YO TAMBIÉN TRABAJO EN TU MUSEO

 

La  semana pasada el Centro-Museo de Arte Contemporáneo, Artium, inauguraba una interesante muestra del artista navarro afincado en Valencia Fermín Jiménez Landa. La exposición, que podrá verse en el museo hasta el próximo 30 de mayo, lleva por título ‘Turno de noche’. En ella podemos encontrar una decena de obras que observan el mundo según palabras de su autor “desde un punto de vista equidistante entre lo absurdo y lo sensato, lo familiar y lo iconoclasta, lo empírico y lo inverificable». Y precisamente de inverificable podríamos definir la pieza que da nombre a la muestra.

'Turno de noche', instalación de Fermín Jiménez en Artium.
‘Turno de noche’, instalación de Fermín Jiménez en Artium.

´Turno de noche’ presenta una instalación compuesta por decenas de estrellas blancas que han sido pegadas al techo de la sala Norte y que se activan únicamente en la oscuridad. No creáis que, como ocurre en muchas ocasiones, la sala se mantiene a oscuras para que el espectador pueda observar la obra en todo momento sino que curiosamente tan sólo las personas que tengan acceso al centro en los momentos en que se apaguen las luces del mismo podrán descubrirla. Efectivamente, tan sólo el personal técnico, de limpieza y de seguridad la disfrutará.

La propuesta resulta muy sugerente ya que deja fuera de juego al visitante del museo pero permite que trabajadores, invisibles en la mayor parte de ocasiones a los ojos de todos, entren a jugar la partida de la experimentación artística. Cuántas veces, y cada vez más, hablamos de la sociabilización del museo. Se nos llena la boca explicando lo importante que es romper las barreras físicas del mismo y salir a la calle a desarrollar proyectos con distintos colectivos. Todo eso está muy bien. Es necesario. Y más aún, en estos momentos lo considero una obligación política y social porque el museo es de todos, incluso de los que no pueden acercarse hasta él. Sin embargo, en este proceso de democratización del arte y del uso y disfrute del museo como bien de todos siempre olvidamos al personal auxiliar del mismo. A ese que está a la sombra y que no vemos, porque no miramos, pero que  hace que todo funcione con normalidad.

El pasado domingo, aprovechando mi estancia en Madrid, decidí visitar las muestras temporales del Museo Nacional de Arte Reina Sofía. Al entrar en la primera sala pregunté, por pura educación, si podía sacar fotos de alguna pieza con el móvil. La auxiliar de sala me contesto de mala manera y sin apenas mirarme a la cara. Su actitud no sólo me molestó sino que hizo que empezase la visita con mala gana.

No obstante, pasado ya un tiempo y más calmada me puse a observar el rostro de esas mujeres y hombres que custodian las obras y no encontré en su mirada a gente prepotente, maleducada o desagradable sino a gente triste, hastiada y sencillamente desmoralizada. Sentados en una silla (sin ni siquiera un libro o revista en la mano porque entiendo que lo tienen prohibido) algunos observaban el horizonte, otros caminaban con la cabeza baja observándose los zapatos y algunos dormitaban. Supongo que estaréis pensando: “Bueno, es lo que tienen los trabajos monótonos y alienantes”. Estoy de acuerdo pero creo también que por encima del evidente factor del aburrimiento y la desmotivación existe otro hecho en el que nunca pensamos y es que el personal auxiliar del museo no se siente parte del mismo.

Desde este escenario me venía a la cabeza la obra de Fermín Jiménez que os describía al inicio de este texto. Una oportunidad de ofrecer a ese personal cuasi invisible una experiencia única que le haga sentirse especial y en parte también espectador. Que le haga sentir que tiene voz y mirada. No importa que la relación laboral que vincula a estos trabajadores con el museo tenga carácter funcionarial o sean trabajadores contratados desde un servicio externalizado, desde el momento en que cruzan las puertas del mismo son parte directa del museo.

Poca o ninguna capacidad tenemos los técnicos de las instituciones, los artistas o los comisarios de mejorar económica y laboralmente sus condiciones pero en nuestras manos está la posibilidad de mejorar su estado anímico y activar en ellos la motivación. Si todos los que trabajamos en el mundo del arte tenemos claro que este tiene la capacidad de transformarnos, de hacernos sentir mejor e incluso de ayudarnos a crecer desde las preguntas y reflexiones que genera en nosotros, ¿por qué negamos esa posibilidad a este tipo de trabajadoras y trabajadores?

Las opciones pueden ser muchas y diversas. Algunas más costosas y complejas y otras que sólo requieren de buena voluntad. La primera, la hemos visto hoy con la propuesta artística de Jiménez pero debemos ir más allá. Organizar visitas internas para explicar las muestras al personal de seguridad, limpieza, mantenimiento, etc. Organizar en momentos puntuales talleres familiares para relacionarnos socialmente y no sólo laboralmente. Regalar invitaciones para que puedan disfrutar del museo con su entorno cercano fuera del horario de trabajo. Facilitarles catálogos y material sobre las obras para que puedan leer sobre ellas y comprenderlas mejor. En fin, hacerles sentir que ese también es su museo.

Todas estas opciones deben ser libres y voluntarias pero estoy segura de que muchas y muchos de esos trabajadores se sentirán agradecidos por ello y les ayudará a que las horas no se hagan tan largas. Seguirán realizando un trabajo duro, monótono, pesado y aburrido con el que apenas llegan a fin de mes pero de vez en cuando sentirán que ese museo es también un poco suyo e inconscientemente sonreirán  más. La verdad, creo que se lo debemos al menos por no gritarnos a la cara y desde el enfado: “Perdona, pero yo también trabajo en TU museo.”

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