Humor y noticias

Poco a poco se van sabiendo cosas del nuevo canal. Su nombre: Sexta. Temas tan importantes como que Milikito será su director General, vamos el jefe máximo un payaso de la tele que no puede aguantarse las ganas de presentar El club de la comedia y encima hacerle la sintonía -recuerden que su cima musical fueron temas como Cuidado con Paloma que me han dicho que es de goma y sobre todo Me huelen los pies- . Del canal se conocen temas estratégicos, como que compartirá con Cuatro los derechos del mundial de fútbol. Ya ven, nada original nos aguarda con los nuevos canales. Siguen el esquema clásico de nuestra televisión: asegurar el negocio y la audiencia con el fútbol y le añaden un toque de humor. Se dice además muy en serio que, en el equipo de humoristas, pretenden contar con Alfredo Urdaci. Y ahora es cuando lo entendemos todo. Aquellos telediarios en los que se negaba el pan a la huelga general era por pura broma; cuando deletreaba de aquella manera tan seria C-C-O-O para referirse a los díscolos de Comisiones Obreras estábamos sin saberlo ante un golpe del mejor humor televisivo de los últimos años. Aquel hombre era un pedazo de artista a la altura de Chaplin o Cantinflas. Un incomprendido que reivindicaba su condición desde el telediario, un profesional del humor que negaba la realidad como manera de pedir un puesto en El club de la comedia . Y hablando de tragedias, el viernes los de Cuatro estrenaban Supernanny . Un nombre demasiado inglés para una Mary Poppins de Vallecas. El programa va de cómo meter una psicóloga especialista en la educación de infantil en un hogar. Conforme van apareciendo los conflictos, ella va proponiendo soluciones al problema. Y, joder, lo consigue. ¿Y si la ficharan en otras negociaciones para convencer a algún político de que el diálogo siempre es necesario?

Cuéntame el 23-F

Durante años el recordatorio del 23-F fue una necesidad. Y una obligación reponer en tv las imágenes con aquel guión impresionante de: “Quieto todo el mundo”. Con los años todo fue perdiendo fuerza y contexto. Se convirtió en un tópico y, hasta cierto punto, pasó a formar parte de ese toque folclórico al que se suele reducir la cultura en el Estado español. Los personajes de aquella patraña se diluyeron en su propia bilis hasta desaparecer del mapa. Eran los últimos estertores de un régimen que se negaba a morir. Este año el tema está cobrando una fuerza inaudita, como de fecha redonda. La peña ha visto tajada en el veinticinco aniversario y se ha puesto a la tarea. Unos presentan libros con datos hasta ahora desconocidos, otros han buceado en los archivos televisivos para recuperar imágenes de segunda hasta ahora nunca emitidas, e incluso algunos atrevidos y poco exhaustivos como Mercedes Milá -esta mujer tiene el mérito de protagonizar todos los programas irracionales- han hecho un relato detectivesco de los acontecimientos. El resultado para el espectador es bastante pobre. Al final, cada 23-F acabamos sabiendo poco más o menos lo mismo. Aquel acontecimiento pasó inadvertido para la prensa desde el principio. Vamos, que periodísticamente no se estuvo a la altura. Dicen que La televisión , es decir, TVE, jugó un papel fundamental. Pues no. Los espectadores lo que vimos fue que el medio sufrió un secuestro vergonzoso. Todas las cadenas celebran las bodas de plata de aquella tarde noche en la que Tejero y un grupo de números de la Guardia Civil protagonizaron la primera serie de policías en tv. Contaron para ello con la aparición estelar de su Majestad el Rey con todo lujo de bandas y medallas. Después de 25 años nadie aporta nada nuevo. Es como si viéramos un capítulo más de Cuéntame cómo pasó.

Adiós al carro

Se quejaba el otro día Andrés Pajares en la entrevista que le hizo esta semana El loco de la colina por la llamada de TVE para participar en un programa de Mira quién baila. Resulta que recientemente acabada la segunda temporada del programa de Anne Igartiburu y , claro, no hay tregua . Sin solución de continuidad se han puesto a la tarea de buscar nuevos famosos con el toque justo de hallarse en horas bajas, pero con alguna energía por ganar un poco de pasta fácil o, qué se yo, como única posibilidad de pillar plano. Con todos los respetos, estos programas tratan a sus invitados y, aunque Andrés Pajares no es el caso por su demostrada capacidad de adaptación televisiva para papeles chistosos o rancios, me parece muy digna su negativa. “Que baile tu padre”, deberían decir muchos. Pero no lo hacen porque, en este mundo de la fama, cualquier oportunidad es buena y porque la vida está muy mal. El caso es que a la Igartiburu ya le han buscado su grupeto de futuros bailarines con el que agotarán la fórmula del baile hasta que la audiencia los despache. Como así ha ocurrido con el Cantas o qué, de Paula Vázquez, que se lo han cargado sumariamente a las primeras de cambio. El fracaso anunciado era el que de verdad cantaba por si solo, tanto que, hasta los críticos de televisión estamos sorprendidos de haber coincidido con el público y, lo que todavía es más extraño, con los programadores. Ahora que ya no están, se puede decir que es una pena porque no podremos ver a nuestro querido Iñaki Perurena esforzarse para cantar el Maitetxu mía y al mismo tiempo, batir el récord de sostener todo el coro de bailarinas con sus brazos. No importa. Ha demostrado su valentía y capacidad para enfrentarse a cualquier reto. Nos ha ahorrado sufrimientos. Me lo imaginaba tocado de sombrero mejicano e imitando a, que sé yo: Manolo Escobar.

Sherlock House

Una de las ventajas para los que ejercen la crítica televisiva son esos programas de zapping que te seleccionan momentos televisivos con premio. Fue así como se pudo ver el corte de tijera de Josema Yuste al vestido de su compañera presentadora Nani Gaitán, hasta convertirlo en una minifalda, o el resbalón monumental de Francis Montesinos en el pasarela Cibeles que casi lo manda al hospital. Y, hablando de urgencias, hay algo de masoquismo detrás del éxito de las series de médicas. No queda claro si es por el morbo que despiertan o porque, ante la representación de la enfermedad, los espectadores nos encontramos indefensos, víctimas de un espectáculo, ante el que ni podemos ni queremos apartar la mirada. Suponen la mutación del género detectivesco a otros campos. Si antes fue el periodismo, los abogados, los vigilantes de las playas y los mafiosos, ahora está de moda que los que ejerzan la profesión de Sherlock Holmes sean los médicos. Urgencias fue la pionera y después llegó CSI . Gracias a una brigada de investigación científica, la medicina forense se mete en camisa de once varas. Pero el atrevimiento, desde el punto de vista del guión, viene con el doctor House (los martes en Cuatro), un galeno cojo y malhumorado que explota el personaje según las circunstancias. Sus compañeros actúan con verdaderos doctores Watson. Un negro a quien maltrata “aunque no por cuestiones raciales porque ayer eras igual de negro”, una treintañera por la que siente mitad amor mitad pasión y un joven que, de momento, no le contradice. Médicos que van en busca de pruebas a la casa de los enfermos como lo hacía el detective Colombo. La originalidad inicial se agota capítulo a capítulo. Entretiene y tiene cuerda: los casos parecen sacados de las contraindicaciones de los prospectos farmacológicos. Toda una mina.

A la vejez, sms

Estos días han aparecido dos datos contradictorios que hablan del momento confuso que padece el medio televisivo. Hemos alcanzado los 244 minutos de media que pasamos cada uno de nosotros frente a la televisión. Sin embargo, este dato choca con el de que en los jóvenes ha descendido el tiempo que dedican a la tele en favor de Internet. El público televisivo va envejeciendo a marchas forzadas. La tercera edad es la que más enganchada está a la caja tonta. Está claro que el listón en el lenguaje y en la comunicación está pensado para que enganche a los abuelos. El mundo de la televisión, como el de esas tribus aisladas que procrean entre familia, corre el riesgo de producir programas deformes a fuerza del abuso permanente de la consanguinidad. Por más que uno apunte con el mando a las cadenas, la realidad indica que lo que habría que zapear son las cuatro productoras que manejan todo el cotarro y que son las que marcan tendencias y estilos. El negocio de la televisión se ha instalado en la idea de que el éxito está directamente relacionado con las nominaciones y toda esa mentira cochina de que el público es quien decide con su voto el candidato ganador. La mayoría de los programas televisivos copian las estrategias de mercado. Si en su momento lo actual era remitir al público a un apartado de correos, luego fue el número de fax y más tarde la página web, pues ahora lo que se lleva es el sms. Hay tal abuso de estos mensajes que actualmente los ponen en todos los programas como un símbolo juvenil, cuando en realidad los chavales están en Internet y los abuelos pasan de enviar correos. Los mensajes proceden de un redactor contratado que los escribe para que aparezcan en directo y hablen de lo que les interesa. Van de modernos y sólo les hace caso el abuelo.

Miedo parabólico

Si el otro día la columna fue creciendo hacia abajo con la defensa de la gente del cine, porque lo más rancio del país se los quería comer con patatas a cuenta de la gala de los Goya, qué podemos decir hoy cuando vemos las imágenes de otros descerebrados que mandan disparos desde los tejados de Palestina intentando amedrentar a los periodistas occidentales por haberle hecho alguna caricatura a su profeta. Vivimos en un planeta lleno de fronteras y atestado de antenas. Los muros no impiden que desde el tercer mundo la gente busque los poros por los que penetrar al lado rico del planeta que tan bien conocen a través de las parabólicas. La televisión de nuestros días es el principal testigo de este espectáculo macabro de muertes en pateras y jirones de piel en alambradas. Un goteo permanente de seres humanos que se la juegan por entrar en esta sociedad y, a veces, lo único que consiguen es ser un cuerpo grabado y expuesto en los salones occidentales a la hora de la comida. Es cierto que todo esto puede sonar a soflama tremendista, pero algo asusta. Unos encapuchados disparaban al aire advirtiéndonos de algo. De pronto, desde las chabolas de Ramala, donde la intolerancia es algo más real que un plano de televisión, unos jóvenes lanzan su amenaza al mundo con la certeza de que serán vistos en pocos minutos en todo el planeta. Por aquí seguimos con los papanatas. Hace dos semanas estrenaron la serie Fuera de control y una asociación de periodistas granadina ha pedido su retirada porque ofrece una imagen confusa de la profesión y por proponer una imagen sexista de la mujer. Que a estas alturas alguien pida la retirada de un programa que aspira al humor con este rollo es penoso. Cierto que estos argumentos no acojonan, pero son igual de patéticos que esos disparos palestinos al corazón de las ondas.

Talibanes del cine

Las críticas a la retransmisión de la gala de los premios Goya han sido tan unánimes que incluso han puesto en peligro la continuidad de los premios. Pero no hay nada nuevo. Ha sido igual de mala que en ediciones anteriores, aunque quizá un poco más larga. Es una pena que la gente se meta con el reconocimiento. Existe la teoría de que incluso los premiados en esta edición van a salir perjudicados. La crítica es injusta, sobre todo porque TVE acostumbra a competir en cutrerío con el resto de las privadas, lo que pasa es que llegan los premios estos y a alguien le entra la vergüenza cultural y, con un par, los echan enteros. Los resultados de audiencia, con todo, no fueron tan malos como cabría esperar de un espectáculo basado en una sucesión de aplausos, vestidos decadentes y chistes malos. Es tal la unanimidad de las críticas que a los críticos nos han dejado fuera de juego. Más bien mosqueados por la intensidad y las intenciones de ellas. De pronto, todo el mundo carga contra la gente del cine. Hay tanto odio hacia la actitud beligerante que mantuvieron en la última fase del Gobierno Aznar que no les perdonan ni una. Como cada año, suscribo las críticas hacia la ceremonia de los Goya por pesada y antitelevisiva. Un espectáculo que sólo podría entenderse por el lado del glamour, el humor y una realización a la altura, se despachó con vestuario hortera, chistes penosos y una realización que no estaba a la altura del despliegue de medios. Lo peor, con todo, ha sido permitir que una gala en la que se premia la cultura sea el motivo para que entren en escena esos talibanes de la derecha. Esa gentuza a la que no le interesa el cine sino el poder. Lo de menos hoy es la gala. Lo que el cine necesita con urgencia son mejores defensores, porque con estos brasas de la Academia acabarán consiguiendo que le pongan un burka.