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Consenso

jueves, 13 de julio de 2006 Dejar un comentario Ir a comentarios

Antes se hablaba mucho del consenso. Yo recuerdo que cuando era pequeño, el Rey siempre hablaba de eso del consenso en su mensaje navideño. Y parece que en torno a lo que se llamaba “políticas de Estado”, algo de eso había.

Hablar ahora del consenso no pasaría de comentario jocoso. La ruptura entre los dos grandes partidos es máxima, y a mi modo de ver, la equidistancia no da la resolución del problema, pues obtener un consenso simplemente basado en la equidistancia sólo lleva a que cada contendiente maximice sus pretensiones.

Cuando el PP está en la oposición, es la bronca permanente y la puesta en cuestión de todo. No es la primera vez. Ya ocurrió anteriormente, pero en aquella ocasión, las palabras clave eran corrupción-paro-despilfarro. Ahora como ese trío de palabras ya no se pueden usar, toca buscarse otros temas.

Y el PP parece haber encontrado sus ideas-fuerza en su nicho ideológico tradicional. Ahora es la ruptura de España y el diálogo con los separatistas. Varias décadas de democracia, y en cuanto el PP pierde el gobierno, se retorna a las viejas ideas franquistas. ¿Escucharemos de nuevo lo de la conspiración judeomasónica? Tiempo al tiempo; algunos “historiadores” de pacotilla ya lo dejan caer (Pío Moa, César Vidal, etc).

En este país, cada vez que se plantea una reforma más o menos decidida, las fuerzas de la reacción se excitan otra vez. El periodo de la II República planteaba reformas en la estructura territorial, en el ejército, en la enseñanza, en el sector agrario, en la laicidad del Estado. Y acabó como el rosario de la aurora.

En esta ocasión, las reformas en la estructura territorial, en la enseñanza, en la laicidad del Estado, en igualdad de derechos (léase matrimonios homosexuales), etc, han vuelto a encrespar otra vez a las fuerzas de la reacción.

Sin embargo, por lo que no debemos pasar los demócratas es por la utilización partidista que el PP hace de la búsqueda de la paz. Quien siembra vientos, recoge tempestades, dice el refrán. El problema es que con estos temas sensibles, puede que unos siembren vientos de manera irresponsable, y las tempestades las recojamos todos.

Sólo se le pide al PP que actúe de manera leal con el Gobierno, como el PSOE hacía cuando estaba en la oposición. Sin embargo, parece que la dolorosa derrota electoral de 2004, ha sumido al PP en un estado de excitación rencorosa constante. Todo vale, incluso poner en peligro la paz y la convivencia.

Por lo demás, es una apuesta arriesgada la del PP. Está jugando, simple y llanamente, a que el proceso de paz naufrague, a que vuelva la violencia, para decir aquello de “ya lo decía yo”. Un “Pepito Grillo” un tanto morboso, diría yo. Si es así, la democracia habrá perdido.

Si por el contrario, el proceso de paz se consolida y se llega a un fin definitivo de la violencia y a un acuerdo final de convivencia sobre Euskadi, el PP se habrá quedado totalmente con el culo al aire. Sólo tendrá sus posiciones maniqueas, su verborrea maximalista. El retorno al centro desde ese punto será un viaje muy largo por los océanos procelosos de la oposición.

La idea de que la izquierda no puede cambiar nada (porque no representa al Estado, por lo que dijo Rajoy recientemente) traiciona a menudo el subconciente preconstitucional de la derecha. Parece que ellos son los depositarios de la verdadera esencia de España, y por eso sólo ellos pueden plantear reformas, cuando les hace falta para tener el apoyo de los nacionalistas.

No denota madurez democrática ese extremismo del PP cuando quien gobierna mayoritariamente (y con el acuerdo de los ciudadanos, según la demoscopia) plantea unas cuantas reformas. En democracia, cuando se pierde, lo que hay que hacer es volver a convencer a los ciudadanos, no alertar sobre las hordas rojas.

Por lo demás, ánimo a quienes están en la tarea de reformar este país de manera que se alcancen mayores cotas de progreso y de convivencia. Zapatero se está arriesgando, y le está saliendo bien. Ya era hora de que un presidente se atreviera a dar este nuevo impulso, que posibilita entre otras cosas alcanzar la paz.

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