El hombre que nunca estuvo allí.


La reflexión del triste, del infeliz, confabulación accidentada de un simple peluquero, como así se define. A pesar de su profesionalidad en el corte, su vida es un deambular rutinario y conformista de un pánfilo de sobremesa. La película es un contínuo y consumido cigarrillo, un alarde de fotografía en blanco y negro para esa especie de homenaje con giros de «El cartero siempre llama dos veces». Nuestro protagonista es compasivo para el espectador sin pretenderlo, y ni siquiera melancólico porque nunca se lo planteó. Es un hombre gris y desapercibido en un film de cine negro. Es la mirada solitaria de un fumador ante el sonido de un piano de cola. Respira conformismo y se alimenta de la voz en off. Pero esa apatía, ese ser estático, incluso nos molesta, ¿Por qué? Porque es diferente a lo común, y nos irrita, le falta reacción y le sobra su entorno. Es introvertido y se mueve por inercia, la misma que le proporciona la vida.

Nos acoje en su vacío, un vacío del que nosotros queremos escapar y del que finalmente él mismo se libera por medio de la sociedad, es ella juez y castigo de su persona en todo momento.

Es simplemente el hombre que nunca estuvo allí.

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