Cuestión de principios

Es martes y…

“El mundo está destinando cinco veces menos dinero a la cura del mal de Alzheimer que a los estímulos para la sexualidad masculina y a la silicona para la belleza femenina. Osea, que, de aquí a unos años, vamos a tener viejas de tetas enormes y viejos de penes duros, pero ninguno conseguirá recordar para que sirven”.

Detrás de estas palabras se esconde la triste agonía que padece el ser humano y su decadente escala de principios. Nos hemos entregado, como especie, a la irracionalidad más absoluta, esclavizando nuestra materia gris por expreso deseo.

Presos del marketing y la publicidad extenuante, nos hemos lanzado a imaginar el deseo de poseer en lugar de poseer el deseo de imaginar. Nuestra capacidad de análisis y reflexión ha decidido, voluntariamente, engrosar las listas del INEM, teniendo la absoluta certeza de que jamás saldrá de allí.

El bombardeo mediático de tarugos, torpes y viceversa en un mundo “vip” de princesas y “princesos”, ha terminado por estallar en nuestro propio raciocinio. Siervos de la propaganda y de la inmediatez edulcorante, ¡unámonos en común exterminio!

Compro la esencia de un sentimiento, el calor que da un abrazo a la intemperie. No quiero cortes ni pegamento, porque la auténtica belleza viene de serie.

El lento despertar

Es martes y…

“Mientras el pueblo parece que sufre amnesia y vuelve a votar a su verdugo. Por ello, hay que quitarle la anestesia, porque solo el pueblo salva al pueblo, os lo aseguro”.

Primera cita electoral del año y primer sofoco de perplejidad. Bien es cierto que el terreno no era el más propicio para que la vieja cantinela dejara de sonar. Aun así, la nueva melodía, todavía, no ha tintineado con la suficiente energía. A tiempo estamos de construir un amplificador mayor que, para futuros conciertos, nos despierte de este sesteo inducido.

En una tierra tan bruscamente golpeada por la maléfica gestión gubernamental vuelven a ganar los de siempre. El diagnóstico es evidente y la ecuación se antoja irresoluble. Sumidos en un síndrome de Estocolmo preocupante, el secuestrador ha vuelto a salir a la palestra mostrando el símbolo de la victoria. Por lo visto, paro, desigualdad y corrupción son la mejor arma electoral en un suelo demasiado acostumbrado a sufrir.

Ni son lo que eran, ni volverán a serlo. Rosa con espinas, puño con dinero. Bandidos en tierra fértil, precariedad por encargo. Porque el voto solo es útil cuando sirve para algo.

Busco un lugar

Es martes y…

“Yo, aquí, sigo en mi trinchera, corazón, tirando piedras contra la última frontera, la que separa el mar del cielo del color de tus maneras”.

Ando en busca y captura de una tierra donde las promesas se cumplan, donde las aduanas no reciban a balazos, y donde el océano no devore vidas en macabra rutina. Seguramente, esté pidiendo demasiado. Seguramente, esté muy lejos del lodazal donde el hombre lleva siglos embarrado.

Busco un lugar, lejos de tarjetas, de pitos y cornetas, y de tristes gaviotas que gobiernan contra todos. Busco un lugar, cerca de poetas, de rosas y violetas, y de cuentas secretas donde no se esconda oro. Busco un lugar, lejos del amago, de sobres y prepagos, y del silencio amargo del último día de guerra. Busco un lugar, pegado como un tango, de amigos y de tragos, y del mágico arrullar de una noche en luna llena.

Mientras conserve incorruptible el ánimo de caminar y la ingenuidad aplastante de ver ese quimérico hogar. Mientras tanto, gastaré la suela que empleo para volar, en la búsqueda definitiva, en busca de ese lugar.

El derecho de soñar

Es martes y…

– “¿Para qué sirve la utopía?
– La utopía está en el horizonte y sé muy bien que nunca la alcanzaré. Si yo camino diez pasos, ella se alejará diez pasos. Cuanto más la busque menos la encontraré, porque ella se va alejando a medida que yo me acerco.
– Entonces, ¿para qué sirve la utopía?
– Pues sirve para eso, para caminar”.

Todavía no nos lo han robado todo, hay algo de lo que seguimos siendo dueños. Todavía no han localizado el modo de gravar, con un impuesto, nuestros sueños. Todavía no se han apagado las luces que se iluminan cuando cierro los ojos. Todavía soy el sucio carcelero que mantiene preso a mis antojos.

Sueño con escapar del laberinto que no me deja ser libre. Sueño con amanecer después de haber soñado lo imposible. Sueño con mudar de piel y que mi cuerpo sea transparente. Sentirme del mismo color de la gente donde me encuentre. Sueño con un instante en silencio, escuchar el grito de una hormiga. Sueño con la dulce musicalidad que transmite una voz amiga.

Es el último hilo de la última cuerda que mantiene en pie el reto de no morir. Es el grato chivato que nos recuerda la fascinante casualidad de vivir.

Uno de los nuestros

Es martes y…

“No me voy, estoy llegando. Me iré con el último aliento y donde esté, estaré por ti. Estaré contigo porque es la forma superior de estar con la vida. Gracias, querido pueblo”.

El último discurso de José Mujica, como presidente del gobierno uruguayo, ha sido una nueva demostración de integridad y gratitud. Tan lejos de la norma que rodea la soberbia del alto mando, se marcha con la extraña sensación de que al mundo le impresiona la sencillez.

Voz de profundidad oceánica ha hecho de cada plática un poemario de vida, un alegato de sensatez. Liviano de equipaje echó a volar en busca de la felicidad elemental, apartada del rapaz consumismo que administra el planeta y abrazada al afecto más sincero. Cuando se gobierna desde el amor y a pie de calle se convierte en obligatoria la fraternidad y la empatía, se desnuda la emoción y se despejan las nubes que oscurecen cada día.

Entre el sombrío y amargo crepitar. Entre el debate converso a caja de truenos. Entre sus gritos es grato comprobar que, todavía, existen algunos hombres buenos.