EL MURO DE LA DESMEMORIA. B.A/016

 

La octava edición del Barrio de los artistas de Pamplona ha tenido este año un carácter especial. Por primera vez, y esperemos que no sea la última, la actividad artística del festival se ha desplazado a la periferia dejando de lado el turístico casco viejo para ocupar el barrio de la Milagrosa.

La Milagrosa es un pequeño barrio al sur de la ciudad que aún no ha caído en manos del hipsterismo desaforado y en el que conviven distintas culturas que a nuestros ojos pueden resultar similares pero que esconden diferencias a veces irreconciliables. Por todo ello, fue muy bonito ver cómo las calles se llenaban de folcklores varios en forma de conciertos, bailes y exposiciones, al tiempo que los artistas de aquí compartían sus trabajos, recuperando así esa sensación cada vez más difícil de vivir en el mundo del arte: la certeza de que la comunicación entre culturas distintas no puede sino sumar posibilidades de nuevas miradas.

En este contexto tuve claro desde el principio que mi mirada no sería de gesto amable porque no podía perder la oportunidad de poner voz a un tema tan vivo como escondido en ciertos sectores de la sociedad: la violencia de género. Los festivales de arte se hacen para divertirse pero también para abrir diálogos.

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El muro de la desmemoria representa una acción performativa contra el maltrato en la que reflexiono sobre la incapacidad de la sociedad actual para sentir como dolorosas verdades las historias que diariamente aparecen en la prensa. El hombre tiene una morbosa necesidad de recolectar todo lo que encuentra a su paso. Recolectamos afectos, envidias, y hasta recolectamos vidas. Lo malo de este prehistórico ejercicio es que al recolectar la unidad se transforma en colectividad, y en ese momento la especificidad se hace número, un número que nos empuja hacia la desmemoria.

Hace ya mucho tiempo que nos hemos acostumbrado a tratar la violencia de género como un número. En ocasiones los números aportan cierta identidad, como cuando hablamos de mujeres centroeuropeas asesinadas, de hombres maltratados, de menores de edad violadas a manos de sus parejas, etc. Pero estos datos no aportan cercanía a la historia, y al final seguimos sintiendo que son sólo números que construyen un muro de datos sin sentido.

La performance ofrece al artista la posibilidad de activar en el público pensamientos diversos desde un escenario mucho menos direccionado que otros lenguajes artísticos. Por ello, accionar este año en una pequeña plaza de un barrio como la Milagrosa me ha ofrecido la posibilidad de hablar de un tema que me preocupa de manera constante y al que estamos peligrosamente empezando a acostumbrarnos. No podemos permitírnoslo. No debemos permitírnoslo.

Hoy comparto con vosotros un pequeño pedacito de esa acción que ha sido registrada con una enorme sensibilidad por Mikel Tolosana y en la que he contado con la siempre generosa ayuda de Ana Rosa Sánchez. No puedo tampoco dejar de agradecer la compañía de todos los que os acercásteis hasta esa placita de la Milagrosa para reflexionar conmigo.  Vamos a seguir reflexionando juntos porque el arte va más allá de los grandes fastos de ferias, museo y galerías. El arte se construye desde todos, incluso desde los que no se consideran parte de él.

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