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Infiltrado en el infierno

viernes, 5 de octubre de 2007 Dejar un comentario Ir a comentarios

Dirección: David Cronenberg. Intérpretes: Viggo Mortensen, Naomi Watts, Vincent Cassel, Armin Mueller-Stahl y Sinéad Cusack. Nacionalidad: Gran Bretaña y Canadá. 2007. Duración: 90 minutos.


Cuando las luces se encienden tras finalizar la película, una imagen permanece: la del personaje que ha alcanzado la cúspide de su escalada. Ha llegado hasta donde quería (o debía) pero su mirada denota frío, soledad y muerte. En esencia, se trata de la imagen de un triunfador, por lo que Promesas del Este podría verse como la negación de ese proceso de degradación y destrucción tan afín al universo del creador de Videodrome . ¿Lo es?

Hace unos años Cronenberg afirmaba, haciendo suyas las palabras de Lawrence Durrell, que «en la vida se nos reparte una mano de cartas y nos limitamos a jugarlas constantemente». Con ello aludía al hecho de que su cine reitera una misma jugada, una terrible escalera letal en la que sus personajes indefectiblemente descienden por el abismo de la enfermedad y/o la descomposición/podredumbre. Con estas cartas Cronenberg ha ido forjando una cinematografía versátil, arisca y nada complaciente.

Algo cambió cuando hace dos temporadas el cineasta canadiense se ofrecía voluntario para dirigir un filme con vocación de best seller : Una historia de violencia . Allí conoció a Viggo Mortensen y allí comenzó a gestarse este Promesas del Este . Sin salir de los límites del thriller y con algunos préstamos y roces de Johnnie To y de Martin Scorsese, Cronenberg se pasea por Londres para escarbar en una nueva enfermedad de ecos viejos y de miedos eternos. Decimos nueva pero es una formalidad. Ya hace muchos años que Schwarzenegger, Willis y los diferentes 007 decidieron que la guerra fría había terminado, pero que eso no significaba el final de su amenaza. Las pesadillas de Occidente se llenan de monstruos soviéticos. Los de ahora no llevan uniforme, pero les huele el aliento a cofradía y la mirada está llena de sangre.

Promesas del Este crece sobre los restos del naufragio de la URSS. De allí surge una hermandad criminal dominada por un patriarca sin piedad que juega a comportarse como un afable padre. Tiene un hijo psicótico y una banda que da síntomas de agrietarse. Hasta aquí, lo habitual.

Pero ellos no son los protagonistas. La figura central es un chófer resolutivo y obediente y una comadrona angustiada por la suerte de un bebé. Para los cinco minutos, Cronenberg ya ha soltado dos relámpagos letales y un alumbramiento. Básicamente su jugada es la misma, la descomposición de un cuerpo. Sólo que aquí el protagonista no es sino el virus que acabará con el status quo a fuerza de fagocitar su poder, a fuerza de transformarse en él. O sea, que Cronenberg da la vuelta a su viejo proceder y lo hace además con una mezcla de suficiencia y desaliño disfrazado con la coartada del humor.

Hay ecos de tragedia griega, juego de política de trastienda, secuencias de violencia inapelable y un relato que mezcla parodia con solemnidad. También hay un deseo de resultar accesible y demasiadas concesiones; lo que impide que todas sus cargas de profundidad logren su objetivo. Entre las que se pierden está el personaje de Naomi Watts, demasiado blando-maternal cuando es obvio que en ella late una necesidad perversa y sensual. ¿Qué hace una comadrona vestida de cuero a lomos de una motocicleta? Cronenberg no la hubiera desaprovechado en otro tiempo.

Tampoco el histriónico maniqueísmo de Vincent Cassel ayuda a reforzar la verosimilitud del relato, ni la previsibilidad de la historia, sujeta el suspense que demanda. Son titubeos propios de una duda de fondo: ¿a quién le está contando este filme? Pero incluso ni este Cronenberg favorable a las rebajas puede evitar sugerir que, en su interior, anida algo escalofriante.

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