¿QUÉ QUEDA POR HACER?

Una se propone todos los años no caer en la absurdez de hacer balance del año agotado ni ceder a la tentación de generar promesas sobre el tiempo a estrenar pero resulta complicado no hacerlo. Estos días, pensando en el cambalache político que vive nuestro país y en las dolencias varias que sufre su cultura me venía a la mente un texto que tiene ya, ni más ni menos, casi 100 años.

"Fuck you 2015" Retrato. Fotografía de Asun Requena.
“Fuck you 2015” Retrato. Fotografía de Asun Requena.

El 5 de enero de 1921, Antonio Gramsci escribía en Ordine Nuovo una declaración de principios que daba forma a los ideales del movimiento futurista pero que resulta, a día de hoy, tan actual como reveladora: “¿Qué queda por hacer? Solo destruir la forma actual de la civilización. En este campo, ‘destruir’ no tiene el mismo sentido que en economía: destruir no significa privar a la humanidad de productos materiales necesarios para su subsistencia y desarrollo; significa destruir jerarquías espirituales, prejuicios, ídolos, tradiciones insensibilizadas, significa no tener miedo de las novedades y de las audacias, no tener miedo de los monstruos, no creer que el mundo va a derrumbarse si un obrero comete faltas de gramática, si un poema es defectuoso, si un cuadro se parece a un cartel, si la juventud hace un palmo de narices a la senilidad académica y pesada. Los futuristas han representado este papel en el ámbito de la cultura burguesa: han destruido, destruido y destruido sin preocuparse por saber si sus nuevas creaciones, producidas por su actividad, constituían en conjunto una obra superior a la destruida: han tenido confianza en sí mismos, en el ardor de sus energías…”

En este afán aniquilador los futuristas abogaban también por la destrucción de las estructuras culturales más tradicionales como el museo. Es evidente que el museo como repositorio de arte no se ha destruido, como tampoco se ha acabado con las galerías o con los centros culturales. Es también esperanzador ver cómo todos esos escenarios empiezan a abrir sus puertas a proyectos de carácter más transversal, a propuestas de corte intergeneracional y a creaciones más abiertas en ideologías, formatos y lenguajes. Sin embargo, existe algo que no solo no se ha destruido sino que alimenta las bases de todo el engranaje cultural de nuestro país: el miedo a esas novedades y audacias de las que hablaba Gramsci.

La obra de arte, tal como defendía vehementemente Jorge Oteiza, es resultado de un proceso de “desalienación”. Los resultados electorales de este último mes nos han demostrado que romper el orden de la línea recta, de lo establecido, de lo jerárquico y de lo “tradicional” es una labor de titanes pero no una labor imposible. La cultura, y por extensión el arte, camina desde códigos muy cercanos a lo político porque el arte es una forma de hacer política. Por ello, en lo cultural y, cómo no, en sus instituciones  se aprecian formas de hacer que poco tienen que ver con la superación del miedo y mucho con el confort personal de directores, comisarios, galeristas o artistas.

Esa ‘zona de confort’ empuja de forma inconsciente, cuando no lo hace desde la inmoral consciencia, a programar contenidos más cercanos a lo popular que a lo crítico, a construir actividades de fácil encaje social, a proyectar la carrera de artistas amables y adecuados para el escaparate de lo museable y, en definitiva, a seguir la línea recta compuesta por piezas que poco o nada tienen que ver con la construcción de la identidad crítica de un país y mucho con la sobrealimentación del enchufismo, el amiguismo y la idolatría por los ‘grandes’ del arte.

A punto de finalizar el año puede que la pregunta pertinente no sea ¿Qué queda por hacer? sino ¿Qué podemos hacer? Y podemos, desde los distintos escenarios que cada una y cada uno tenga la suerte de pisar, intentar vencer ese miedo. Los profesionales debemos empezar por cuestionar nuestro trabajo y nuestra “forma de hacer” para conseguir recuperar esa audacia que la maldita crisis y, a través de ella, ese terror a no formar parte de esto que llamamos mundo del arte nos han hecho perder. Es fundamental salir de la zona de confort y arriesgarse a trabajar en proyectos que rompan la línea recta. Puede que los resultados de esos proyectos, más humildes, más periféricos y más difíciles de defender, no nos aporten éxitos rápidos y ruidosos pero serán la base de un futuro cultural más sólido.

Sobra decir que como espectadores también tenemos una responsabilidad y es la de comprender que el consumo de cultura no puede ser siempre un camino sencillo y amable, ni un mero divertimento para cubrir nuestras horas de ocio. Consumir cultura es ayudar a que la cultura crezca y para ello, tenemos que visitar los pequeños museos, mostrar interés por esas galerías que defienden cada día a los artistas más jóvenes, acudir a conferencias , visitas o talleres que no saldrán nunca en las listas de ”los más” a fin de año pero que tienen detrás equipos de profesionales que pelean diariamente con verdadera pasión para ofrecernos lo mejor de ellos y que están, en definitiva, componiendo piedra a piedra la base cultural de nuestra sociedad.

Supongo que leyendo estas líneas muchos pensaréis que este activismo cultural que defiendo con voz alta suena tan populista como poco efectivo pero yo creo firmemente en que podemos hacer más de lo que creemos y si tan sólo una o uno de vosotros decide acompañarme en esta lucha por destruir lo caduco para construir lo futuro a través de pequeños pasos y sencillos gestos ya me siento satisfecha.

NOS VEMOS A LA VUELTA DE LA ESQUINA. FELIZ 2016. URTE BERRI ON.

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¿UN DÍA SIN MÚSICA?

La música ¿qué comunica?

Lo que está claro para mí, ¿está claro para ustedes?

¿Consiste la música solamente en sonidos?

Entonces, ¿qué comunica?

¿Es música un camión que pasa?

Si lo puedo ver, ¿tengo que oírlo también?

Si no lo oigo, ¿aún comunica?

Si mientras lo veo no lo oigo, pero oigo otra cosa, por ejemplo un batidor de huevos, pues estoy en el interior mirando hacia fuera, ¿cuál de ellos comunica, el camión o el batidor de huevos?

¿Son los sonidos simplemente sonidos o son Beethoven?

Las personas no son sonidos, ¿verdad?

¿Existe de verdad el silencio?

¿Hay siempre algo que oír, no hay nunca paz y silencio?

Si mi cabeza está llena de armonía, melodía y ritmo, ¿qué me pasa cuando suena el teléfono, qué le pasa a mi paz y silencio, quiero decir?

  Silence, 1961. John Cage

 

El pasado 20 de mayo músicos y asociaciones del sector musical entregaban algo más de 250.000 firmas al Congreso por la derogación de la subida impositiva al 21% para espectáculos musicales. La reivindicación saltaba a las redes sociales desde el hashtag #undiasinmusica y  la gente se posicionaba de muy diversas formas. Entre toda esa gente que ha apoyado la iniciativa también esta quien afirma de forma rotunda y categórica que todo esto no va a servir de nada porque los políticos hacen y deshacen a su antojo o, mejor dicho, al antojo de la industria musical.

Más allá de la reivindicación (la cual considero absolutamente justa y necesaria) la propuesta me generó cierta ansiedad. ¿Un día entero sin música?- pensé.  Teniendo en cuenta que yo escucho música desde que me levanto, siempre camino por la calle con los cascos puestos, la radio del coche se enciende automáticamente al primer gesto de la llave y cuando me ducho hasta canto (está bien, igual esto no lo debería considerar música), el hecho de pasar un día entero sin escuchar alguna melodía me resulta complicado. Sin embargo, las ausencias llevan irremediablemente a sentir de una forma diferente las presencias  y ello me recordó que la música convive con el ruido al que no sólo olvidamos sino que infravaloramos. Y es precisamente el ruido como generador de lenguajes y experiencias uno de los temas más interesantes y complejos a los que se ha enfrentado el arte contemporáneo.

Tomasso Marinetti y Luigi Russolo ante sus instrumentos para "El arte de los ruidos", 1914.
Tomasso Marinetti y Luigi Russolo ante sus instrumentos para “El arte de los ruidos”, 1914.

En julio de 1912 los Futuristas publican sus primeros manifiestos para la música advirtiendo que esta debe convivir con el resto de lenguajes artísticos en un escenario común. El hecho de que sean artistas plásticos y no músicos los que hablen del tema amplía el horizonte de la mirada. El arte comienza a alejarse de los gestos burgueses obsesionados por la belleza y abraza la irreverencia y la provocación. Más tarde, Russolo comienza a experimentar con la música creada por una batería de ruidosas máquinas lo que da como resultado el manifiesto “El arte de los ruidos”, publicado en marzo de 1913. En dicho manifiesto el italiano marca un nuevo camino de experimentación que sigue tan vivo como entonces. Russolo aspiraba a combinar el ruido de los tranvías, las explosiones de los motores, los trenes y las voces de las multitudes en una suerte de composición moderna. Construye para ello una serie de instrumentos que emiten ruidos a modo de familia desde los cuales nos invita a disfrutar del ruido de un motor o del sonido de un toldo en la ciudad. En ningún momento pretende con ello negar la música, simplemente propone romper el círculo de sonidos puros y conquistar la infinita variedad de los sonidos-ruido. Una forma, admitamos que algo extravagante, de hacer consciente al mundo de la riqueza sonora de su entorno.

Un ruido secreto, 1916. Marcel Duchamp
Un ruido secreto, 1916. Marcel Duchamp

En 1916 Marcel Duchamp afirma categóricamente que “el sonido ocupa un espacio” y construye a modo de adivinanza su famoso ready-made “Un ruido secreto” en el que un ovillo de cuerda sujeto a dos placas cuadradas de latón esconde un objeto sin identificar que genera un extraño sonido que activa la imaginación del espectador.<<Podría ser una moneda- decía Duchamp. Pero también un diamante>> Años más tarde John Cage se pregunta: <<¿Y el silencio? El silencio – se responde- no existe.  Sonido y silencio son lo mismo>> Cage será uno de los primeros compositores en dar importancia al silencio en la música. Este hecho también influye en la obra de arte y en nuestra propia experiencia respecto a la música. El artista norteamericano se da cuenta de que lo que se concibe como silencio en realidad no lo es, ya que durante los silencios musicales de un concierto continúan los eventos sonoros, continúa “el ruido”.

4'33, 1952, John Cage
4’33, 1952, John Cage

De esta reflexión surge su famosa pieza 4’33 en la que lleva al extremo sus teorías musicales. La pieza está pensada para ser tocada ante un piano silente, es decir, el interprete se mantiene en silencio delante del instrumento durante esos algo más de cuatro minutos. <<Si en el pasado- decía Cage-  el punto de discusión en la música se centraba en la disonancia y la consonancia, en el inmediato futuro será entre el ruido y los sonidos llamados musicales>>

En otros casos el músico alemán invita a participar directamente en la creación de ruidos. “Living Room Music” se concibe como una habitación llena de objetos cotidianos (muebles, libros, periódicos, plantes, etc.) que se transforman en instrumentos musicales a manos del espectador. De esta forma, se activan ruidos que en nuestro día a día no concebimos como importantes pero que constituyen nuestro memoria sonora de la misma manera que lo hacen las canciones de nuestros músicos favoritos. ¿Pero somos realmente capaces de disfrutar de esos ruidos?

Performance en la que se recrea "Living Room Music" de John Cage
Performance en la que se recrea “Living Room Music” de John Cage

 

Traslado mi memoria a uno de esos conciertos que hacen que todo merezca un poco más la pena y me veo escuchando a Quique González en su última gira. Uno de esos músicos que no arrastra público casual llenando las plazas de toros de pancartas, camisetas con mensajes absurdos y gritos enfervorecidos y desacompasados sino que siempre es acompañado por gente que le respeta y valora por encima de todo. Esa gente a la que le cuesta mucho vivir  un día sin música. Pues incluso en un concierto así te das cuenta de que la gente está habituada a escuchar música pero no comprende la importancia de los ruidos. El ruido de las botas cuando arrastra los pies hacia el centro del escenario. Ese ruido de la silla al ser apartada del piano. El ruido del micrófono cuando silba de dolor al darle un golpe imprevisto. Ese ruido en forma de quejido cuando el cansancio de su voz va anunciándote el final del concierto. Ruidos que son sonidos desde los silencios sin música. Ruidos que son nuestros y que deberíamos esforzarnos por vivir. Ruidos que en este caso también forman parte de la experiencia de un concierto único.

Quique González al piano.
Quique González al piano.

Qué  bonito es que te digan que el sonido de tu risa es contagioso. Qué maravilloso es que te susurren al oído lo bien que jadeas cuando haces el amor. Qué sensación más grandiosa cuando escuchas romper una ola sobre tus pies. Sonidos-ruidos-silencios-música. ¿Un día sin música? Es complicado. Es imposible.

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¿ALGO QUE CELEBRAR?

En este mundo en el que nos gusta clasificar todo hasta límites surrealistas el concepto de “el día de” se ha transformado en un clásico que ningún sector quiere perderse. En 1977 el Consejo Internacional de Museos (ICOM) acordó fijar el 18 de mayo como el Día internacional del Museo y a partir de entonces también la museografía tiene su pequeño momento de gloria. Cada año se asigna un tema que sirve como elemento vertebrador de las diversas actividades programadas a lo largo de dicha festividad. Este año el lema propuesto reza: “Museos para una sociedad sostenible”. Según el ICOM, se reconoce así el papel de los museos para concienciar al público sobre la necesidad de una sociedad menos derrochadora, más solidaria y que aproveche los recursos de manera más respetuosa con los sistemas biológicos.

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Concienciar a la gente sobre el exceso de gasto y la correcta utilización de los recursos naturales que nos rodean suena francamente bien pero también algo alejado de los problemas actuales que la mayoría de las personas, vayan o no a un museo, tiene en estos momentos. Siente una que los responsables del ICOM viven en una urbanización de un barrio bien a las afueras de Marte y que han decido bajar a la Tierra para visitar algún museo y, de paso, hablar de sostenibilidad que suena entre hipster y cool.

Por otra parte, es irremediable que los que trabajamos en un museo oigamos ‘sostenibilidad’ y pensemos rápidamente en un concepto algo diferente. La RAE define el término como “un proceso que puede mantenerse por sí mismo, como lo hace, p. ej., un desarrollo económico sin ayuda exterior ni merma de los recursos existentes”. Y leído esto se te acaban automáticamente las ganas de fiesta. Los museos en la actualidad, sean estos de titularidad pública o privada, en muy contadas ocasiones pueden subsistir sin una importante ayuda exterior, y los recursos existentes, vengan estos de la financiación pública o de los ingresos generados de forma directa por la actividad, no es que hayan mermado sino que resultan casi anecdóticos. La mayoría de los museos (sobre todo esos que nunca aparecen en las listas de museos incluidas las listas de museos que celebran “su día”) no sólo no consiguen ser sostenibles sino que navegan sin rumbo hacia una deriva tan aterradora que no da el cuerpo como para organizar fastos y celebraciones.

Pero no quiero que penséis que me he puesto el traje de pitufa gruñona y voy a pasar la semana renegando del día del los museos. Me parece bien que estos utilicen todos los recursos que están a su alcance para visibilizar su labor. Me encanta que la gente decida dedicar parte de su fin de semana a disfrutar de sus colecciones y actividades. Me enorgullece ver cómo, cual orquesta del Titanic, seguimos teniendo capacidad de generar ilusión y magia desde la historia, la ciencia o el arte aunque el barco se esté hundiendo. Levantarse del sofá y arreglarse para salir de fiesta es un ejercicio más que saludable.

Sin embargo, me gustaría que la fiesta de los museos se transformase también en una oportunidad para acercar los problemas de dichas instituciones a la gente que no siente como suyos esos espacios, que sigue sin valorarlos y que no comprende que tras la belleza y riqueza de los objetos expuestos hay mucha precariedad laboral, extensos expedientes de regulación de empleo, demasiada subcontratación, profesionales infravalorados, artistas ninguneados y, sobre todo, un tejido cultural que construido con mucho esfuerzo durante años se nos está escapando entre nuestros dedos como un puñado de arena de playa.

Y no sirve de nada caer en ese victimismo fácil en el que toda la culpa la tienen siempre los políticos de turno, los directores con ínfulas de estrellas de cine o los artistas que realizan un arte incomprensible. Si la sociedad actual se ha divorciado de los museos, si sólo los visita como actividad puntual y turística y, sobre todo, si no los sienten como suyos, es también culpa de los que estamos dentro de dichas instituciones.

Practicamos mucho la queja pero esta siempre se comparte con la boca pequeña, en pequeños corrillos y dentro de nuestro propio entorno. En muy contadas ocasiones encontramos a profesionales que se esfuercen por explicar a la gente que los museos se hunden en nuestro país y eso nos afecta a todos. Porque los museos dan cobijo a historiadores, conservadores o artistas pero también alimentan a familias de carpinteros, transportistas, maquetadores, limpiadores, informáticos, electricistas, y un sinfín de profesionales que trabajan en ese complejo escenario de lo cultural. Porque los museos entretienen a turistas locales y extranjeros con visitas, conferencias y conciertos pero también llegan a las escuelas ayudando a los profesores a enriquecer sus materias, a los centros de educación especial con programas adaptados a sus necesidades, o a hospitales y centros de día mejorando la calidad de vida de sus pacientes a través de la educación artística.

Si la mayoría de la sociedad no comprende que los museos pueden mejorar y ‘enriquecer’ el entorno social en el viven habrá que explicarlo de forma más clara y directa para que con su ayuda y apoyo nos sintamos más fuertes ante la aniquilación cultural que está sufriendo este país por culpa de un caciquismo político ignorante y vergonzante. ¿Algo que celebrar mañana? Claro que sí. Vayamos al museo y disfrutemos de él pero además de ponernos guapos y ‘bailar’ aprovechemos la ocasión para hablar y explicar que los museos no sólo pueden ser sostenibles sino que son capaces de crear una línea invisible pero importantísima que sostiene valores fundamentales para nuestra sociedad: la capacidad de crítica, la creatividad, la empatía, la generosidad o la pluralidad. ¡Feliz día(s) de los museos! Ni más ni menos que 365 días al año de fiesta.

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INMORAL QUE NO ILEGAL

El pasado 17 de abril algunos se levantaban, y otros se acostaban, con la sorprendente noticia de la detención de Rodrigo Rato. Un ilustre señor que ha paseado sus caras corbatas por los despachos del Gobierno en funciones, Bankia o el FMI. Y no crean que era de los que se quedaban en la planta baja. Era de los que tenían el despacho en la planta “noble”. Sí, de esos que si el día le venía apurado podía olvidarse de coger el metro y llegar a trabajar en helicóptero. Que para eso se construyen los helipuertos en las azoteas de los tejados importantes, ¿no? Los tejados humildes ya se sabe que sustituyen el ‘aeródromo’ por una práctica zona común que permita colgar las sábanas y lencería familiar. Cuestión de prioridades.

Imagino que hay almas cándidas a las que la detención les ha sorprendido y otras, entre las que me incluyo, a las que tan sólo nos ha parecido un ejercicio de justicia acompañado, eso sí, de una puesta en escena un poco a lo Monty Python y con cierto tufillo electoralista. Sin embargo, lo más sorprendente, por difícilmente defendible, es esa teoría por la que los integrantes de su partido (y me da igual que el señor Rato tenga o no carnet, lo lleve o no al lado de la tarjeta del Corte Inglés o lo use como mondadientes. Ha formado y forma parte de ese partido guste o no) justifican sus acciones como hechos que han ocurrido en su esfera privada que no política. Vamos que el señor Rato era un ejemplar ministro por el día y un chorizo digno de Mortadelo y Filemón cuando el sol empezaba a esconderse por las calles de Madrid. O lo que es peor, que el señor Rato ha podido comportarse de forma inmoral pero no tiene por qué haber sido ilegal.

Los cambistas, c.1.548. Marinusvan Reymerswaele. Museo BBAA Bilbao.
Los cambistas,  c.1.548. Marinusvan Reymerswaele. Museo BBAA Bilbao.

Y estos días pensaba que en este mundillo del arte las cosas se definen también desde una moneda de dos caras. A casi nadie le importa ser inmoral, lo importante es no cruzar la delgada línea de lo ilegal. Los ejemplos son tantos como días tiene el año. Pongamos que hablo de _____ (cada uno puede insertar en este espacio la ciudad en la que reside actualmente. La cosa no cambia mucho).

Un maraviloso edificio en el centro de la ciudad que podría ser reformado para usos sociales potenciando así la actividad del barrio necesitado de una inyección de positivismo pero que por la magia de la burocracia acaba transformándose en un museo privado. No es ilegal pero resulta inmoral.

Una convocatoria para seleccionar los puestos directivos y técnicos del mismo tras la cual la mayoría de los seleccionados conocen a alguno de los promotores del proyecto. No es ilegal pero suena inmoral.

Contratación de los puestos auxilares para cuidar las salas o informar al visitante para lo que se seleccionará a gente enormemente preparada a la que se le pagarán irrisorias cantidades por hora además de hacerles firmar un contrato por el que se podrá prescindir de ellos cuando la dirección lo desee ya que están realmente subcontratados. No es ilegal pero clama al cielo que es inmoral.

Sacar pecho en el acto inaugural explicando que el ámbito educativo y social del museo es una prioridad para el nuevo centro que desea  formar parte directa de su comunidad para construir después un departamento educativo en el que la acción pedagógica quedará en manos de voluntarios que no sólo no están preparados para tal actividad sino que evidentemente no verán nunca un euro. Si infravalorar la posibilidad de educar a sus futuros visitantes no es inmoral ya no sé que puede serlo. Eso sí, tratar a los visitantes de estúpidos integrales no tiene nada de ilegal.

Diseñar un programa expositivo anual en el que hay más artistas y comisarios amigos del director o directora que en la cena de Nochevieja de mi casa. Ilegal no es porque ayudar a tus amigos no tiene por qué serlo pero para todos aquellos que no consiguen comisariar ni exponer ni por casualidad aún siendo buenos profesionales suena lago inmoral.

Cenas que cuestan más que el sueldo anual de un vigilante de sala, ediciones de lujo en papel que sólo sirven para hacer regalos navideños a algún que otro, becarios cubriendo puestos de trabajo reales, horas extras que parecen hacerse por amor al arte, webs y cuentas sociales maquilladas y cargadas de mentiras, y tantas y tantas inmoralidades que no son ilegales…

No pondría la mano en el fuego por otros países pero no me cabe ninguna duda de que éste es un país de inmorales que caminan por la vida con el orgullo de haberse saltada la ilegalidad. El problema es que la inmoralidad engendra ilegalidad y en cualquier momento la moneda puede darse la vuelta. El único consejo que puedo darles a todos ellos es que tengan al día la revisión del helicóptero porque nunca se sabe cuando hay que salir corriendo.

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VERDADERO O FALSO. EL ARTE DE ENGAÑAR

 

“Can you tell the difference between an Old Master painting and a contemporary replica?” Con esta contundente pregunta comienza la exposición ‘Made in China’ inaugurada el pasado 10 de febrero en el museo londinense Dulwich Picture Gallery.  El artista estadounidense Doug Fishbone plantea un interesante juego desde una reproducción que se expone junto a óleos originales de Rembrandt, Rubens, Tiepolo, Poussin, Murillo y otros clásicos que alberga la pinacoteca. La pieza, encargada a una empresa que comercializa réplicas que producen estudios chinos, de obras de cualquier época y estilo, no está señalada por lo que el espectador debe agudizar sus sentidos y poner a prueba su capacidad de análisis para descubrir a “la intrusa”.

Esta iniciativa tiene como referente cercano varios escándalos por falsificación de cuadros. En 2013, por ejemplo, se descubrió un fraude que ascendía a 80 millones de dólares por la venta de cuadros que habían permanecido “perdidos”, atribuidos a Franz Kline, Jackson Pollock, Lee Krasner, Willem de Kooning y otros artistas. En realidad, habían sido pintados por un artista chino de 73 años, residente en Queens, Nueva York. El engaño tardó en ser descubierto y para entonces habían estafado a galerías, expertos y coleccionistas.

Fishbone busca así propiciar una reflexión colectiva sobre el valor y la autoría de una obra artística a partir de la aparente confusión entre el original y la copia.La primera fase del experimento terminará en abril, cuando se revelará cuál de las obras es la copia. A partir de entonces, y durante tres meses, se exhibirán juntas original y copia.

Además de abordar el fenómeno de la reproducción, Fishbone espera enriquecer el debate sobre la autentificación de obras: lienzos atribuidos a autores consagrados que con el paso del tiempo fueron adjudicados a discípulos, así como el papel de estos en el taller del maestro, algo que es cada vez más reconocible gracias a las nuevas técnicas de identificación.

La realidad es que por muy aficionado que uno sea al arte es  complicado certificar la autenticidad de una obra en una exposición. El visitante adquiere su entrada en la recepción del museo y al cruzar la puerta del mismo da por hecho que todo lo que se expone en su interior es auténtico. Al fin y al cabo está en una institución oficial. Leemos la información de las paredes, los títulos de las cartelas y nuestra vista recorre, con demasiada rapidez, las obras expuestas que recogemos en nuestros móviles con el único y claro objetivo de mostrar a los demás que las hemos visto.

Lover Boys, 1991. Félix González-Torres.
Lover Boys, 1991. Félix González-Torres.

La autenticidad se hace aún más complicada en el arte contemporáneo. Cuando nos encontramos con instalaciones como, por ejemplo, Lover Boys (1991) en la que Félix González-Torres muestra una obra compuesta por más de 160kg de caramelos y nos invita a cogerlos no debería importarnos el origen de los mismos, ni siquiera si es el propio autor quien los ha comprado, sin embargo, casi todo el mundo se pregunta: ¿Y cuando se acaben se sustituirán por otros caramelos similares o distintos? ¿Es González-Torres quien elige los caramelos o es el museo? Por mi propia experiencia sé que si al visitante se le explica que es el propio artista quien selecciona y coloca los caramelos la obra adquiere mayor importancia que si se le dice que es un técnico del museo quien se encarga de ello. Este hecho demuestra claramente que la tan valorada “autenticidad” no otorga en muchos casos mayor valor artístico o estético a la obra de arte sino mayor pedigrí y todos sabemos que el pedigrí en el mundo del arte pesa mucho.

Lessing recuerda que la falsificación de un objeto arrastra consigo un concepto negativo. No se refiere a una característica específica que tiene una obra, sino a las características que no tiene dicha obra. En resumen, implica la ausencia del famoso pedigrí. Si la sustitución de un material original de la obra por otro posterior no anula bajo ningún sentido la vivencia que la obra nos aporta, ¿por qué le damos tanta importancia al concepto de autenticidad?, ¿por qué nos sentimos estafados si nos enteramos de que la obra ha sido manipulada o transformada por unas manos que no son las del artista?, ¿por qué no somos capaces de valorar la experiencia por encima del objeto?

En mi opinión, seguimos anclados a esa concepción burguesa del arte como experiencia elitista, glamurosa y con una clara valoración económica. Como espectadores queremos sentirnos únicos, especiales y, en definitiva, diferentes. Cuando se organiza una exposición antológica de un maestro del arte, pongamos por caso Dalí, la mayoría de la gente no hace horas de cola por la verdadera necesidad de experimentar a través de la visión de las obras de dicho pintor sino porque saben que es una ocasión única para decir aquello de: “Yo estuve allí”. Se produce una satisfacción morbosa y casi pornográfica al leer en la prensa que la exposición ha sido visitada por 200.000 personas y pensar que tú has sido una de esas afortunadas.

Algo similar me ha ocurrido siempre con los conciertos de música. Recordaré con emoción aquellos momentos en los que pude disfrutar de los Rolling, Dylan o Van Morrison pero no os voy a negar que los mejores momentos los he vivido descubriendo canciones en pequeños bares (muchas de ellas versiones) porque es en esos lugares en los que he podido sentir la experiencia de la música sin pisotones, gritos, y mil cabezas a mi alrededor. Es cierto que en el primer caso siempre podré contar eso de: “Yo estuve en el último concierto de Lou Reed” Un concierto con pedigrí. Pero me debería preguntar: ¿Fue realmente tan buena la experiencia?

Esta semana aficionados, profesionales y curiosos se pasearán por las distintas ferias que Madrid ofrece en su famosa “semana del arte” ¿Os imagináis que después de tanto trajín el próximo lunes, café en mano, amaneciésemos con la siguiente noticia?:

“La dirección de ARCO acaba de confirmar que todas las obras expuestas este año en la feria eran reproducciones”

¿Os sentiríais engañados o tendríais la capacidad de sobreponeros a tal descubrimiento y valorar por encima de todo el disfrute que habéis sentido ante esas “obras falsas”? ¡Qué difícil!

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LA CREATIVIDAD ESTÁ SOBREVALORADA

¿Me contradigo?, sí, me contradigo. Soy muchos, contengo multitudes“.

(Walt Whitman)

A punto de abandonar este ya viejo año 2014 en el que la cultura ha pasado de estar en un coma de primer estadio a sufrir un coma profundo, una vuelve a descubrir con una mezcla de estupor y mala leche que los periódicos, suplementos y blogs varios vuelven a llenar sus páginas con la que yo ya he denominado “la enfermedad cultureta de fin de año”. ¿Y en qué consiste dicha patología? En algo tan aburrido, cansino y pedante como las famosas listas de lo más entre lo más. Lista de los mejores discos, las mejores canciones, los mejores intérpretes, las mejores exposiciones, los mejores artistas, los mejores museos, los mejores comisarios, en definitiva, los mejores entre los mejores.

street-art-creativo-060_thumbNo me entiendan mal. No digo que los que estén en esas listas no lo merezcan sino que los que lo merecen nunca suelen estar en ellas. Somos un país de cantidad que no de calidad y por ello poner número a la cultura es algo que nos apasiona. Sin embargo, en este último año en el que el famoso dicho de “trabajar por amor al arte” se ha hecho tan literal que duele sólo de oírlo es necesario valorar fuera de esas listas de “los cuarenta principales de la cultura” a esos músicos que se siguen partiendo los cuernos por sonar bien en locales de segunda, a esos comisarios que trabajan día y noche en exposiciones en las que su sueño principal es ganar lo justo para comer, a esos directores de pequeños museos que hacen encaje de bolillos para pagar las facturas de la luz sin dejar de pagar a sus técnicos, a esos educadores que no pierden la sonrisa en los talleres y visitas pese al agotamiento de caminar siempre en la precariedad laboral, a esos artistas que dedican una hora al trabajo de estudio y ocho a navegar por internet en busca de becas que les ayuden a sobrevivir, a esos que alimentan las redes sociales de buenos artículos y comentarios por los que casi nunca cobran, y tantos y tantas, y tantas y tantos.

En este campo de batalla en el que se ha convertido el mundo de la cultura podríamos llegar a pensar que sólo el buen oficio y la perseverancia lograrán que la calidad siga existiendo por encima de la cantidad. Sin embargo, existe otro aspecto que es para mí más importante que los anteriores. Un aspecto en ocasiones malentendido y en muchas infravalorado: la creatividad. En francés, para indicar que alguien es un soñador, que construye castillos en el aire, se dice faire des chateaux en Espagne. La creatividad ha estado siempre relacionada con los soñadores y estos con la locura. Este país ha demostrado con creces ser un país de mangantes y farsantes pero, afortunadamente, también sigue siendo un país de soñadores. Y en estos momentos la salvación de la cultura pasa por una mezcla de cordura y locura. Sólo las mentes abiertas, flexibles, pasionales y, en definitiva, creativas serán capaces de sobrevivir a este aniquilamiento cultural.

No cabe duda de que la creatividad puede suponer para muchos un signo de extravagancia. Y todos sabemos que la extravagancia no está bien vista en esta sociedad globalizada en la que (con)vivimos. Pero la acción creativa es la única capaz de transformar, tal como decía Whitman, lo único en múltiple y es ese el escenario que nos ayudará a avanzar. La acción que produce transformación es la única que tiene verdadera validez y es la que necesitamos con verdadera urgencia.

En los últimos tiempos, el mundo de la empresa ha puesto de moda un término que me enerva tanto como gran parte de esos empresarios: “reinventarse”. ¿Y qué significa reinventarse? Reinventarse para la mayoría de los que mueven los hilos no significa otra cosa que adaptarse a sus necesidades. Me viene a la memoria la famosa frase que Don Fabrizio, Príncipe de Salina, pronuncia en Gattopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Ante unos horarios de trabajo interminables, unas condiciones económicas insufribles, una negación inmoral de recursos públicos y un desinterés insultante hacia el mundo de la educación, se nos “invita”, en una suerte de fiesta nacional, a reinventarnos. Reinventarse para no cambiar nada. Reinventarse para que sigan ganando los mismos.

La desmoralizante situación cultural del país no pasa por reinventar nada sino por construir, y la construcción sólo es posible desde la creatividad. Grandes dosis de creatividad serán necesarias para establecer nuevos modelos de museos que incorporen en sus salas las voces de un público más diverso. Una enorme creatividad será necesaria para establecer circuitos y recursos variados desde donde los artistas puedan dejar de ser gestores culturales para volver a ser creadores. Creatividad en mayúscula será necesaria para que los gestores puedan diseñar programaciones en las que pagar justamente a músicos y actores, dotándoles además de escenarios dignos. Y mucha creatividad, insisto mucha, será necesaria para desarrollar otros modelos educativos que ayuden a niñas y niños a formarse emocionalmente como futuros ciudadanos con ideas y criterios propios.

Muchos siguen afirmando con rotundidad que la creatividad está sobrevalorada pero créanme si les digo que esta afirmación sólo encierra una verdad: la sociedad que no es creativa no desarrolla actitud crítica y será, por tanto, una sociedad alienada, vacía y manipulable. Cada cual que decida su forma de actuar en éste nuevo año que comienza. Yo tengo claro que seguiré practicando la creatividad en todas las pequeñas cosas de mi vida sin ninguna necesidad de reinventarme porque como bien decía Edith Wharton: “La creatividad no consiste en una nueva manera, sino en una nueva visión”.

¡Feliz 2015! Urte berri on!

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EL CUADRO. UN CUENTO DE NAVIDAD

Érase una vez que se era un humilde y sencillo pintor que vivía y trabajaba en la corte del Rey Bordón. La vida de Antoine, que así se llamaba el maestro, transcurría tranquila entre paseos, membrillos y verduras varias, con las que pintaba espléndidos bodegones. Teniendo en cuenta que su majestad era muy dado a viajecitos, festejos y cacerías el pobre pintor apenas recibía encargos reales.

Sin embargo, trabajando un día en su estudio en el arduo análisis de una berenjena, el artista oyó golpear su puerta. La sorpresa fue mayúscula cuando al abrir, ante el umbral de la misma, se encontró a Bordón I.

– Buenos días Antoine, ¿cómo le va la vida de artista?

– Bueno Majestad, aquí con mis verduras. No me puedo quejar.

– Me alegro. Vengo a proponerle algo.

El pobre Antoine no salía de su asombro. Era la primera vez que el Rey se dirigía directamente a él desde que empezara a trabajar para la Corte.

– No sé si es el espíritu navideño pero hoy me he levantado generoso. Tras una breve reflexión he llegado a la conclusión de que voy a hacerle un encargo. Quiero que realice un retrato real.

– Su Majestad, ¿queréis que pinte un cuadro para usted?

– No, no me ha entendido bien. No quiero que pinte un cuadro. Quiero que pinte EL CUADRO. Ese cuadro que pasará a la historia como el retrato real más importante del arte. Ese CUADRO que se estudiará en las escuelas, en las universidades y en los congresos de crítica. Ese CUADRO que llenará nuestro país de japoneses dispuestos a gastar los ahorros de toda su vida. En fin, no me líe más y póngase a trabajar que nos conocemos. Quiero presentar la obra las próximas navidades. Tiene un año de plazo.

Antoine se sentía nervioso, excitado y emocionado pero al mismo tiempo pensó que si había sido capaz de sacar a la luz los sentimientos más ocultos de un membrillo también podría hacerlo con los Bordones. Ni corto ni perezoso bajó del zaguán la tela más blanca y más grande que tenía. Una vez montada en el bastidor comenzó a distribuir las figuras en el lienzo. En el lado izquierdo los reyes Bordones acompañados de sus lindas hijas, las Infantas Doña Cristal y Doña Helene. A la derecha del grupo familiar, el macho alfa de la manada, Bordón Junior, la esperanza de la familia, el futuro del país.

Consciente de la complejidad de la tarea decidió empezar el trabajo por la más sencilla, cercana y dicharachera de la familia, Su Majestad la Reina Sofi. A Sofi no le gustaba posar y prefería pasar el tiempo escuchando ópera, acariciando osos Panda o de compras por Londres con su prima, por lo que a Antoine no le resultaba fácil avanzar con su retrato. Decidió que continuaría con ella más adelante.

El segundo miembro de la Casa Real a quien convocó para la sesión fue a la dulce Infanta Doña Helene. No obstante, en medio del proceso creativo se dio cuenta de que reflejar la personalidad de ésta mujer le resultaba muy complicado. No se sabe si porque Antoine no era lo suficientemente bueno como retratista o, simplemente, porque la Infanta carecía sorprendentemente de personalidad. Decidió que continuaría con ella más adelante.

La tercera mujer del clan real no parecía un reto difícil de superar. Doña Cristal era alta, tenía buen porte y, además, un rostro amable y agradable, fácil de dibujar. Sin embargo, no contaba con la hiperactividad familiar de la Infanta. Entre embarazos, reuniones varias, operaciones inmobiliarias y asesoramiento personalizado a su marido, un gran empresario procedente del honorable mundo del deporte de élite, resultaba imposible que se mantuviese quieta más de cinco minutos. Decidió que continuaría con ella más adelante.

De todos es sabido que los que se toman verdaderamente en serio su actividad como familia real son los hombres. Bordón y Bordón Junior eran admirados desde siempre por el humilde Antoine. Por ello sabía que si conseguía pintarlos a ellos la obra no tendría misterios para él. Sin embargo, la vida no siempre se desarrolla como esperamos y ambos hombres, hombres aunque deberíamos llamarlos superhombres, se debían a la Corona antes que a la Historia del Arte.

El Rey Bordón deseaba con todas sus fuerzas acudir al estudio de Antoine para posar pero un Rey se debe a su pueblo. El pueblo quiere ver a su Rey haciendo cosas de Rey. Por ello, con gran esfuerzo y abnegación, el monarca limpiaba diariamente su escopeta para cazar elefantes, acudía a las aburridas fiestas que los jeques árabes organizaban para él, o navegaba con hastío en su yate rodeado de rubias alemanas, suecas o finesas. Lo importante era mejorar las relaciones de su país con el resto del mundo. Lo importante era servir a su patria. Antoine decidió que continuaría con él más adelante.

Pese a las dificultades que iban surgiendo por el camino creía firmemente que Bordón Junior no le decepcionaría. Era un joven muy disciplinado y a pesar de sus prácticas de helicóptero, sus conferencias para el Instituto Jervantes y sus viajes a América, siempre encontraba un hueco para posar. A pesar de ello, cuando el maestro por fin había casi finalizado su retrato algo ocurrió en la vida del futuro monarca: se echó novia. Pero no una novia cualquiera. Una novia que no sólo hizo de él un responsable padre de familia, un alegre príncipe que iba al cine y comía tacos mejicanos, sino que le transformó en el primer príncipe hipster de toda la Historia. Esto acabó con la paciencia de Antoine que decidió que continuaría con él más adelante.

El agotamiento y el cansancio empezaban a hacer mella en el pintor que no había sido consciente hasta ese momento del tiempo transcurrido desde el real encargo. De repente, en un pequeño momento de lucidez, Antoine levanto la mirada hacia su estudio y descubrió con horror que sus verduras se habían transformado en restos putrefactos y sus membrillos parecían pieles viejas a punto de desintegrarse. Sin saber cómo, habían pasado veinte años. Veinte años dedicados a un cuadro que aún no existía. Veinte años en la soledad más absoluta.

La rabia se apoderó de él y con gran valor grito a los cuatro vientos:

– ¡A Dios pongo por testigo que no volveré a descuidar mis verduras! ¡El CUADRO se presentará éstas navidades como que me llamo Antoine!

De todos es sabido que la mala leche potencia la creatividad así que el pequeño pintor pidió que trajesen de cocina su mejor cesta de frutas y verduras. Tras una cuidada selección volvió a realizar la distribución de las figuras en el lienzo. En el lado izquierdo un rosado nabo junto a una esplendorosa patata acompañados de dos hermosas frutas, una papaya y una pera limonera. A la derecha del grupo familiar, el macho alfa de la manada, un gran cardo navarro, la esperanza de la familia, el futuro del país.

Sin más preámbulos, y preparado para las posibles críticas del público especializado en retratos reales, Antoine convocó a toda la prensa, realeza internacional, tertulianos de televisión y personajes varios para la presentación de su gran obra. Una vez dispuestos todos delante del lienzo el pintor de la corte pasó a retirar la tela que lo cubría. El retrato apareció solemne, grandioso y desafiante. El público no podía creer lo que veía. En la sala se produjo un intenso silencio. Nadie respiraba. Nadie hablaba._L5P8142.jpg

De repente, en un alarde de campechanía el monarca esbozó una elegante sonrisa y dijo: Pues yo me veo fenómeno Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja.

Antoine cerró los ojos, respiró profundamente y pensó: Por fin puedo volver a pintar membrillos.

Y colorín colorado éste CUADRO se ha acabado. ¡Felices fiestas! Zorionak!

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CECI N’EST PAS UNE PIPE

En 1929, René Magritte realiza una serie de pinturas conocida como “la tradición de las imágenes” de la cual su pieza más famosa sea probablemente “Esto no es una pipa”. En ella desafía al espectador a reflexionar sobre la importancia de la imagen respecto a nuestro código real de lectura. En la composición vemos claramente una pipa pero Magritte nos dice que no puede decir que lo sea porque nos estaría mintiendo. La imagen no es un objeto sino la proyección mental del mismo. Todo empieza y acaba en nuestra mente.

Casi cien años después, la mayoría de la gente sigue buscando en la obra de arte una relación directa, clara y objetiva entre título y obra. Una solución al puzzle. Una verdad sin fisuras. Si la historia del arte ya ha asumido que el espectador funciona como vector de la obra y no como mero observador, ¿por qué nos sigue costando tanto ser más libres, más abiertos y, sobre todo, más generosos en nuestra mirada? Porque seguimos sin comprender que el arte no es un escenario exclusivo del artista sino que constituye una forma de entender la vida, nuestro entorno y nuestras relaciones.

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René Magritte. 1929. Óleo sobre lienzo. Los Angeles Country Museum of Art.

En el momento en que dejemos de limitar nuestras experiencias a frases tan alienantes como: ¿Quién lo ha hecho?, ¿por qué?, ¿qué quería decir con ello?, y pasemos a preguntarnos: ¿qué siento?, ¿en qué pienso al observar esto? o simplemente, ¿cómo me encuentro ante esta obra?, nos habremos acercado un poquito más a la realidad del arte.

Muchas veces me he preguntado por qué me dedico al arte. Y sobre todo por qué me relaciono con el arte de la manera en que lo hago. Todo en mi vida tiene un punto surrealista y creo que eso me hace más comprensiva. Cuando tenía tres años y empezaba la aventura de aprender a hablar mi relación con el lenguaje ya era peculiar. Al periódico lo llamaba il pirioco, al paraguas la cuadrada, a los macarrones ladrones y, no me digáis que esto no es no es puro Magritte, al triciclo el botijo.

Con 6 años empezaba a descubrir el mundo. Recuerdo un viaje en tren Bilbao-Valencia en el que con mi pequeño dedito iba dibujando en el aire distintas cosas ( ante la mirada de incomprensión de mi pobre madre) y a la vez, me inventaba conversaciones entre los palos de los postes de electricidad que para mi tenían claramente forma de personas.

Historia cumbre de mi niñez es ese día en que, con nueve años, la profesora de plástica nos dice que ese mes vamos a aprender a dibujar con temperas por lo que tenemos que traer de casa un objeto que nos parezca especialmente bonito. Al día siguiente, me presento orgullosa con un botellín de Heineken (puedo oír las risas de algunos desde aquí). Puro Warhol. Lo sé.

Ya en la universidad, mis excentricidades se perfeccionaron. La más sonada era mi forma de tomar apuntes. Ideé una técnica por la que combinaba texto con dibujos varios que representaban palabras y expresiones. Lo mejor de todo es que ningún compañero me pedía nunca prestados los apuntes.

Dicho esto, no pretendo contaros mis rarezas para justificar mi relación con el arte sino para ayudaros a comprenderla. Sin necesidad de pintar, cantar o escribir especialmente bien mi vida siempre ha estado relacionada con el arte porque he vivido y vivo con imaginación, creatividad y libertad. ¿Acaso no consiste en eso el arte?

Me gustaría que este espacio sirva en un futuro para liberarnos de nuestros convencionalismos y sentir que el arte es de todos y sirve a todos. Recordando así que de la misma forma que oír no es lo mismo que escuchar, tampoco ver es lo mismo que mirar. Sólo en el momento en que decidamos ampliar nuestra mirada hacia el arte empezaremos a comprenderlo y a sentirlo.

Mirar significa imaginar. Mirar significa leer. Mirar significa recorrer. Mirar significa ver más allá. Mirar significa intervenir. Mirar significa no poder mirar. Mirar significa actuar. Mirar significa participar. Mirar significa lo que tú quieras que signifique.

Espero poder compartir mis miradas en este pequeño espacio que como sabéis “No es un blog”.

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