No sé si la noche confunde, o en realidad magnifica las cosas. De lo que sí estoy seguro es de que genera ansiedad. Hora y media, quizá más, me costó conciliar el sueño el pasado lunes. ¿El motivo? La sensación de irracionalidad que generó en mi persona el especial de Documentos TV ‘Tetas, un valor en alza’. Un sugerente programa escrito para el recuerdo en el que una lista de profesionales, médicos y tetudas (lideradas por Annita Yes, la Pamela Anderson local) enumeraban las ventajas de disfrutar de unos senos colosales.
Que si tener las tetas grandes abre “puertas profesionales”, que si unos pechos “bien puestos” estimulan “confianza y seguridad”, que si el porcentaje de audiencia en los call-shows es proporcional al nivel de silicona de la presentadora… En fin, una cascada de cánticos “a mí me gustan grandes” tras los cuales dudé entre telefonear a Corporación Dermoestética para ponerme tetas o llamar al Teléfono de la Esperanza para sollozar por el declive de occidente. Y la verdad, opté por lo segundo. Siempre he sido de teta que mano no cubre, no es teta sino ubre.


