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El camarero

jueves, 28 de febrero de 2008

“SI tú no sabes por qué camino vas, no eres nadie en la vida. De derechas, de izquierdas, de nacionalistas, de extremos… Pero, por un debate de mierda, con gráficos que te enseñan al revés, no cambias el voto. Mira, para mí, es lo mismo que si eres de un equipo de fútbol y no te gusta cómo lo hace, si va mal; lo pones a parir, pero no te cambias de equipo”.

La reflexión, tal cual la oí, no venía de ningún contertulio radiofónico, sino de mi última fuente de inspiración, el camarero de un bar cerca de casa. Hablaba con un parroquiano y, tal era su vehemencia, que éste no podía sino asentir.

He aquí su tesis: todos tenemos, o debiéramos tener, las ideas muy claras y ni el mejor discurso televisivo, ni mucho menos una corbata de la buena suerte, deben modificar el ideario de nadie. A punto estuve de preguntarle qué sentido tenían entonces los debates electorales pero, tal y como estaba el mozo de locuaz, me dio a la nariz que le iba a costar muy poco poner a caldo a los llamados indecisos.

Puede que tuviera razón. En gran medida, por ellos hemos de escuchar un debate, además de soportar todo lo relativo a los entresijos previos y posteriores al mismo, y esas mismas personas que no tienen un criterio político definido y, seguramente, poco interés por lo político son quienes al final deciden quién nos gobierna. Cierto es también que trece millones de espectadores prestaron atención el pasado lunes al cara a cara entre Zapatero y Rajoy y tantos indecisos no hay, de eso estoy segura.

Como también lo estoy de que no muchos miles de navarros se interesan por otros debates que, si bien con menos bombo que el protagonizado por los presidenciables, tienen su aquel, aunque sea su aquel foral.

Por ejemplo, y es sólo un ejemplo, el cara a cara que una televisión local organizó el martes entre los candidatos al Congreso por UPN-PP y Nafarroa Bai, Santiago Cervera y Uxue Barkos, respectivamente.

¡Camarero! Escuchar un debate político no nos condiciona el voto a todos, pero ilustra una barbaridad.

POR ANA BELASKO

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