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Archivo para septiembre, 2008

Hablemos del cine en clave de hazañas bélicas

viernes, 26 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección: Ben Stiller Intérpretes : Ben Stiller, Jack Black, Robert Downey Jr. Brandon T. Jackson, Jay Baruchel, Danny McBride y Steve Coogan Nacionalidad: EE.UU. 2007 Duración: 106 minutos.

Allí donde Francis Ford Coppola fabricó con fuego y Wagner, con napalm y Morrison, su particular interpretación de lo que significa asumir un viaje al corazón de las tinieblas; es decir, allí en donde Joseph Conrad dejó escrito cómo la razón puede enturbiarse por la sangre, un payaso llamado Ben Stiller alza los brazos como un cristo sacudido por la metralla. O lo que todavía parecería más inverosímil, como un Rambo inteligente. En su viaje le acompañan un Robert Downey jr. de color negro y ojos que aconsejarían un internamiento psiquiátrico y un Jack Black de pelo rubio y tripas sueltas. Los tres, además de la aparición estelar de Tom Cruise, encabezan un filme que, entre otras cosas, parece capaz de poner de acuerdo entre sí a los defensores del cine de línea dura con los amantes del cine clásico del Hollywood de toda la vida.

Ésa es la primera victoria de esta guerra. Pero hay otras muchas. El general artífice de todo esto es el citado Stiller, un showman que no dudó en enfrentarse con Robert de Niro sin perder la cara. Un autor que tan pronto se pone al servicio de los Farrelly para “tontear”, como impulsa lo que ya se percibe como la regeneración de la comedia americana actual. Con más de 80 intervenciones como actor y con una película de culto como director, Zoolander , Ben Stiller planea con este filme un proceso demoledor sobre el cine bélico atendiendo a ambos términos.

No sólo es Apocalipse now el material de derribo con el que este trueno del trópico resuena, sino que en él son perceptibles las huellas de todos aquellos que, de un modo u otro, realizaron incursiones bélicas. Del Stone de Nacido el 4 de julio , a Cimino, Spielberg y De Palma, nadie se salva. Nada queda en pie. Pero, para ese proceso de demolición, Stiller no aplica la piqueta torpe de Scary movie, ni la maza precisa de Aterriza como puedas. No se trata de parodiar con brochazos y mal gusto, sino de cincelar con actitud de orfebrería.

Su objetivo aspira a infiltrarse en los cimientos de la representación. Es decir, Tropic Thunder no es una suma de gags sobre diferentes películas de guerra, sino una acción devastadora sobre el arte de representar ese tipo de historias. Por eso, la carga de profundidad no descansa en los iconos de referencia sino en sus procesos de creación. Puede confundirse una cosa con la otra, pero estamos ante niveles de significación diferentes. Más lejos todavía, en realidad, dado que Stiller ha conseguido que los propios actores se autoinmolen en esta terapia que pasa por ridiculizarse a sí mismos, introduce en el mismo plano tres referentes: el de los modelos que se caricaturizan, el de los procesos de interpretación que les dieron vida y el de lo que esos mismos actores han dejado ver en su proyección pública.

Mucho más cerca de la posmodernidad de Tarantino que de la modernidad de Mel Brooks, Tropic Thunder pone en cuarentena todo un momento histórico sobre la manera de filmar películas. Y lo hace con un lenguaje irreverente, excesivo y autoparódico. Sujeto a alguna arritmia, y ahora en su estreno masivo aquejado por un doblaje lamentable que le resta parte de su fuerza original. No obstante, la prueba de que Tropic Thunder merece la pena, nace de su capacidad de aguantar segundas y terceras proyecciones sin que se le agote la munición. Al contrario, una vez que la historia ya ha sido percibida; los gestos apenas perceptibles, la demencial interpretación de sus actores y la generosidad de decenas de sabrosas ocurrencias, como ese Cruise en su baile final, se imponen por encima y más allá de su historia.

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El fracaso del amor

viernes, 26 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección y guión: Woody Allen Intérpretes: Javier Bardem, Patricia Clarkson, Penélope Cruz, Kevin Dunn, Rebecca Hall, Scarlett Johansson y Chris Messina Nacionalidad: España y EE.UU. 2008 Duración: 96 minutos

cuando aparece Penélope Cruz y la historia entra en la histeria, Allen, a quien habrá que suponer dirigió sus diálogos en español a “sordas”, consigue que su película se abra hacia horizontes inexplorados en su obra. Dado el sentido del ritmo que Allen posee, ésta es su película más intuitiva, más física, más descolocada de su entorno habitual. Una especie de improvisación a partir de unas notas que para Allen evocan lo “español”: la pasión, la deshinibición sexual, la música flamenca… el tópico en definitiva. Al margen de ello, habrá que convenir que la Barcelona de este filme no es menos real que el Manhattan del resto de sus películas. Es decir, sus protagonistas no madrugan para trabajar, ni saben cuánto cuesta un café en el bar de la esquina. A cambio, eso sí, simbolizan perfectamente la insatisfacción de la sociedad actual, el proceso de la descomposición de Occidente y el amargo sabor de la culpa y la infamia.

Dicho esto, habrá que confirmar que Vicky Cristina Barcelona es cien por cien puro Allen, en una línea que desde hace años parece no cambiar. En todo caso, se diría que incluso Allen, regado por la imaginería de Miró y los arabescos de Gaudí, parece abierto a una procacidad sexual que hasta ahora permanecía escondida. Como sugiere su título, la película es triangular, cada acto se cimenta en el número tres, algo que significa multitud para un cineasta cuya obra ha permanecido anclada en torno a la idea de la soledad y la pareja. Sin embargo, cuanto más se aleja uno de las exaltadas intervenciones de Penélope Cruz, de la perseverancia de Javier Bardem y de la mirada atónita y descreída de Scarlett Johansson y Rebeca Hall, más se acerca uno al interior de esa angustia que encierra el filme de Allen. Y es que Vicky, Cristina, Barcelona se construye como un ensayo sobre la insatisfacción. En su periplo por las calles modernistas de Barcelona y por los recovecos románicos de Oviedo, es decir, en su viaje por el tiempo, Allen sólo halla desencuentro e infelicidad. Eso sí, el nivel de vida de sus criaturas es de lujo; pero la calidad de sus relaciones es de latón y de renuncia, de amargura y de frustración. ¿Acaso no hay diferencias entre Barcelona y Nueva York?

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El castigo del lobo feroz

viernes, 26 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección: Mark Herman Guión: John Boyne y Mark Herman según la novela de Boyne Intérpretes : Asa Butterfield, Vera Farmiga, David Thewlis, Jack Scanlon, Amber Beattie, Richard Johnson y Shelia Hancock Nacionalidad: Reino Unido y USA. 2008 Duración: 95 minutos.

Hay un leve pero definitivo escalón que John Boyne no subió en su aclamada novela, pero que el John Boyne guionista sí asume en su traslación al cine. Acontece en el final de la película. Aquí no se va a desvelar, pero sí a significar que ese ligero cambio es sintomático de la confianza que John Boyne y Mark Herman tienen en el espectador del cine con respecto al lector de novelas: escasa. Pero ¿desconfían del espectador o desconfían del producto fílmico? Cada uno responderá como quiera, pero al hacerse más evidente la conclusión final en el filme, se hacen notorias sus dudas sobre su película.

Salvo eso, en todo lo demás, Herman permanece fiel a la novela; una adaptación literal y lineal, ilustradora y de corto vuelo sobre una historia que abunda en dar una vuelta de tuerca al tema de los campos de concentración nazis a partir de fabular con una improbable hipótesis preñada con el sentimiento de rubricar un gesto de cruel justicia poética.

Básicamente la historia recrea las vivencias de un jefe militar de un campo de exterminio cuya vivienda, en la que habitan su mujer y sus dos hijos, se encuentra a escasos metros de los hornos de cremación. El filme desgrana el proceso de envilecimiento del padre de familia en un entorno claustrofóbico donde la hija mayor progresivamente se ve aleccionada en la demencia nazi mientras el hijo pequeño, todavía demasiado niño, distorsiona la realidad y cree ver pijamas de rayas en los trajes de los reclusos que poco a poco serán asesinados.

Leída la obra por millares de lectores, sobre todo jóvenes, el filme sabe garantizada una buena entrada, pero justo será recordar que eso no garantiza una salida satisfecha. Especialmente porque la película, planificada con la corrección de un telefilme y protagonizada en los papeles de los niños con desigual fortuna, parece irse diluyendo conforme avanza su aleccionadora parábola. Todo se fía a la fuerza del relato, pero éste no resulta igual de convincente leído que recreado en la pantalla donde el verosímil y la autenticidad se resienten gravemente. Queda, eso sí, una historia ejemplificante sobre la descomposición de una bestia nazi y cómo sobre ella misma recae la maldición que siembra.

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Mitos y leyendas en un ‘western’ de edad imprecisa

viernes, 12 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección: James Mangold Intérpretes : Russell Crowe, Christian Bale, Logan Lerman, Ben Foster, Peter Fonda, Vinessa Shaw y Alan Tudyk Nacionalidad: EEUU. 2007 Duración: 117 minutos.

Un adolescente lee en la cama un ejemplar de Dime western y sueña despierto con los héroes que pueblan sus páginas. Se trata de una revista llena de lo que John Ford desveló en El hombre que mató a Liberty Valance . O sea, llena de leyendas. Al mismo tiempo, en la pared de al lado, su padre teme lo inevitable, la llegada de lo real, y por eso su vigilia derivará en pesadilla. En los siguientes minutos El tren de las 3:10 muestra sus verdaderas cartas. Mangold, su director, resuelve la secuencia con cierta confusión para sostener la penumbra de lo que no debe ser mostrado de forma explícita. Pero en definitiva de lo que se trata es de lo siguiente. En medio de la noche, unos hombres prenden fuego al granero de los Wade. El padre Ben, pese a que va armado, no dispara, trata de defender su tierra sin violencia. ¿Cobardía? ¿Sensatez? ¿Respeto a la vida ajena? Ese fuego no alumbrará la respuesta, no al menos en su arranque. Ese fuego no será aquí sino la metonimia de un punto de ignición interior, el que amenaza con separar definitivamente al padre del hijo. A los ojos del primogénito, su padre, superviviente de la guerra civil norteamericana, no está a la altura de esos hombres de los que habla su revista; su padre no lucha. Su pierna de metal, cicatriz del soldado superviviente que una vez fue, habla de un valor que ahora no aparece y sin valor se pone en peligro su palabra.

Para el segundo hijo, todavía un niño, su padre sigue siendo el hombre imbatible y perfecto. Mientras, su mujer percibe que la fatalidad de un cielo que se niega a regar sus tierras y el peso de las deudas adquiridas les dejará sin esperanza y, tal vez, sin vida. Al mismo tiempo que los Wade, hombres de bien, hombres de la ley, se hunden; a escasos metros de allí, una leyenda siembra la muerte y se enriquece con lo que roba. En medio, el ferrocarril avanza y, con él, el viejo oeste comienza a desaparecer. Lo que ocupará el núcleo argumental de esta historia es ese cruce entre un padre que ve peligrar su estima y un pistolero que sólo respeta a las criaturas libres, entre las que no se encuentra persona alguna.

En este diorama de paisaje árido y épica clásica, todo lo que viene se reviste con la materia del western , esa mezcla agridulce que, desde casi el mismo nacimiento del cine, se empeñó en enfrentar los mitos a las leyendas. Como al parecer a los jóvenes espectadores europeos no les gusta el western , El tren de las 3:10 ha tardado más de un año en llegar. Así que, a estas alturas, es de suponer que los lectores más exigentes ya saben que se trata de un remake del viejo filme de Delmer Davies de 1957, construido sobre un relato de Elmore Leonard y cercano a obras como Solo ante el peligro. Es decir, se trata de un texto alumbrado en pleno manierismo del género, cuando lo que importaba era penetrar en las contradicciones internas de los personajes. Dicho de otro modo, cuando el héroe empezaba a saber del temor, la culpa y las dudas. Si se piensa bien, ¿no es eso lo que le ocurre al Batman de Christopher Nolan?

En ese punto equidistante entre la postmodernidad y el clasicismo y que no olvida el testimonio de Leone y Peckimpah, El tren de las 3:10 se parece a decenas de títulos sin que siga en realidad moda alguna. Lo indudable es que Mangold ha reescrito el viejo texto protagonizado por Glenn Ford para acercarlo simbólicamente a Raíces profundas , filme del que éste sería algo así como su versión oscura. Como en aquel filme, aquí se habla del valor de la familia y del desarraigo del outsider; del honor, de la muerte y de la locura. Sólo que en este tren viaja una amargura inevitable; los hijos suelen comprender a los padres cuando su tren se pierde ya en la lejanía.

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Un Verne digital y en ¿3D?

viernes, 12 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección: Eric Brevig Intérpretes: Brendan Fraser, Josh Hutcherson, Anita Briem, Seth Meyers, Jean-Michell Paré, Jane Wheeler, Frank Fontaine y Giancarlo Caltabiano Nacionalidad: EEUU. 2008 Duración: 92 minutos.

Tras lamentar que Brendan Fraser, el actor que un día pareció grande en Dioses y monstruos , se autoinmolase en la tercera y lamentable entrega de LaMomia , encontrárselo en un filme de naturaleza afín devaluaba el posible interés por ver este Viaje al centro de la tierra . Si además, se sabe que su director es un debutante, Eric Brevig, cuya formación emana de su pasado como especialista consumado en los efectos especiales, la confianza no da ni para acercarse al cine. Y por último, si el mayor atractivo de esta película reside en que ha sido hecha para verse en 3D y que en la mayoría de las salas del 3D no tienen noticia alguna, lo aconsejable sería no verla. Pero guiarse por esas impresiones sería un lamentable error porque, además de lo dicho, su estructura ósea, ese esqueleto que la mantiene en pie, sabe de la nobleza de los grandes narradores, no en vano su argumento lleva la firma de Julio Verne.

En efecto, lo mejor de esta producción descansa en la novela de partida. Ella sostiene lo que no se limita a ilustrar la obra de Verne sino que es objeto de una apañada puesta al día. El filme de Brevig acontece en el tiempo presente y escoge como protagonista a un científico al borde del desahucio. Será este vulcanólogo, empeñado en respetar el legado de su hermano desaparecido en una expedición, quien, en compañía de su sobrino, el hijo del hermano ¿muerto?, y una joven exploradora recrearán página a página lo que Verne dejó escrito en su inmortal novela. Con ese esquema, Brevig se comporta como un ilustrador correcto. Él sabe que se maneja mejor con los pasajes de acción y fantasía y a ellos dedica lo mejor del filme: criaturas legendarias, paisajes deslumbrantes y peligros ininterrumpidos en un viaje iniciático que no oculta su querencia por las montañas rusas y el videojuego. Sin otra ambición que la de entretener, libre de esos tics contemporáneos que confunden el arte del relato con la obsesión por las citas, aquí la única cita pertinente se llama Julio Verne y se basta por sí misma para rememorar el viejo sabor de la aventura pura. Como las antiguas novelas ilustradas, lo mejor reside en el subsuelo de la letra impresa. Y esa es tan notable que poco importa que lo demás apenas sea casi nada y que el 3D no se vea.

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Polvo de ayer, barro de ahora

viernes, 12 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección: Antonio del Real Intérpretes : Jason Isaacs, Julia Ormond, Jürgen Prochnow, Jordi Mollà, Joaquim de Almeida, Juanjo Puigcorbé, Blanca Jara, Fabio Testi y Rosana Pastor Nacionalidad: España. Italia. 2008 Duración: 130 minutos.

Al salir del preestreno, Alberto Ruiz Gallardón, preguntado por una supuesta identificación entre el pasado que se ilustra aquí y el presente en el que vivimos, contestó que lo único que podría decir es que en esa época él hubiera jugado el papel de víctima; en consecuencia hubiera sido asesinado. Sin querer, o quizás queriendo porque sabida es la inteligencia de Gallardón, el alcalde de Madrid pulsaba una tecla siempre paradójica sobre el sentido del llamado cine histórico. En realidad, toda esa colección de películas recientes, de Juana la Loca a Alatriste , deLos Borgia a Tirante el Blanco no hacen sino elaborar una música que agita más las sombras del presente que las luces del pasado. En este caso, dado su discutible verdad histórica, la operación no ofrece dudas. Por lo demás, estamos ante una producción española de alto presupuesto, se han citado entre 14 y 18 millones de euros, víctima de una ambición suicida.

Quien dirige, Antonio del Real, hasta ahora se había ocupado de comedias disparatadas de sexo sin seso y de carcajadas sin sutileza. Por lo que el esfuerzo que Antonio del Real ha realizado es notable, y justo será resaltar la solemnidad con la que se conduce a lo largo de toda la película. Como la vi minutos después de escuchar las palabras de Gallardón, sus notables insuficiencias se atemperaron con la curiosidad de buscar en ese pasado, la esencia del presente. Un pasado que desgrana las intrigas palaciegas en la corte de Felipe II y el duelo letal entre el espíritu belicista del Duque de Alba y las maniobras de alcoba de la princesa de Éboli. Al fondo, se asoma Flandes, allí donde el imperio se desangraba devorando a todos los Alatristes que buscaron honor y gloria. Y en primer plano, en la Corte, un tráfago de eclesiásticos y aristócratas, de traidores y cortesanas ahogan con sangre un siglo llamado de oro y grandeza.

Todo esto se relata entre el pincel exquisito y la brocha basta, sin que nada justifique el cambio del detalle del orfebre por el exceso y la caricatura. En medio de estridencias ridículas y desatinos interpretativos, permanece un subjetivo enigma irresuelto: quien esto firma, no acertó a desvelar quién hubiera sido Ruiz Gallardón y dónde está Esperanza. Pero seguro que allí estaban.

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Radiografía en technicolor

viernes, 5 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección: Steven Soderbergh Intérpretes: Benicio del Toro, Demián Bichir, Santiago Cabrera, Elvira Mínguez, Jorge Perugorría, Edgar Ramírez y Victor Rasuk Nacionalidad: EEUU, Francia y España.2008 Duración: 131 minutos

Steven Soderbergh se encontró en medio de esta aventura cinematográfica casi por casualidad. Llevar al cine la biografía del Che no era una idea suya pero a Soderbergh, un cineasta heterodoxo al que nunca le han gustado los lugares comunes ni las propuestas rutinarias, parece acompañarle una maldición por la que termina siempre contando historias que no había previsto o que ya otros habían hecho: Traffic, Solaris, Ocean’s Eleven … El caso es que aquel proyecto ideado para que Terrence Malick se recuperara de su libre adaptación de Pocahontas en El nuevo mundo , terminó en manos de Soderbergh quien, como enTraffic , encontró en Benicio del Toro el rostro y la voz que necesitaba.

Soderbergh no quiso asumir una producción convencional. Rodada con cámara digital y en la lengua original de sus protagonistas, castellano, el resultado es un fresco monumental de casi 270 minutos de duración. Tras un rodaje agotador y un montaje imposible, sus casi cinco horas hacen ahora imposible su estreno comercial. Lo que el espectador verá ahora no es sino media película, algo menos del 50% de un proyecto que, progresivamente, se echa en manos de una (re/de)construcción antiépica e iconoclasta. Fragmentada en dos partes para su exhibición en salas, aunque en su paso por el Festival de Cannes se pudo ver completa, el corte ha sido aplicado en ese momento vertebral de esta extraña biografía . Mientras que Che: el argentino recoge el tiempo de las luces, los días de gloria y esperanza; La guerrilla , título de la segunda entrega, se agrieta en sombras y penumbra para filmar el infierno de Bolivia.

La cuestión es que este Che de Benicio del Toro se coloca voluntariamente en las antípodas de lo que Walter Salles convocara en Diarios de motocicleta . Soderbergh sabe que el Che conforma, junto a Charlot y Marilyn, la santísima trinidad de la iconografía del siglo XX y como tal huye del biopic al uso. El cine, cuando se enfrenta a la construcción de biografías de personajes históricos es consciente de que jamás va a poder penetrar en las aguas profundas de su vida. De modo que suelen quedarse en una de las dos orillas: o tejen una vida ejemplar llena de felicidad y heroísmo; o, lo que suele ser peor todavía, tuercen el gesto y con el pretexto de desmitificar el mito y palpar la verdad, tejen una colección de defectos, debilidades y perversión.

Soderbergh consciente de que el cine es manipulación y que cuando cuenta una vida real miente doblemente, opta por la distancia. Echa mano de la fragmentación; se sirve de tiempos, tonos y registros diferentes y, como un pintor impresionista, sacrifica el detalle, la nitidez y el realismo. Si es imposible esculpir la verdad de una biografía en unas horas, acaso no lo sea tratar de captar la atmósfera, los gestos, la esencia, no de la persona sino de su leyenda.

El resultado incomoda al amante de la cronología bien desarrollada, al amigo del relato lógico y al analista que pretenda descubrir la esencialidad de los hechos políticos y sociales aquí punteados como reflejos sin forma. Así, son muchos los personajes de paso fugaz y muchas las pequeñas rendijas que conforman lo que una vez fue Cuba, la tierra de una revolución que, por otra parte, ha significado siempre un especial quebradero de cabeza para los diferentes gobiernos USA. Ese narrador inteligente llamado Soderbergh, sabedor de que no podría conformar el retrato definitivo alumbra un actor protagonista insuperable. Basta comparar su Che, con el Castro que le da réplica para entender lo fácil que es patinar en la caricatura cuando se trata de forjar un retrato desde las sombras. Y este Che, su Che, se desliza pero no patina.

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Tiempo de penumbra y miedo

viernes, 5 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección: José Luis Cuerda Intérpretes : Maribel Verdú, Javier Cámara, Raúl Arévalo, Roger Príncep, Irene Escolar, Martín Rivas y José Ángel Egido Nacionalidad: España. 2008 Duración: 98 minutos.

Una imagen arquetípica, la virgen con el niño, ubicada en la zona nuclear de un retablo y a cuyos pies se agazapa el sagrario deviene en metonimia de lo que aquí se encierra: una madre, su hijo, y por debajo, la palabra fundante de quien fue asesinado. Con ella se abre y se despide la última película del cineasta que en otro tiempo alumbrase dos joyitas tan delirantes y corrosivas como Amanece que no es poco y Así en el cielo como en la tierra . Ahora, de aquel humor nada sabe este drama rehecho con material de la novela homónima de Alberto Méndez. El fracaso económico de las dos películas citadas y el éxito de público de La lengua de las mariposas han disuelto al Cuerda irreverente y paródico para dejar a un Cuerda melodramático y solemne. En ambos casos se percibe la misma (des)creencia, pero aquellas películas nacieron en las tripas, éstas, al lado del corazón, junto al bolsillo de la cartera.

Los girasoles ciegos tocan ese tiempo tangencial a la Guerra Civil donde el cine español repara sus silencios. Otra cosa es la guerra, cuya complejidad desanima a los productores y desarma a quienes como Aranda pretendieron resolver una cuestión que el cine español hasta ahora no ha sabido. No es cierto que se hayan hecho muchas películas sobre la Guerra Civil. De hecho, apenas hay buenas y ninguna ha sido memorable.

En este filme, que en otro tiempo hubiera participado en el festival de San Sebastián e incluso no se hubiera ido sin premio -¡las cosas cambian!-, Cuerda se sirve de la brillante prosa de Alberto Méndez para, con la complicidad de Rafael Azcona, levantar la sotana de un diácono retorcido de pistola en ristre y libido en alto. Sus personajes, las historias tristes se parecen demasiado, se esculpieron en la posguerra del miedo y repican con olor a sacristía rancia y tañido crepuscular que mostraron autores como Unamuno y Ramón J. Sender. Esta añeja sensación se ve reforzada por la puesta en escena de Cuerda; un toque rancio de impostada encarnación y tics televisivos. Cuerda no es un retratista sino un caricato y aquí frena su impulso, controla el gesto y no puede evitar que se le escape la esencia de este estremecedor relato que opta por la pedagogía en lugar de por el desgarro.

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La buena madre

viernes, 5 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Dirección y guión: Philippe Claudel Intérpretes: Kristin Scott Thomas, Elsa Zylberstein, Serge Hazanavicius, Laurent Grévill, Frédéric Pierrot, Lise Ségur y Jean-Claude Arnaud Nacionalidad: Francia y Alemania. 2008 Duración: 115 minutos

El rostro de Kristin Scott Thomas preside el comienzo y el final de Hace mucho que te quiero . Entre el primer plano del arranque, una imagen silenciosa, una mirada perdida, un gesto ausente… y el último, todo cambia. Sobre todo la percepción que tenemos del personaje central y de todos cuantos le rodean. Pero eso es el fundamento de todo relato iniciático, mostrar la evolución del(os) personaje(s). El matiz, la singularidad de la película de Philippe Claudel, reside en su deseo de transmitir una lección moral que denuncia las terribles consecuencias de los prejuicios. Por lo demás, Claudel, un novelista de éxito en Francia, escoge para su debú como cineasta, un territorio mil veces cartografíado por quienes le han precedido desde -y en- su propio país. Esto es. Aunque Hace mucho que te quiero nace desde el mutismo de su principal protagonista, en el filme se habla sin miedo a la retórica; sin temor al exceso verbal.

Como buen cine francés, pese a sus guiños ingenuamente malévolos contra el “aburrido” Rohmer, Claudel desnuda los personajes alrededor de la mesa. Se trata de una irreprimible inclinación francesa que gusta de retratar a su clase media con los cubiertos en la mano, escenario en el que cineastas como Chabrol, Rivette e incluso el pellizcado Rohmer, reinan.

El Claudel cineasta carece de la ironía del primero y de la precisión del segundo. En todo caso es a Rohmer al que más se acerca, aunque su filme sea víctima de una débil anécdota argumental. Su relato insiste en mostrar las dificultades de reinserción de una ex reclusa que es acogida por su hermana pequeña ante la desconfianza del cuñado, la sorpresa de sus sobrinas y las diferentes actitudes de cuantos le rodean. El filme avanza sobre la progresiva evolución de esos sentimientos en paralelo al descubrimiento del porqué esa ex reclusa fue condenada. Como ella guarda silencio, flota en su arranque un cierto misterio. Pero no son las sombras del hecho, sino el rocío del perdón lo que a Claudel le interesa. Sin tensión ni incertidumbre, todo deviene en contención y cierta previsibilidad lo que acaba frustrando las expectativas de su despegue, donde Scott Thomas forja un gran personaje pese a carecer de dirección e historia.

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