LA OBRA DE ARTE INMORTAL

Amo al que pretende lo imposible

Fausto, 2ª parte

Estas vacaciones, reorganizando mi biblioteca, me topaba con un pequeño texto que había leído hace ya bastante tiempo. Se trata de una conferencia que el escritor y filósofo Stefan Zweig pronunció en Buenos Aires el 29 de octubre de 1940 y en la que aborda uno de los temas más apasionantes y complejos de la historia: El misterio de la creación artística.

Los seres humanos somos capaces de entender y asumir procesos de transformación pero cuando acontece algo nuevo, algo único ajeno a nuestro mundo, sentimos un intenso vértigo. Los creyentes aceptan rápidamente ante este misterio la fuerza creadora de una mano divina y los que, como es mi caso, no encontramos respuestas en la religión debemos afrontar como podemos el hecho de un acontecimiento sobrenatural.

Existe una esfera en la que ese “milagro” de la creación se repite de forma constante: el arte. A lo largo de un mismo año se escriben y publican miles de libros, se componen innumerables canciones, y las salas de arte se llenan de nuevas fotografías, pinturas, videos, esculturas o instalaciones. Miles de obras de arte que en su mayoría nada significarán para nosotros. Sin embargo, y sin comprender claramente por qué, surgirá de repente de entre todas ellas una obra capaz de sobrevivir a nuestro tiempo, y a muchos más. Una obra que no habrá sido realizada por un dios sino por un ser humano con nuestras propias necesidades, miserias e inseguridades. Un hombre que transformará lo perecedero en inmortal. “ ¿En mérito de qué encantamiento, de qué magia, consigue tal hombre superar los límites del tiempo y de la muerte?” se pregunta Zweig.

Las señoritas de Avignon, 1907. Pablo Picasso
Las señoritas de Avignon, 1907. Pablo Picasso

Cuando escuchamos una melodía que nos aprieta fuerte el corazón o cuando observamos una pintura que nos sobrecoge dejándonos sin respiración es fácil preguntarse cómo esa o ese artista ha sido capaz, con las mismas notas que los demás, con los mismos colores, con las mismas manos, con el mismo lápiz, de crear una obra inmortal. “¿Qué sucedió en su interior en esas horas de la creación y cuán misteriosas deben de ser esas horas?”. Podemos estudiar la obra durante mucho tiempo. Podemos escucharla, observarla y vivirla durante largos periodos pero nunca obtendremos respuesta a esa pregunta.

Cuando nos enfrentamos a una gran obra de arte debemos hacerlo desde lo comprensible. Es decir, desde esos datos objetivos y narrativos que articulan y acompañan esa creación y que en los museos toman la forma de textos de pared, folletos o catálogos. En este sentido, nuestra formación y nuestro esfuerzo por ampliar conocimientos nos ayudarán a sentirnos más cerca de la misma. Sin embrago, es también necesario que asumamos con humildad que somos incapaces de explicar íntegramente el proceso creador por mucho que lo analicemos. La concepción de un artista es un proceso interior. No podremos nunca imaginárnoslo. “Toda nuestra fantasía y toda nuestra lógica no pueden facilitarnos sino una idea insuficiente del origen de una obra de arte” advierte Zweig.

Niña delante de la chimenea, 1955. Balthus
Niña delante de la chimenea, 1955. Balthus

Y es en este punto en el que me gustaría pararme a reflexionar ya que normalmente, ante esta enervante incapacidad de explicar la creación artística, acudimos al propio creador para que nos de la respuesta. Sin embargo, ¿No os ocurre a menudo que tras escuchar las palabras de un artista en una conferencia o en una entrevista seguís sin entender por completo como se ha producido ese alumbramiento? ¿Por qué no nos describen su modo de crear? La respuesta puede resultar insatisfactoria pero la realidad es que tampoco el artista puede explicar ese proceso.

La principal razón de esta incógnita es que cuando el artista o la artista están creando no tienen tiempo ni lugar de observarse. Su mirada está dentro de ese proceso lo que inhabilita su condición de observador. La nuestra, por el contrario, está fuera lo que incapacita a su vez parte de nuestra comprensión. El artista está en ekstasis, ese maravilloso término griego que significa “estar fuera de sí mismo”. No puede mirar por encima de su hombro. No puede pararse a analizar lo que ocurre a su alrededor. ¿Y dónde está? En la propia obra. Su cuerpo puede estar en un parque de Londres y su mirada creativa abrazar una playa de Italia. Puede encerrarse en una minúscula habitación ante la pantalla de un ordenador estando su mirada en Marte, Plutón o incluso en un nuevo espacio interplanetario. Su cuerpo puede estar aquí pero su mirada está allí. Un allí que no es sucesión de un ahí sino proyección de un espacio indefinido. Su inspiración puede partir de un hecho real e incluso cotidiano pero en el proceso creativo llegara un momento en el que el artista se aleje de la realidad y de él mismo.

Soy consciente de que este tipo de reflexiones sirven de base a muchos de los que no encuentran en el arte ningún tipo de refugio, consuelo o satisfacción para arremeter contra el mismo. Esos que piensan que defender el misterio de la creación artística supone una excusa para no asumir que hay muchas obras de arte que no tienen explicación porque simplemente son malas. Que defendemos el papel de outsider del artista para justificar su falta de esfuerzo y trabajo dentro de nuestra sobreestructurada sociedad. No se confundan. Yo no justifico la creación barata, la especulación, la falta de seriedad o el engaño. Yo sólo quiero recordar que no todo en esta vida tiene explicación pero que es posible vivir sin la respuesta perfecta cuando lo que nos dan a cambio es emoción. La obra de arte mala existe y existirá siempre pero afortunadamente junto a ella podremos también disfrutar de la obra de arte inmortal.

*@aitziberurtasun

2 comentarios sobre “LA OBRA DE ARTE INMORTAL”

  1. Me pusiste la piel de gallina. Es así como decís, afortunadamente agrego. Qué existan las obras malas y los artistas mediocres (entre los que probablemente me encuentro) si su existencia justifica esa rara avis excepcional que nos dará una obra que nos puede justificar la existencia.
    El instante de placer absoluto al ver por primera vez la Victoria de Samotracia, el David, o La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, pueden compensarte todo lo demás, menos glorioso, que te pasa en la vida. El arte salva el alma y justifica a la humanidad.
    Un gran saludo de Buenos Aires!!!!

    1. Mil gracias Gabi! En primer lugar decirte que me hace una enorme ilusión que me leas desde Buenos Aires. Y en segundo lugar, es cierto que no todas las obras soportan el paso del tiempo ni tienen la misma influencia en nosotros pero los creadores ( del nivel que sea) sois esenciales para que el mundo tenga algo de sentido. Un fuerte abrazo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *