ENTRE SELFIES ANDA EL JUEGO

Aquí estoy tranquilamente con mi pipa, mirando la lluvia caer y practicando mi ejercicio favorito: imaginar. Y pienso: “¿Os imagináis lo que sería escuchar alguna de las Gymnopédies de Erik Satie o cualquier joya de Tom Petty con unos grandes tapones de cera en los oídos? ¿Y qué me decís de la posibilidad de saborear una buena copa de vino tinto a la que previamente se le han añadido unas cebollitas en vinagre? ¿Os imagináis entrando suavemente en el mar para disfrutar de un relajante baño y que alguien os coloque un kilo de piedras a la espalda? ¿Os imagináis…?”

selfie-catedral-burgosTranquilos. No me he vuelto loca (yo ya vengo loca de serie). Aunque no lo parezca todos estos supuestos tienen algo en común: una buena materia prima (música, vino, mar)  que puede regalarnos una gran experiencia, y un gesto surrealista (tapones, cebollitas y piedras) que la pueden arruinar. Pues esta es la sensación que tengo cuando veo a un iluminado o iluminada hacerse un selfie delante de una obra de arte. La obra de arte está, pero ellos ni la ven ni la verán. Sin embargo, la imagen empieza a ser ya tan habitual que da pavor y las variaciones son ilimitadas. Tenemos al aprendiz de yogui (y no me seáis brutos que me refiero al experto en yoga no al oso) que estira su cuello y el resto de su cuerpo en una indescriptible postura que permita a ese endemoniado artilugio llamado “palo de selfie”  recoger, en un reducido espacio, la fachada de la Catedral de Burgos, la tía Enriqueta, el perro y el susodicho.

Habitual también ese momento de confraternización que muchos grupos de amigos sufren al acercarse a las Meninas de Velázquez. Que total, si el cuadro en cuestión  hace ya más de tres siglos que fue pintado pues tampoco hay que darse prisa por observarlo. Es mucho mejor darle la espalda y aprovechar la ocasión para inmortalizar el momento con tus amigas. Así, a lo spice girls culturales.B9316665529Z_1_20150325181303_000_GIAAAH4SK_1-0

Clásico también ese en el que un tipo sólo ante la inmensidad de un Rothko se sienta en el banco de la sala y cuando crees que por fin hay alguien que se va a tomar su tiempo para disfrutar del arte saca su móvil y cual místico seguidor de las doctrinas de Fray Luis de León empieza a poner posturitas hasta conseguir inmortalizar el ángulo adecuado de su rostro (eso sí, sin olvidar el Rothko como persiana de fondo)

Muchos de vosotros estaréis pensando que exagero ya que una se puede sacar una foto y seguir  disfrutando después del arte. ¡Angelitos! Sé que algunos de vosotros lo hacéis pero en gran parte de los casos el selfie en cuestión es tan sólo el primer paso del sinsentido.

Tras la foto (que casi nunca sale a la primera lo que supone ya un tiempo considerable de pérdida) viene la parte más importante: contarlo. Empiezo por Facebook que es lo que más miran mis colegas del barrio y los amigos del pueblo. Sigo con Twitter que acompañará mi foto con un sensible comentario del tipo: “la belleza de Rubens me deja sin palabras”. La foto no me ha quedado demasiado artística y además se me nota la calva pero es que si no la subo a Instagram no soy nadie. Y cuando ya casi has acabado recuerdas que una parte de tu familia (a la que dicho sea de paso el arte le importa lo mismo que a Sergio Ramos la privatización de la escuela pública) no tiene ningún perfil social por lo que hay que enviar la rúbrica por Whatsapp.

museum-selfie-300x300Y pensaréis ahora que si uno es habilidoso esto lo puedes hacer en cinco o diez minutos. ¡Ilusos! Tras compartir la gran foto en cuestión llega la tercera parte del sinsentido: las opiniones y comentarios de la gente que hacen que tu móvil vibre como si tuviese cerca a la mismísima ‘Maja desnuda’. Y claro, ya se sabe que nuestros seguidores son lo primero por lo que si opinan hay que contestar. En ese momento, uno ya está perdido. Tan intensas pueden ser las conversaciones que ya nos da igual si estamos en el Louvre, en la Tate o en la cafetería del barrio. Hablar, hablar, hablar… lo de mirar la obra si eso otro día. Llegará un momento en el que cuando en la entrada se pregunte: <<Disculpe, ¿cuánto tiempo se tarda aproximadamente en ver la colección permanente? >> El auxiliar de sala responderá amablemente: <<Pues unos cinco minutos en ver las obras y unos noventa en gestionar su imagen>>.

La verdad es que las modas van y vienen pero tengo la sensación de que esta es de largo recorrido. Algo triste porque la solución tampoco es tan complicada. ¿Os explico cómo lo hago yo?

Una vez recogida mi entrada y el plano de sala correspondiente paso a dejar el abrigo en guardarropía (la comodidad es esencial). Después silencio mi móvil y lo guardo en el bolso. Comienzo la visita y disfruto de cada obra con tiempo y tranquilidad. Al finalizar la visita, si hay alguna obra que me ha gustado especialmente, me acerco de nuevo y la fotografío (a ella no a mí).

Por último, salgo de la sala y recupero mi abrigo. Una vez fuera del museo, busco un bar de esos donde dan buen vino (sin cebollitas), donde se puede escuchar buena música (con suerte Tom Petty) y en el que reine la misma calma y silencio que cuando me baño en el mar. Y entonces, sólo entonces, envío la foto a mis cuentas sociales. Las respuestas y conversaciones marcarán el número de vinos. Esa parte de la historia me la reservo.

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