciclo el botijo.

Con 6 años empezaba a descubrir el mundo. Recuerdo un viaje en tren Bilbao-Valencia en el que con mi pequeño dedito iba dibujando en el aire distintas cosas ( ante la mirada de incomprensión de mi pobre madre) y a la vez, me inventaba conversaciones entre los palos de los postes de electricidad que para mi tenían claramente forma de personas.

Historia cumbre de mi niñez es ese día en que, con nueve años, la profesora de plástica nos dice que ese mes vamos a aprender a dibujar con temperas por lo que tenemos que traer de casa un objeto que nos parezca especialmente bonito. Al día siguiente, me presento orgullosa con un botellín de Heineken (puedo oír las risas de algunos desde aquí). Puro Warhol. Lo sé.

Ya en la universidad, mis excentricidades se perfeccionaron. La más sonada era mi forma de tomar apuntes. Ideé una técnica por la que combinaba texto con dibujos varios que representaban palabras y expresiones. Lo mejor de todo es que ningún compañero me pedía nunca prestados los apuntes.

Dicho esto, no pretendo contaros mis rarezas para justificar mi relación con el arte sino para ayudaros a comprenderla. Sin necesidad de pintar, cantar o escribir especialmente bien mi vida siempre ha estado relacionada con el arte porque he vivido y vivo con imaginación, creatividad y libertad. ¿Acaso no consiste en eso el arte?

Me gustaría que este espacio sirva en un futuro para liberarnos de nuestros convencionalismos y sentir que el arte es de todos y sirve a todos. Recordando así que de la misma forma que oír no es lo mismo que escuchar, tampoco ver es lo mismo que mirar. Sólo en el momento en que decidamos ampliar nuestra mirada hacia el arte empezaremos a comprenderlo y a sentirlo.

Mirar significa imaginar. Mirar significa leer. Mirar significa recorrer. Mirar significa ver más allá. Mirar significa intervenir. Mirar significa no poder mirar. Mirar significa actuar. Mirar significa participar. Mirar significa lo que tú quieras que signifique.

Espero poder compartir mis miradas en este pequeño espacio que como sabéis “No es un blog”.

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