NUEVOS TIEMPOS PARA LA CULTURA. HAGAN JUEGO

Esta semana Navarra acogía un nuevo estreno que ya había tenido lugar semanas anteriores en otras comunidades. No, no me refiero a la nueva producción de Pixar sino a algo en apariencia menos entretenido, un nuevo gobierno. Un gobierno que porta una carta aún por escribir. Y en su mano está escribirla con nuevas formas, nuevos gestos, nuevas historias y nuevas posibilidades. De todo se ha empezado ya a hablar, y no siempre bien, ante ese posible cambio. Un cambio que es necesario pero también delicado en una comunidad en la que conviven y malviven no sólo distintas ideologías sino también distintas identidades. Y en todos esos discursos de calle sobre lo que tiene y no tiene que hacer el nuevo gobierno siempre la palabra ausente: cultura.

Si revisamos los titulares de la última semana, los análisis con agotador tono mesiánico de las tertulias televisivas, los comentarios en las distintas redes sociales, las conversaciones de bar o las charletas de ascensor nos va a resultar difícil encontrar a alguien que haya hablado de las necesidades culturales de esta tierra (que en muchos campos son tristemente extensibles al resto de comunidades). Y muchos dirán que es normal porque en estos momentos hay necesidades más urgentes. Que no es momento de (pre)ocuparse por la cultura. Que ya habrá tiempo de pensar en ello cuando “las cosas” mejoren. Y es ante frases así cuando una tiene la clara certeza de que no se trata de tiempos sino de ignorancia. El término CULTURA es difícil de definir y por ello difícil de asumir como necesario en este nuestro tiempo y en cualquier otro pero lo es y mucho.

“La cultura – señala el antropólogo Edward Tylor – es esa totalidad compleja que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, las leyes, las costumbres y cualesquiera otras capacidades y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad”. Si la cultura es un hábito que se puede adquirir estamos asumiendo que es un escenario mutable y que nosotros como componentes de esa sociedad tenemos un papel relevante en ese cambio. En este punto, el político debe comprender que liderar un nuevo gobierno no consiste en cambiar una cultura por otra, en hacer las cosas de forma contraria a como las hacía el anterior y en sustituir los peones de la partida para que parezca que ante caras nuevas todo será diferente. Adquirir nuevos hábitos significa principalmente construir cultura.

Ajedraz diseñada por Man Ray en 1971
Ajedrez diseñada por Man Ray en 1971

La antropología también nos recuerda que la creatividad, la adaptabilidad y la flexibilidad son atributos humanos básicos. Si el político deja fluir esos atributos podrá utilizar la creatividad para resolver situaciones que sólo parecen salvables bajo la varita mágica del dinero. Si el político usa en su gestión esos atributos tendrá la capacidad de adaptarse a los nuevos tiempos y observar la gestión de la cultura no sólo desde el modelo institucional sino desde modelos mixtos o, incluso, autogestionados por el propio pueblo. Si el político hace suyos esos atributos perderá el miedo a ser flexible ante voces y modelos que no tienen por qué gustarle pero que existen como identidad cultural en el escenario de su gobierno.

“Algunas flores crecen en las dunas, sube la marea se hacen invisibles” canta Quique González. Nuestros museos, artistas, centros culturales, teatros, bibliotecas y tantos pequeños espacios donde se cocina la cultura han acabado siendo invisibles para una gran parte de la sociedad. La cultura ya no interesa porque se ha desligado de la vida. El suelo que pisamos los que trabajamos para construir cultura es peor que una duna porque no sólo es frágil sino que está tan embarrado de superficialidad, intereses económicos, proyectos turísticos vendidos como culturales y chanchulleos varios que dar un paso hacia adelante se hace casi imposible. Sin embargo, todos sabemos que llega un momento en que la marea baja y tanto en áridos suelos como en cenagales siempre hay alguna flor que sobrevive. Esas pequeñas flores que parecen tan frágiles son las más fuertes y están ahí para seguir peleando. Aún hay muchas.

Los museos de esta tierra no aparecen en las listas de los internacionalmente más visitados pero siguen teniendo colecciones excepcionales desde las que poder educar en la diversidad, la pluralidad y la empatía. Nuestros barrios están llenos de músicos que no aparecen en realitys ni llenan estadios de futbol pero que nos ayudan con su sensibilidad a sentir de otra manera. Cada mañana se sientan ante el ordenador infinidad de escritores que han decidido hacer realidad sus sueños de escribir historias y que para compartirlas con nosotros tendrán que autoeditarlas. Cada a día se levanta la persiana de algún local en el que muchos jóvenes se reunirán para inventarse otra forma de hacer festivales, de sacar el arte a la calle, de trabajar por mantener su lengua como bien cultural y, en definitiva, de trasformar la duna en campo.

Desde este escenario es necesario que todos nos escuchemos. Grades y pequeños. Pequeños y grandes. Ya sé que esto resulta excesivamente populista pero creo que nos hemos acostumbrado en exceso a echar la culpa al de al lado. Tenemos derecho a explicar y compartir nuestras inquietudes ante nuestros políticos de la misma forma que ellos tienen la obligación de escucharlas. Pero tanto a un lado como a otro de la partida es necesario que aprendamos a evitar el etnocentrismo. Esa infértil tendencia a considerar la cultura propia como superior y a utilizar los valores propios para juzgar a los otros. Sólo un gobierno que trabaje para mostrar el valor de lo diferente será un gobierno que crea en la cultura como bien social. Vamos a intentar ayudarles a ver más y mirar mejor. ¡Hagan juego! Y no se precipiten que la partida es muy larga.

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