Señoras, señores, lo prometo, yo antes era un tipo moderno. De esos que mantienen pícaras conversaciones sobre los aspectos más jugosos de la actualidad; de los que escuchan Adele o Gossip mientras caminan por las calles con su iPod; y de los que compran ropa en almacenes vintage para sentirse únicos, especiales, o doblemente modernos. Pero ha sido quedarse embarazadas mis primeras amigas y amigos -ya saben que esto es cosa de dos-, y me he visto forzado a abandonar ipso facto cualquier tertulia con tintes de fiesta, juerga o actualidad.
Ahora ya solo trato temas baby: que si el bebé va a ser niño o niña, que si se adelantará o retrasará su llegada, que si un carrito con frenos y 4 ruedas es más seguro que uno con 3 (supongo que neumáticos), o que si le vamos a dar el pecho o el biberón al bebé. Es tal la vida monotemática que llevo que hasta cuando veo la tele con amigos me trago los anuncios de pañales, de toallitas sensitivas y entono alegre, pero no contento, el pegadizo “Dodot, dodot…”. ¡Y pensar que hace bien poco yo era un hombre moderno!











