Candidatos a presidir Europa: Junker, Schulz y Verhofstadt, tres hombres y un destino

Si nos atenemos a los sondeos, a lógica composición ideológica de los distintos países y la correlación de pactos entre las distintas fuerzas políticas, tres son los líderes que pueden ejercer el liderazgo de las principales instituciones europeas a raíz de las elecciones del próximo 25 de mayo: Jean- Claude Junker, MartinSchulz y Guy Verhofstadt. Los tres son los candidatos a presidente de la Comisión Europea por el Partido Popular Europeo (PPE), por laAlianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D) y de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ALDE). Yo ya anticipo que creo que esta troika de veteranos y bregados políticos europeos de una u otra forma van a ocupar los principales cargos de la UE. Mi particular quiniela es la siguiente: dado que Verhofstadt ya ha declarado públicamente su apoyo a Schulz, veo a éste de presidente de la Comisión, a cambio de que aquél lo sea del Parlamento, por lo que a Junker le quedará la opción de presidir el Consejo en sustitución de Van Rompuy. No cabe duda que las consecuencias prácticas del Tratado de Lisboa van a afectarnos a partir del 26 de mayo, cuando los nuevos eurodiputados propongan al Consejo y éste lo ratifique al próximo presidente de la Comisión. Me atrevo a decir que estamos en los inicios de una nueva forma de hacer Europa. Es imposible que no afecte a su funcionamiento – yo creo que para bien – que el presidente no lo designen los jefes de Gobierno de los Estados miembros. Eso va a conferir un carácter y una nueva personalidad a la Comisión, como va a poner en valor la capacidad legislativa del Parlamento y, sobre todo, va a atemperar el poder del Consejo.

Siendo esto así y teniendo en cuenta, pues, la relevancia de estas elecciones, conviene acercarse a la biografía e ideas de los principales candidatos.

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Jean-Claude Junker: Uno de los principales muñidores de la integración europea desde el flanco intergubernamental en el último cuarto de siglo pertenece, paradójicamente, a uno de los países más pequeños y con menos peso específico en las instituciones de la UE: Jean-Claude Juncker, quien fuera durante casi 19 años, entre enero de 1995 y diciembre de 2013, primer ministro del Gran Ducado de Luxemburgo, amén de ministro de Finanzas de 1989 a 2009. El más duradero jefe de Gobierno europeo ganó tres elecciones generales consecutivas y encabezó cuatro gabinetes de coalición antes de verse obligado a dimitir en julio de 2013 como consecuencia de un escándalo con responsabilidades políticas, el caso del espionaje de los servicios de inteligencia del Estado. Su partido, el Popular Social Cristiano (CSV), volvió a ser el más votado en los comicios anticipados de octubre, pero esta vez ya no consiguió asociarse ni con los socialistas ni con los liberales, quienes se entendieron por su cuenta. Ecuánime y matizado, agudo y socarrón, sutilmente carismático, Juncker destacó con un estilo propio en el abigarrado concierto europeo, donde cimentó su prestigio como ingeniero de la Unión Económica y Monetaria y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, así como, durante ocho convulsos años, presidente del Eurogrupo, la reunión de ministros de Finanzas del euro. El experimentado gobernante fue además dos veces presidente de turno del Consejo Europeo, se sentó en un centenar de cumbres europeas y fue un hábil interlocutor y negociador en infinidad de procesos, entre ellos los que alumbraron cinco grandes tratados europeos. Durante el incendio que prendió en las deudas soberanas de la Eurozona, el dirigente luxemburgués prolongó su notoriedad como el encargado de organizar el rosario de rescates, con resultados harto discutibles, de los países asfixiados por la prima de riesgo y de diseñar los fondos financieros para estabilizar un euro en peligro mortal. Quien venía de entenderse con el jefe franco-alemán de Chirac y Schröder, y de coquetear con la corriente federalista, no terminó de sintonizar con la poderosa canciller Merkel, la cual rechazó sin contemplaciones su propuesta de los eurobonos (“una respuesta fuerte y sistémica a la crisis”, “un mensaje claro a los mercados”, dijo al presentarla en 2010), acogida en cambio con interés por una mayoría de líderes europeos. Aunque comprometido con la consolidación fiscal de la Eurozona, Juncker, habitualmente sin pelos en la lengua a la hora de criticar, guardó cierta distancia de las posturas más ortodoxas o rígidas dentro del llamado grupo de Frankfurt, se aproximó a los que pedían compaginar la austeridad y el estímulo del crecimiento, y alertó contra la brecha creciente entre el núcleo duro de la Europa del Norte y las economías intervenidas de la Europa del Sur. En 2009 se postuló sin éxito para presidente del Consejo Europeo y en 2014 ha aceptado ser el candidato del Partido Popular Europeo (PPE) al puesto de presidente de la Comisión Europea.

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Martin Schulz: El diputado socialdemócrata alemán Martin Schulz preside desde comienzos de 2012 el Parlamento Europeo. Entonces resultó elegido en el marco del pacto de legislatura adoptado en 2009 por su grupo, que lideró durante ocho años, la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D, segunda fuerza del hemiciclo y expresión del Partido de los Socialistas Europeos, PSE), y los conservadores del Partido Popular Europeo (PPE). Su mandato de dos años y medio expira tras las elecciones de mayo de 2014, a las que ahora se presenta como candidato del PSE a presidente de la Comisión Europea y con una prioridad máxima: la creación de empleo. Antiguo librero de profesión y sin formación universitaria, Schulz ha sido en la última década uno de los miembros más conocidos de la Eurocámara, donde se sienta desde 1994, por su verbo directo, su estilo vehemente y sus firmes convicciones. Ha procurado hacer valer la opinión del Parlamento, la única institución de la UE elegida directamente por los ciudadanos pero tradicionalmente marginada de las grandes discusiones políticas, en las decisiones emanadas de las cumbres del Consejo y el Eurogrupo, es decir, los gobernantes nacionales. Una pretensión que está en consonancia con la ampliación de poderes que el Tratado de Lisboa otorga al Parlamento. Acérrimo defensor del euro, Schulz ha advertido que la UE puede “fracasar” si no complementa su unión económica y monetaria con una unión política, y sostiene la necesidad de acompañar las recetas de austeridad para reducir el déficit con políticas específicas para el crecimiento y el empleo. Ha criticado los recortes sociales en los escenarios de recesión o estancamiento y defendió la emisión de eurobonos para combatir la crisis de las deudas soberanas de la Eurozona. Con todo, en 2012 respaldó el Pacto Fiscal diseñado por su paisana y cuestionada adversaria política, la canciller democristiana Angela Merkel. El auge de los populismos, las “fuerzas centrífugas” y las tendencias a la “renacionalización”, junto con la falta de un “pacto social” y el peso creciente del componente intergubernamental son, a su entender, los principales peligros que acechan a la UE.

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Guy Verhofstadt: El primer ministro de Bélgica entre 1999 y 2008 fue Guy Verhofstadt, líder en diversos períodos de uno de los principales partidos políticos de la Comunidad Flamenca, el liberaldemócrata Open-VLD, antes llamado VLD y PVV. En origen un joven neoliberal admirador del thatcherismo, Verhofstadt evolucionó a un liberalismo con acentos más sociales y progresistas, al tiempo que afianzó un doble compromiso con el federalismo: el que mantiene unido a su país, Bélgica, Estado que ensamblan con creciente dificultad los flamencos neerlandófonos al norte, los valones francófonos al sur y la isla bilingüe de Bruselas en medio; y el que podría pautar la construcción europea, hoy por hoy dominada por el poder intergubernamental. Como ganador por escaso margen de las elecciones generales de 1999 y 2003, Verhofstadt, primer jefe de Gobierno no cristianodemócrata o socialista desde antes de la Segunda Guerra Mundial, encabezó dos gabinetes nacionales de amplia coalición, con socialistas, liberales/reformistas y verdes de las dos comunidades, que agotaron sendas legislaturas. En 2009 Verhofstadt salió elegido miembro del Parlamento Europeo y se convirtió en el líder del Grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ADLE). Consecuente con su europeísmo de signo federalista, durante la crisis de las deudas soberanas de la Eurozona defendió la emisión de eurobonos y criticó el conservadurismo financiero de la canciller alemana Angela Merkel. En 2014, con motivo de las elecciones Europeas y una década después de su primera candidatura, entonces frustrada por el veto anglo-italiano, es aspirante a presidir la Comisión Europea en nombre de la ADLE. Sus propuestas se centran en la creación de empleo, la reducción de la burocracia, y la eficiencia y la transparencia de las instituciones europeas, a la vez que pone en guardia contra el avance del euroescepticismo y se confiesa “obsesionado” con la pérdida de influencia de Europa en el mundo.

De ellos y de sus decisiones va a depender en gran medida el futuro cercano de la Unión Europea. Todos ellos conocen bien los intrincados caminos de la construcción de la UE, Junker muy cercano a los jefes de Gobierno y buen maniobrero con ellos, Schulz de notable perfil político-ideológico, capaz de dar un impulso a los principales proyectos europeos y Verhofstadt hábil parlamentario hacedor de mayoría a múltiples bandas a base de negociaciones interminables. No hay duda de que se lo saben. Queda por saber si son capaces de creerse Europa más allá de sus cargos y devolver al proyecto europeo el impulso que ha perdido en la última década.

Presupuesto UE 2014 – 2020: la increíble Europa menguante

Los líderes de la Unión Europea siguen acostumbrándonos al ridículo espectáculo de sus interminables citas contrarreloj para arreglar problemas que llevan meses encima de la mesa. Cualquiera diría que vivimos en el siglo XIX y que de nada sirve que puedan hablar unos con otros en el día a día como para no conocer perfectamente las posiciones enfrentadas y las alternativas de consenso. Pues no, parece que nuestros dirigentes le han tomado el gusto al género de suspense y necesitan 26 horas seguidas de reuniones, sin dormir apenas, y con pausas bilaterales continuas, para alcanzar un acuerdo relevante. Esta vez les tocaba en suerte un asunto no menor: el presupuesto de los 27 – el 1 de julio seremos 28 con la incorporación de Croacia -, la expresión en cifras de las intenciones de la Unión Europea para sí y para el resto del mundo. Las dificultades para su aprobación han hecho necesario un Consejo Europeoextraordinario dado que las posiciones se enquistaron en una doble matriz diabólica: norte/sur, ajustes/crecimiento, Merkel/Hollande y para colmo, el ultimátum en forma de referéndum del Reino Unido. Todo un reto, por tanto, para la cumbre de Bruselas que se ha saldado como casi siempre, in extremis, al borde del precipicio y con la solución menos mala, pero no buena. Podría decirse en forma metafórica que Europa camina firme hacia su futuro como el síndrome del “increíble hombre menguante”.

En 1956, Richard Matheson, uno de los grandes guionistas de Hollywood, escribía su novela llevada al cine un año después por Jack Arnold, “El increíble hombre menguante”. En el film, su protagonista pasando un agradable día en un barco prestado se ve envuelto de repente en una especie de niebla radioactiva y es cubierto por ella.  Sin saberlo, ésta le provoca problemas de estatura y peso. Pasan los meses y descubre que todo su cuerpo está empequeñeciendo, por lo que es sometido a multitud de pruebas, con las que llega a la conclusión de que la niebla es la causante de su cambio de tamaño. En poco tiempo, su cuerpo se ve reducido a pocos centímetros, lo cual cambia su carácter y su vida. La trama de la película se convierte en el intento de Scott Carey – el protagonista – por trata de superar los problemas que acarrea su pequeño tamaño, antes desconocidos para él. De esta forma, el autor nos enfrenta a la inevitable pregunta que se hace el hombre frente a la adversidad: “¿Quién soy?”. La solución del protagonista es reinventarse ante su nueva realidad, sobrevivir a pesar de todo. Scott Carey comprende la necesidad de trascender sus creencias, obligado a adaptar su mapa mental y enfrentarse a los peligros desde una nueva dimensión. ¿A que nos suena el guión a lo que nos está sucediendo en el último lustro en la Unión Europea? Esa enfermedad repentina que aqueja Europa ante una crisis económica y monetaria impredecible y de desconocidas consecuencias, ha convertido a sus gobernantes en unos personajes menguantes que están empequeñeciendo a su vez a Europa. Europa disminuye de perfil en sus cuentas, en sus planteamientos políticos y en su presencia internacional.

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Dicho esto, los europeístas convencidos debemos adaptarnos a la circunstancia y seguir trabajando por el proyecto común del mayor espacio de libertad y progreso que sigue existiendo en el mundo. Por eso debo reconocer que Herman van Rompuy, el presidente del Consejo Europeo, ha logrado seducir a todos. A los ‘amigos del mejor gasto’, con un presupuesto por primera vez más reducido que el anterior y con un recorte de 93.000 millones de euros respecto al texto de la Comisión, y a los ‘amigos de la cohesión’, con un fondo para combatir el desempleo juvenil y compensaciones en agricultura y las regiones. En concreto, el presupuesto europeo contará con 34.000 millones menos que en el período 2007-2013 a repartir entre 28 Estados miembros. Conciliar las posiciones de Reino Unido y Alemania, en sus ambiciones de recortes y a Francia y España, en sus deseos de poner en marcha políticas de cohesión para la creación de empleo y los fondos para la agricultura. No obstante, el documento contempla un recorte adicional de 13.000 millones de euros respecto a su plan de noviembre, situando el tope de los compromisos en 960.000 millones.

Si lo miramos conceptualmente, es decir, partida a partida, política comunitaria a política comunitaria, la realidad es compleja. Mientras que han aumentado en 34.000 millones de euros la partida de competitividad y crecimiento respecto al actual marco financiero, lo que asegura que se salvará el programa de intercambio Erasmus y dará aire a la iniciativa de apoyo al transporte, la energía y las telecomunicaciones “Conecta Europa”,  en cambio, si se compara con la propuesta de la Comisión, la reducción es de 39.000 millones y el dinero destinado al plan europeo de infraestructuras se queda en 30.000 millones de euros, 20.000 millones menos de lo esperado. La política de cohesión ha sufrido un nuevo tijeretazo que ha dejado los fondos en 325.149 millones de euros, 55.000 millones menos que en el texto del Ejecutivo comunitario y 30.000 millones por debajo de lo establecido en el marco actual. Para no cebarse con ‘los amigos de la cohesión’, el recorte a la agricultura fue más moderado, de 17.000 millones. Disminuyen los cheques, no así el británico, y España, que se mantiene como receptor neto, recibirá una compensación para desarrollo rural de 500 millones de euros.

Por otro lado, el desempleo se hace un hueco en el presupuesto. Los Veintisiete han aprobado un plan de 6.000 millones de euros para combatir el paro juvenil en las regiones más afectadas por esta lacra, como España, donde ya roza el 56%. De ese monto la mitad correspondería a dinero nuevo y los otros 3.000 millones procederían del Fondo Social Europeo. En cuanto a los gastos administrativos, la partida que nutre los salarios de los funcionarios europeos, y que en noviembre se libró de la quema, sufre un recorte de 1.000 millones de euros, que ha servido para calmar los ánimos británicos. Se mantiene la propuesta de la Comisión de reducir un 5% el personal, a cambio de incrementar el número de horas laborales. Aunque los sueldos no se rebajarán, sufrirán una congelación de dos años. Así las cosas, se abren siete años de presupuesto recortado, cicatero, pero también es cierto que con una clara intención de cambio de prioridades. La agricultura con precios garantizados pierde peso; las infraestructuras de los países del Este tendrán que esperar; el empleo se cuela entre las políticas de fomento europeas; la investigación, la innovación, eficiencia energética o la educación, se salvan de la psicosis de la tijera. La administración como gran perceptor de los fondos y ayudas ven mermado su poder, para dar paso a la interlocución más directa de la Comisión con las empresas. Y esa todopoderosa maquinaria funcionarial de Bruselas, deberá aprender a vivir de forma más austera, aunque sus ratios de eficiencia población/funcionario, sea la mejor del mundo.

No hablar de vencedores y vencidos en estas cumbres y más cuando se discuten los dineros que se deben poner en los próximos siete años sería infantil aunque lo cierto es que mejor nos iría si habláramos más de Europa y menos de nuestros intereses nacionales. El teórico gran vencedor David Cameron, se lleva como él mismo dijo la decisión de recortar por primera vez en la historia lo que la tarjeta de crédito europea puede gastar. El perdedor más claro, el presidente de la Comisión Europea, Barroso,  que pierde la batalla en cuantía, aunque no en calidad de las políticas. Merkel como casi siempre se ha salido con la suya en su obsesión austera y se alía con los británicos en su cruzada. De los grandes, Francia es la peor parada y Hollande a su soledad en su operación militar en Malipara luchar contra los yihadistas islámicos, añade otra derrota en sus pretensiones de lanzar políticas de reactivación económica desde los sectores públicos. España se lleva una de cal y otra de arena, seguirá siendo receptor neto y recibe 1.000 millones para la lucha contra el empleo juvenil, pero pero pierde los 1.000 millones de euros para las Comunidades Autónomas que planteaba la propuesta de noviembre. La última palabra, sin embargo, la tiene el Parlamento Europeo que en los próximos tres meses debe ratificar las cuentas. Hoy por hoy, los principales grupos del europarlamento, popular, socialista, liberal y el de los verdes, se han manifestado enormemente críticos con unos presupuestos que consideran debilitará el crecimiento y la competitividad y “conduce a la UE a un déficit estructural”. Veremos si los representantes de todos los europeos son capaces de ejercer su responsabilidad sin plegarse a las presiones de sus partidos nacionales. En el juego de enmiendas se pondrá de manifiesto el protagonismo que el Parlamento Europeo al que le queda un año para ir a elecciones quiere tener. Estaría bien que los gobernantes tan preocupados por salvaguardar su cuota de poder tuvieran que aceptar correcciones significativas de aquellos a los que hemos elegido para hacer más grande la Unión. La democracia es la mejor medicina para combatir la enfermedad menguante de Europa.

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El mal ejemplo europeo de la intervención en Malí

Entristece constatar una vez más que la Unión Europea es un pigmeo político en la escena internacional, sobre todo cuando toca pasar de la diplomacia comercial a acción exterior de defensa. El gigante económico se encoge y avergüenza si las decisiones suponen costes que las opiniones públicas de sus Estados no están dispuestas a asumir. Ante las amenazas que rodean a escasos miles de kilómetros las fronteras de nuestro bunker del bienestar, cada cual mira para otro lado evadiendo la responsabilidad de una tarea común. Acogiéndonos al bochornoso pasado colonial de cada uno, encasquetamos las misiones a la antigua potencia de ocupación como si los siglos de emancipación no contaran para nada. El último mal ejemplo no lo está granjeando la intervención militar unilateral francesa en la república de África occidental de Malí. Más pruebas de incoherencia política, deslealtad entre socios y vulneración de las normas internacionales, resulta difícil de encontrar.

Que la política de defensa y seguridad no constituye un pilar común de la UE y que simplemente se queda en declaraciones de deseos futuribles inalcanzables en la práctica, es una realidad conocida. Pero, sin embargo, algunos nos las prometíamos felices cuando con la rúbrica del Tratado de Lisboa, los líderes europeos decidían dar un paso de gigante creando el SEAE (Servicio Europeo de Acción Exterior) y ponía al frente de este monstruo diplomático a la británica Catherine Ashton. Tener una sola voz en el contexto internacional y en el día a día de los conflictos mundiales parecía suficiente garantía para avanzar en el hasta ahora arduo objetivo de tener capacidad de reacción y protagonismo activo como la gran potencia que se pretende ser. Y debemos reconocer que en materia comercial y de intercambio y transferencia de conocimiento y tecnología la nueva diplomacia europea rinde a buen ritmo. Ha sido capaz de agilizar negociaciones estancadas durante décadas, ha abierto mercados de economías emergentes e incluso se puede reconocer que en las crisis internacionales más recientes como lo ha sido el fenómeno de la llamada primavera árabe, ha logrado evitar la tradicional cacofonía de los Estados miembros.

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Pero, ¿de qué nos valen tales avances si en intervenciones como la de Malí quedan al descubierto todas nuestras miserias políticas? Si analizamos el caso con un poco de frialdad, nos daremos cuenta de que reúne todos los requisitos para justificar una acción de intervención internacional y, visto desde la estricta óptica europea, tales argumentos se duplican en razones. En primer lugar, la amenaza es cierta y declarada, la ofensiva de las milicias yihadistas busca ocupar un territorio clave en la geoestrategia de la región africana y desestabilizar al vecino del norte, Argelia. Muchas de las reservas energéticas y de materias primas cuyo suministro es básico para las economías europeas, está en juego en la zona de conflicto. Desde el punto de vista humanitario, como nos ha demostrado el reciente secuestro y posterior tragedia en víctimas de la planta de gas en In Amenas, proteger la vida de ciudadanos europeos que desarrollan su actividad profesional en estos países es una obligación de la UE. Y, por supuesto, interponer un contingente militar cualificado en la zona bélica es fundamental para tratar de evitar las masacres indiscriminadas que estos grupos extremistas pueden llevar a cabo entre la población civil.

Francia le amparan poderosas razones para intervenir en Malí, las mismas con las que debía haber convencido a sus socios europeos para alcanzar un acuerdo conjunto que presionara a la comunidad internacional para llevar a cabo una misión de Naciones Unidas que contara con todos los requisitos de legalidad necesarios. Es evidente que en este caso el enemigo aprovecha los tiempos empleados por la diplomacia internacional para progresar en su ofensiva y con ello incrementar gravemente el riesgo para Europa. Pero la misma agilidad con que se ha puesto en marcha la operación militar gala, no se ha empleado para reunir de urgencia a los jefes de gobierno europeos en consejo extraordinario. Cabe también, por tanto, censurar la conducta del presidente Van Rompuy tan ágil en algunos momentos de la crisis del euro urgido por la Alemania de la cancillerMerkel y tan poco sensible a las solicitudes de la Francia del presidente Hollande.

De la actitud del resto de socios mejor ni hablar porque ralla en la indecencia. Sirva como ejemplo límite de indignidad la del gobierno español que por boca de su ministro de Exteriores, García Margallo – con más motivo ex eurodiputado él – narró con todo lujo de detalles los enormes riesgos que la ofensiva yihadista suponía para los españoles, para a continuación detallar la ingente ayuda deEspaña en la operación en Malí concretada en el permiso concedido a la aviación gala en el espacio aéreo español y la participación de una aeronave de transporte del ejército español. Con socios así casi no hacen falta enemigos y desde luego cuando empiecen a repatriar cadáveres de militares franceses caídos en la zona de conflicto, sus familiares no podrán olvidar la enorme generosidad con que el resto de los europeos les estamos ayudando a combatir.

Haber cedido el papel de gendarme mundial a Estados Unidos no solo nos resulta muy caro, sino que se está demostrando que ha sumido a nuestras sociedades en un letargo idílico de pacifismo avestruz. Un tic mimético en todos los Estados miembros salvo el Reino Unido, tradicionalmente movilizable en defensa de lo propio, que impide vislumbrar el riesgo si este reconocimiento lleva parejo el sacrificio nacional en vidas humanas. Somos cada vez más un niño gigante, una especie de crío mal educado que no para de crecer sin querer abandonar su infancia. Así nos ve el mundo, sumidos en esa paradoja de una población avejentada que no es capaz de madurar y ocuparse de las responsabilidades que el contexto internacional nos depara. Tal vez nos sigue pesando demasiado nuestra memoria trágica de haber sido causantes de dos guerras mundiales y cientos de guerras civiles en nuestra historia como para ser conscientes de que la seguridad del mundo nos necesita.

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Lo que perdimos en 2012

Concluye el cuarto año oficial de la crisis económica que salió a la luz de los medios de comunicación con la caída de Lehman Brothers el 14 de septiembre de 2008. Entonces nos resultaba difícil entender que estaba pasando, todo parecía quedar en un juego de gigantes de Wall Street envuelto por la avaricia incontenible de los brokers financieros. Pocos se atrevieron a pensar que detrás de aquellos titulares a cinco columnas en los periódicos salmón se escondía un crack auténtico del sistema capitalista en su moderna versión neoliberal. La globalización y la presión de los Estados emergentes – ChinaBrasilIndia,Turquía… en conjunto cerca del 40% de la población mundial – en su proceso de crecimiento estaban detrás de una crisis que empezó siendo financiera y ahora es claramente sistémica. Son ya cuatro años de caída de todas las tasas macroeconómicas en el mundo desarrollado o por ser más claro, del mundo rico. Un mundo que se para a toda velocidad, que ha encontrado la inercia perfecta para autodestruirse a los ojos atónitos del resto de la civilización pobre. Tanto asustamos los ricos en nuestra autoproclamada recesión que los pobres tratan desesperadamente de evitar nuestro parón para no ser presa de de nuestra inactividad. Pero la única realidad palpable que han dejado estos cuatro años, largos y precipitados, es la desigualdad creciente entre pobres y ricos en todo el planeta, incluso y de manera especial en los países más ricos. La miseria se está globalizando y cada vez resulta más difícil hablar de ricos y pobres en función de la latitud de la Tierra en la que estemos.

El 2012 será recordado por todos como el gran año de los ajustes, el de los recortes generalizados de los Estados del Bienestar que Europa consagró como mejor sistema para no caer en tentaciones fascistas o comunistas, para darle sentido a la libertad y a la democracia en un espacio de social y de derecho. Nunca antes se había puesto tanto en duda la arquitectura de ese diseño político como en estos últimos doce meses. Bajo el dictado uniformador de la Alemaniade Ángela Merkel, las instituciones europeas han impuesto medidas de enorme sacrificio para las clases medias de los países más afectados por la crisis. El sustrato básico que soporta el crecimiento armónico de las sociedades europeas se ha visto brutalmente afectado. Y todo ello con el único afán de saciar a unos mercados empeñados en poner en riesgo la supervivencia del euro y que pusieron todas sus armas de destrucción masiva en el escenario de la deuda soberana de los Estados con mayores desajustes de sus cuentas públicas. En vez de acudir unánimemente a la defensa de un sistema, en vez de articular políticas verdaderamente europeas salvaguarda de la Europa social, ha imperado el reino de sálvese quien pueda y que palo que aguante su vela. Se aprobaban medidas de unión fiscal y bancaria en Bruselas por los líderes de los 27, pero la detrás de ellas subyacían severos programas de recortes que complican sobremanera la convivencia en los Estados de la UE en dificultades.

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La Europa de los pueblos, de sus ciudadanos, de los derechos en definitiva se construyó sobre dos pilares de protección: la educación y la sanidad. Haciéndolos universales y gratuitos, todos reconocimos el derecho a la igualdad de oportunidades y el amparo ante situaciones de necesidad independientemente de la renta per cápita. La presión demográfica de una Europa envejecida nos llevó a añadir paulatinamente el pilar de la asistencia social. Esa conquista legal que supuso en el caso de España la promulgación de la ley de Dependencia no era sino el reconocimiento de una realidad. Sin embargo, la crisis se ha encargado de desmantelar lo que aún ni siquiera había llegado a construirse. Pero nos guste o no, la presencia de una población mayor afectada por enfermedades de senilidad y el reconocimiento de los derechos de los discapacitados y el cuidado de enfermos crónicos no desaparece por la crisis, sino que se acentúa la necesidad de atenderlos. Si la educación, la sanidad y la asistencia social están viendo en serio peligro de sustentarse los pilares de recursos económicos y humanos que los han venido sustentando, no es menos arriesgado el cercenar las esperanzas de futuro al recortar los presupuestos destinados para la investigación. La ciencia y el conocimiento son la mejor inversión para garantizar esa Europa social que es la verdadera protagonista del Nobel de la Paz que acaba de recibir la Unión Europea. Europa se diferencia de Estados Unidos en el modelo social de protección y, sobre todo, en el enfoque de su inversión en investigación. Mientras que la Administración norteamericana se ha caracterizado por priorizar sus inversiones en la industria militar, Europa lo ha hecho en áreas de innovación y mejora de la calidad de vida de las personas. De ahí que el frenazo a este tipo de proyectos suponga una auténtico drama para toda la humanidad.

Ahora que el año concluye, el presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy, nos alegra el turrón manifestando solemnemente que “que 2012 es el año que ha marcado el punto de inflexión para la superación de la crisis del euro y que los esfuerzos realizados en estos meses darán sus frutos. Los gurús de las macroeconomía nos empiezan a hablar de una ligera recuperación a finales del próximo año y los gobiernos se apresuran a atisbar los primeros brotes verdes de sus respectivas economías. Están empezando a concluir su programa de ajustes, a anunciar el final del quinquenio negro y a alumbrar la llegada del señor crecimiento para el 2014. Un años más de sacrificios y estaremos al otro lado del río pasada la tempestad. Curiosa manera de cegar nuestra consciencia, como si no supiéramos que lo importante no es ya que se recuperen las tasas de crecimiento, sino el estado en que habrá quedado la sociedad y su entramado de derechos para entonces. Pretenderán hacernos creer que han acertado con sus medidas plagadas de recortes de derechos porque han sacralizado los cuadros macroeconómicos y tratarán hacernos olvidar los verdaderos índices de progreso de una sociedad, los que afectan a cada persona, a cada familia, en su auténtica circunstancia y no los que estadísticamente equiparan a millones de seres anónimos. Es seguro que en el plazo incierto de uno o dos años, las cifras oficiales lanzadas por las autoridades serán más positivas que las actuales, pero lo que es aún más evidente es que para entonces los niveles de desigualdad se habrán disparado y que los mecanismos que corregían las injusticias sociales se habrán desmantelado.

Es por ello que es ahora que empiezan a hacernos creer que todo va a ir mejor, cuando debemos cuestionarles a qué coste se va a producir esa recuperación y si nos vale la pena aceptarla. Un año más de reformas puede suponer un cambio de modelo definitivo – probablemente el objetivo alcanzado, si no buscado por los poderes del mercado – y la implantación de una suerte de Estado neoliberal europeo al estilo de Estados Unidos. Europa sigue suponiendo la última barrera real para la instauración de un nuevo orden internacional económico en el que primen los intereses economicistas, las rentabilidades a corto y el individualismo más egoísta. Molesta el euro porque detrás de nuestra moneda está el Estado del Bienestar, ese ejemplo de vida en común que bien defendido y promovido anhelan muchos pueblos de la humanidad. Algo que va directamente contra los intereses dictatoriales de los grandes entramados económicos que provocaron el inicio de esta absurda crisis. No sé si estamos aún a tiempo de frenar el deterioro de nuestro sistema social, ni si seremos capaces de recuperar muchos de los derechos asolados en estos cuatro años, pero lo único que se me ocurre hacer es compartir la necesidad de consciencia en estos momentos de tsunami que está viviendo la calle.

Corremos un serio riesgo de enfrentamiento social, el que se produce cuando la miseria se instala y cada cual ya solo mira por garantizar el pan propio y el de los suyos. Las redes de solidaridad se han puesto en entredicho y además no tienen recursos para ayudar a la legión de necesitados que se agolpa en las esquinas. Millones de niños por debajo del umbral de la pobreza, decenas de millones de jóvenes sin empleo y de mayores sin pensiones para subsistir,  componen un paisaje de miserables que el gran Victor Hugo ya dibujó en el universo urbano europeo. En 2012 hemos perdido muchas cosas, sobre todo, la ilusión y la esperanza, nos hemos instalado en la resignación de la crisis, en la aceptación del desastre y con el paso del tiempo, la protesta cada día se ha hecho menos colectiva y más individual. Cada vez protestamos menos contra los que nos imponen la injusticia y más por lo que el de al lado tiene. La bronca se está haciendo más tribal y la sociedad cada vez más insensible al dolor del vecino. Por eso se hace imprescindible recuperar la conciencia social, la memoria histórica de lo que fuimos capaces de construir juntos y lo que estamos perdiendo por incapacidad de organizarnos mejor contra quienes enfundados en intereses particulares nos venden pseudoverdades dogmáticas. Se impone la obligación colectiva de trabajar por un nuevo contrato social, que si precisa de reajustes en nuestra forma de vida y de consumo de recursos, sea alcanzado mediante el diálogo y la negociación entre desiguales, no desde la imposición de los fuertes a los débiles. Y en este empeño necesitamos lo primero reiniciarnos, resetear todos nuestros prejuicios y, después, precisamos recuperar el valor de las ideas y del pensamiento, el único verdadero motor capaz de cambiar el mundo.

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El euro y Europa son ahora más fuertes… o ¿no?

Con una frase tan rotunda como vacua, terminó su rueda de prensa tras la cumbre europea de verano el presidente Mariano Rajoy: “el euro y Europa son ahora más fuertes”. Después de dos días de intenso trabajo, los jefes de Gobierno de la Unión salían desubicados – en palabras del presidente del Consejo Van Rompuy– sin tener muy claro si era de día o de noche. Y todo ello debido al plante por sorpresa de España e Italia al plan de crecimiento de no tratarse y aprobarse antes los nuevos mecanismos de financiación a la banca, en especial la española. Una jugada que en la reunión de la pasada semana en Roma entreMerkelHollandeMonti y Rajoy ninguno descubrió y que puso patas arriba el plenario del Consejo Europeo y del Eurogrupo. Parece que el presidente español a base de aplicar su galleguidad a la política europea, está logrando sumir a todos sus colegas en el marasmo del ni si, ni no, sino todo lo contrario cuando se refiere a la parte contratante de la primera parte que será considerada como la parte contratante de la primera parte. Al más puro estilo marxista – evidentemente no ideológica, sino la ironía de los hermanos – la UE lleva enzarzada dos meses con el rescate – norescate español, sin ser capaz de formular una propuesta concreta.

Es cierto que gracias al vértigo con que se han acostumbrado a acudir los dirigentes europeos a sus cumbres, todos se asoman al precipicio en la madrugada del jueves a viernes a cogidos de la mano se disponen a bailar el ritual de la yenka, un pasito para adelante y dos pasitos para atrás. Después, a la mañana siguiente todos se esfuerzan en realizar su particulares visiones de los acuerdos, dejando muy claro que ninguno de ellos han cedido nada y que salimos reforzados como europeos. Y para concluir la representación, el lunes los mercados se encargan de poner a cada uno en su sitio, que últimamente no es otro que en el de la falta de credibilidad institucional europea. Pero no es menos cierto que a base de miedo, diría pánico, la Unión sigue caminando o al menos no se rompe. Además en esta cumbre ha quedado de manifiesto que Europa ya no avanza al paso monocorde que marcaban Merkel y Sarkozy, algo ha empezado a cambiar en estas 48 horas y en la previa llevada a cabo en la Ciudad Eterna. Los nuevos equilibrios políticos empiezan a mostrar señales, Francia ha trabajado de “tapado” de las posiciones defendidas por España e Italia y a Alemania le quedan como fieles escuderos, su cinturón de hierro, formado por  HolandaEslovaquia,LuxemburgoFinlandiaAustriaEslovenia y Estonia. El Mediterráneo se ha alzado ante la política calvinista de austeridad y ajustes. Al menos ahora el debate está abierto.

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Alemania aceptó a regañadientes en la reunión de Roma la puesta en marcha de un plan de crecimiento para la UE basado en su Estrategia 2020 de Economía Inteligente. La recesión que se extiende por el continente – Francia se ha frenado ya en el último trimestre – ha obligado a Merkel a asumir que se destinen 120.000 millones de euros a proyectos de innovación, investigación e infraestructuras. Su contraataque en la Cumbre de Bruselas no se hizo esperar. Sabedora de que a fecha de hoy por la situación que aún atraviesa la economía alemana tiene una posición de predominio, quiso aprovechar la ventaja para proponer avances en la unión política, fiscal y bancaria. Más Europa, aunque eso sí, a la alemana. Algo que causa problemas al novel presidente francés, François Hollande, dado lo sensible que es la opinión pública francesa a ceder soberanía – recordemos el no francés en el referéndum de la Constitución Europea -. Así las cosas, Merkel ha logrado que antes de detallar de dónde saldrán los fondos y cómo se gestionarán, la Comisión proponga medidas para avanzar en la homogeneidad fiscal, es decir, presupuestaria nacional.

Una vez más, aquellas economías y con ellas sus ciudadanos que sufren la caída de demanda en forma de desempleo y pérdida de poder adquisitivo de las familias, tendrán que esperar al menos otros seis meses para que se pongan en marcha medidas de reactivación. Seguimos moviéndonos muy lento, mucho más que el entorno que nos rodea, como un paquidermo enfermo al que lo único que le queda es la memoria con su recuerdo de lo peligroso que puede llegar a ser una Europa desunida. La prioridad, por desgracia, seguirán siendo los ajustes presupuestarios, la refinanciación de la banca y, después, con suerte, hablaremos de crecimiento. No nos engañemos porque no caerá del cielo el maná ansiado de un plan marshall europeo sin que antes los posibles receptores estén en las condiciones que el donante pretende, es decir, suficientemente diezmadas sus arcas públicas y privadas como para prestar la ayuda en forma de compraventa.

Al menos esa sigue siendo la intención de una Merkel que llegó a afirmar desafiante en las vísperas de la cumbre que ella no vería en vida el nacimiento de los eurobonos. Por tanto, resulta difícil seguir creyendo al presidente Rajoy cuando se empeña en decirnos que el plan de saneamiento de la banca española no incluye “ninguna condicionalidad macroeconómica”. Algo que el presidente delBanco Central Europeo Mario Draghi contradecía casi en comparecencia contigua en hora y lugar al señalar que ”todas estas cosas, para ser creíbles, deberían ir acompañadas de una condicionalidad estricta. Esto es esencial, en caso contrario no serán creíbles”. O en palabras aún más claras las pronunciadas por Van Rompuy, “nada es gratis”. Lo cuenten como lo cuentes, pues, la realidad es tozuda y Rajoy, de todas formas sale aparentemente vencedor de este round europeo y que vive al día, se enfrenta ahora a la necesidad de seguir tomando medidas que desde la Comisión, el BCE y el FMI le piden ya a gritos.

La subida del IVA de productos y servicios básicos – que podría pasar del 4% o el 8% hasta el 18% -; el copago del medicamento sacando mas 450 fármacos del catálogo de cobertura de la Seguridad Social; las subidas de la luz y del gas que ya conocemos, son solo el inicio de un nuevo rosario de recortes de los que difícilmente podrán librarse los sueldos de los funcionarios y los contratos de interinos de la Administración y la edad de jubilación o el pago a los pensionistas. En este particular via crucis que venimos sufriendo los ciudadanos y en la senda regresiva de caída en nuestras rentas y en nuestros derechos, nos quedan aún muchos pasos atrás. Si ya nos movemos en términos relativos en situaciones como las vividas a principios de los 90, todo hace pensar que llegaremos a parecernos a la España de inicios de los 80, pero nada nos asegura que no tengamos que vivir como en los años 50 y nos tengamos que conformar con el biscúter porque no podamos comprar un 600.

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Nos azotan vientos de neopopulismo europeo: navegando entre ultras y piratas

Sabida es la afición twittera del presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, para comunicar su agenda de trabajo, pero resulta novedoso que emplee la red social para lanzar mensajes con sus preocupaciones políticas más íntimas. “Desgraciadamente, vientos de populismo amenazan a uno de los grandes logros de la integración europea: la libre circulación de las personas en el seno de la UE”, deploró el mandatario europeo. Van Rompuy expresó esta preocupación durante una visita oficial a Rumania, cuya adhesión al espacio Schengen (de libre circulación) está bloqueada por el gobierno holandés, bajo la presión de la formación de extrema derecha Partido por la Libertad (PVV) de GeertWilders. La misma que hace una semana obligaba a dimitir al Ejecutivo neerlandés y a convocar a la reina Beatriz elecciones anticipadas demostrando así su capacidad para quitar y poner gobiernos. Esa es una de las principales características de los fenómenos neopopulistas europeos. Ya no exploran la vía revolucionaria para la toma del poder, lejanos a los fascismos y comunismos de antaño, que pretendían cambiar la sociedad conquistando la cúspide de las estructuras decisorias, ahora sólo trabajan para tener la llave de la gobernabilidad, con el mínimo esfuerzo construyen minorías de bloqueo que condicionan las decisiones más trascendentes para la vida de los ciudadanos.

Resulta muy fácil en las actuales circunstancias de crisis económica que asola Europa levantar la bandera de la indignación para tras ella y convenientemente aderezado de discursos populistas esconder viejos prejuicios xenófobos y planteamientos antidemocráticos. Protestar desde el cabreo que la gente tiene contra la actual clase política es tan legítimo como necesario, pero combatir las irregularidades del sistema, su mala praxis o incluso reivindicar un cambio de modelo, nada tiene que ver con las ideas totalitarias que de nuevo algunos pretenden imponer en el continente europeo. El increíble ascenso del Frente Nacional de la mano de su lideresa, Marine Le Pen, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, asomándose a la cota del 20% de votantes y a solo seis puntos de Sarzoky, la opción del centro derecha republicano, ha levantado todas las alarmas en las élites de poder. Esas mismas élites que son las responsables de la situación al haber alimentado la quiebra de su relación con el colectivo que gobiernan. Población y gobernantes ya no pertenecen a la misma clase social, ya no representan los unos a los otros o los ciudadanos ya no se sienten representados por sus representantes. Una fractura de representatividad que se manifiesta mediante la paulatina caída de la participación en los comicios – especialmente aquellos que más cercanos, municipales, regionales… que no cuentan con el espectáculo mediático de las grandes citas electorales – y con la aparición de opciones radicales que atraen poco a poco el sustrato más popular de la población con la idea simplona de un nacionalismo pasional, sin inteligencia, que solo habla a los corazones amedrentados de personas asustadas por la pérdida de derechos a manos del neocapitalismo y de una inmigración que sienten como enemiga. Son hijos del Estado del Bienestar acomodado y no quieren perder su estatus, una suerte de chauvinismo del bienestar.

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Las opciones ultras calan con enorme facilidad en los jóvenes europeos que afrontan su futuro cada vez con más temor, abocados al fatal destino del paro o la emigración a otros continentes. En España, el desempleo juvenil supera el 50%, uno de cada dos jóvenes no encuentra trabajo y lo que es peor la mayoría de ellos se convierten en parados de larga duración. Su nivel de alejamiento de ese Estado del Bienestar construido por sus padres y que hace aguas por todas partes es día a día mayor. Del sistema solo reciben malas noticias y casos de corrupción de sus dirigentes, el mercado les impone la realidad vital sin que nadie levante por ellos el dedo meñique para defender su dignidad. Son carne de cañón para el neopopulismo y las ofertas más radicales, al fin y al cabo, a sus ojos las únicas capaces de salirse del pactismo entre los grandes partidos del quítate tú para ponerme yo. El modelo de consenso social fraguado en la posguerra mundial basado entre las fuerzas de centro derecho y centro izquierda y con las centrales sindicales como garantes externos del diálogo, hace mucho tiempo que ha degenerado en una suerte de pasteleo oligárquico que molesta profundamente a aquellos a los que debería servir. Lo increíble es que en sociedades asoladas por el paro y la pérdida de coberturas sociales como GreciaPortugal o España no hayan saltado ya por los aires las instituciones que han creado este caos y siga adormecida la sociedad a base de fuerzas del orden cada vez más presentes y de resignación sumisa de una gran parte de la población.

Mientras las recetas de la derecha, no solo no han fracasado, sino que han sido en gran medida las causantes del desastre, la izquierda balbucea mensajes carentes de credibilidad por su falta de coraje para poner en marcha un programa alternativo de desarrollo sostenible en Europa. La socialdemocracia se vendió con demasiada comodidad a los planteamiento neoliberales cuando el crecimiento trampa convertía todas las decisiones políticas en fáciles y, los comunistas democráticos europeos, mezclados sus postulados con los partidos verdes y un confuso conglomerado de opciones minoritarias, siguen teniendo tentaciones totalitarias en su ideario como receta contra la crisis. Todos ellos adolecen de falta de credibilidad, el tiempo los ha desgastado y, además, tienen la obligación de concretar sus discursos, esperamos de ellos que nos aporten soluciones específicas a problemas reales. El neopopulismo, sin embargo, no precisa de medidas o programa, canta la marsellesa, se enrolla en la bandera y nos promete tiempos mejores de la mano de esa gran familia llamada Nación, eso sí, una vez limpiada de todos los infectos colectivos causantes de los males que nos afectan con los inmigrantes a la cabeza. Cumplido su plan de depuración del solar patrio, la arcadia gloriosa del territorio nacional reinará tan grandiosa como solitaria. La globalización no va con ellos y la solidaridad solo es interpretable con el que piensa, reza o es del mismo color que tú. La vieja idea fundadora de los padres de Europa, la unión política de los pueblos, perece a manos de burócratas de la política en urbes sin personalidad que clonan sociedades de consumo con los estándares americanos de forma de vida. La identidad propia se ha diluido, la forma de hacer diversa y rica de cada cual ha perdido valor, la fuerza de la colaboración entre territorios se devalúa ante el creciente avance de unos falsos nacionalismos de pandereta, que tópico en ristre asolan a su paso las grises estructuras de la tecnocracia de sus Estados.

El balance provisional del avance de la ultraderecha les acerca a niveles de entre el 15% y el 20% en muchos Estados de la Unión. En los países escandinavos, donde la crisis del euro apenas se siente y la inmigración por dimensión no representa un problema, la ultraderecha se ha fortalecido elección a elección. EnFinlandia, los Verdaderos Finlandeses obtuvieron el 20 por ciento de los votos con el eslogan “No vemos por qué tenemos que pagar por Portugal” y en Suecia, losDemócratas de Suecia entraron por primera vez en el parlamento en 2010. EnAustria, el Partido de la Libertad de Austria y la Unión por el Futuro suman cerca del 30% de los sufragios, mientras en Benelux, en Bélgica el Vlaams Belang y elFront Nacional alcanzan cerca del 13% y en Holanda el Partido por la Libertad que ha tumbado el gobierno se sitúa en el 16%. En los Balcanes, la Unión Nacional por el Ataque en Bulgaria obtuvo el 10%, en Serbia el Partido Radical Serbio se acercó al 30%, en Hungría, el Movimiento para una Hungría Mejor un 18% y enGrecia, la Concentración Popular Ortodoxa creció hasta el 6%. Casos aparte suponen los de dos de los grandes Estados de la Unión, Italia, donde la Liga Norte, se mueve en porcentajes entorno al 10% y en Francia, el Frente Nacional, cuyo último dato ya citado de las elecciones presidenciales les ha llevado nada menos que hasta el 20%, con casi 6 millones y medio de votantes. No deberíamos olvidar que en la II Guerra Mundial, cerca de 250.000 voluntarios de las SS alemanas provinieron de países europeos, un dato escalofriante de una legión dispuesta a matar por el nazismo, que la historiografía de los vencedores ha mantenido silenciado. Hoy el mapa ultra y radical se extiende como una mancha de aceite y pese a que sus planteamientos son corpantimentos estancos, basados en el proteccionismo y el aislamiento de posiciones europeistas, el contagio en una sociedad globalizada donde la información y las opiniones se multiplica a toda velocidad en la red está garantizado.

En Alemania, aún bajo el poderoso efecto de la dramática historia del nacionalsocialismo que costó a la humanidad un holocausto de millones de víctimas y la partición y control de su territorio por cuatro décadas, crece el fenómeno antisistema representado por el Partido Pirata que ya cuenta con más de 20.000 afiliados y las últimas encuestas les sitúan en un 12% de intención de voto. Sus éxitos recientes entrando en el parlamento del länder de Berlín y en el deSarre, les han obligado a reformular parte de sus postulados en el reciente Congreso celebrado por la formación. Han tratado formalmente de alejarse de las posiciones neonazis, aunque de forma individual alguno de sus integrantes sigue manteniendo reivindicaciones de revisionismo de la historia del III Reich. Su esencia y origen es el del partido protesta, promulgando la transparencia y la participación como elementos regenaradores de la acción política. Lo que “ayer” representaron los Verdes con su defensa del medio ambiente como impulso de una formación política global, ahora lo es la defensa del medio de comunicación de la gente: internet. En ambos casos con la bandera de la renovación política frente a la vieja casta del fraude y la impunidad: pretenden abordar el galeón de los corsarios con corbata. Son los guerreros de la Red, pero en su tránsito a la madurez tienen enormes dificultades para estructurar una organización y formular unas propuestas concretas que sirvan a la sociedad para progresar. A su manera y sin pretenderlo, son nuevas formas de neopopulismo que se nutren del mismo sustrato: el descontento. Todos ellos, ultras o piratas, avanzan como el nuevo viento que azota una Europa confusa, enferma de falta de liderazgos integradores. Enfrente solo encuentran gobernantes atrincherados en la mercadotecnia política, en el control de medios de comunicación incapaces de ser independientes por sus carencias de autofinanciación y en la adocenada sumisión a las doctrinas que emanan de los mercados financieros. Ultras y piratas navegan con viento fresco y arrasan los sargazos de la política. De nada vale descalificarles o no querer atender a sus airadas voces, más nos valiera escuchar el quejido de una sociedad atemorizada por el mañana y ponernos a la tarea de ofrecer alternativas desde la democracia y la libertad, una rebelión ética, estética pero desde las ideas. Una reacción eficaz y capaz de cambiar el destino. De no ser así el paisaje de la vieja Europa volverá a cerrar fronteras y a encerrarse en ancestrales luchas de poder.

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Cómo crecer en una Europa donde hay 1,6 millones de puestos de trabajo vacantes y 4 millones de empresas cierran siendo viables

Bajo el muy ambicioso título de “Soluciones para el crecimiento” se ha celebrado en Bruselas el encuentro anual “European Business Summit” que reúne, además de lo más granado de las autoridades políticas de las instituciones europeas – con Van Rompuy y Barroso a la cabeza – y a 1.000 líderes empresariales de la UE y en el que he tenido la oportunidad de participar. El hecho de que se haya puesto el acento en el crecimiento nos habla del clima de rebelión a bordo que se vive contra las políticas monotemáticas de ajuste y austeridad que impone la canciller alemana Angela Merkel al conjunto de los Estados de la Unión. La feroz crisis mutante que afecta a Europa ha tocado fondo estructural al entrar en recesión economías como la española o la del Reino Unido y seguir poniendo únicamente el foco en los desequilibrios presupuestarios públicos, la deuda pública o la de las entidades financieras está dejando desarbolada el sustrato base de la economía productiva, la que generan las pequeñas y medianas empresas que constituyen el 80% de la actividad de la eurozona. Estranguladas por la falta de liquidez, por la caída de los pedidos basados en inversiones o servicios públicos y deprimidos por el descenso creciente del consumo privado, las empresas claman ya por un cambio de políticas, por un golpe de timón que ha encontrado momento y personaje simbólico, tras la celebración de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas del 6 de mayo.

En la apertura del foro empresarial, el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, anunció la celebración de una cena informal con los jefes de gobierno de los 27 para discutir con ellos iniciativas para el crecimiento con anterioridad a la celebración de la Cumbre de junio en Bruselas. Según el político belga, el crecimiento es en estos momentos la máxima prioridad de Europa y cifra el escenario 2014 a 2020 como decisivo para ver los resultados de esa nueva política expansiva que precisamos. Un dato revelador lanzado por el máximo responsable comunitario es que incluso si establecemos el tope de aportación de los Estados miembros a la Unión en el 1% del PIB, generaremos un billón de euros que deberían ser claves para contribuir a esas políticas que generen crecimiento. Si hemos sido capaces de poner en marcha un programa Erasmus con mucho menos inversión, que ha promovido una movilidad de los estudios de 2,3 millones de europeos en los 22 años de su existencia, deberíamos de ser capaces también de lanzar un modelo similar en el ámbito laboral. Un Erasmus para el trabajo sería el gran objetivo, sobre todo, si tenemos en cuenta el dato aportado por la Comisión Europea de que en estos momentos 1,6 millones de puestos de trabajo en Europa se encuentran vacantes por falta de herramientas de gestión de colocación coordinadas entre los Estados miembros o por incapacidad para ajustar la oferta a la demanda. Factores como la educación en idiomas y la homologación de titulaciones son las principales trabas para resolver por un lado el drama del paro para muchos jóvenes y por otro de muchas empresas que desaprovechan oportunidades de negocio por no contar con el recurso humano necesario.

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Estos son los verdaderos desajustes de la economía europea, más allá de determinados desmanes presupuestarios que deben pasar al control riguroso de las cuentas. El rigor y la lógica austeridad no son virtudes de las que hacer gala en periodo de vacas flacas y olvidar en la opulencia, son sencillamente comportamientos éticos y obligaciones marcadas por el sentido común que debe regir la gobernanza tanto pública como privada. Parece evidente que mucho más grave que un Estado se desvíe en su déficit público un 1% de su PIB es el hecho de que más de 4 millones de empresas cierren en Europa siendo claramente viables en su actividad y funcionamiento, porque no son capaces de transferir su negocio, es decir, de establecer alianzas de colaboración para captar nuevos mercados o vender su conocimiento a empresas que tienen canales de distribución más amplios. Para quien quiera escucharlo, en Europa tenemos un problema de falta de eficacia, no tanto en los esquemas productivos o de competitividad, sino en las herramientas o habilidades puestas en común. La unidad económica ha dado importantes frutos comerciales, pero no nos ha inculcado una nueva cultura colaborativa entre empresas de distintos Estados y con distintos mercados, ni nos ha transferido la necesaria movilidad profesional de nuestra mano de obra. No es cierto que nuestro principal problema sea de costes laborales, ni tampoco de investigación o innovación. Europa sigue siendo el espacio del mundo donde más se invierte en I+D+i y ello supone que somos los más capaces para vender productos de alta gama. Ese es nuestro espacio de competitividad, el problema es que seguimos haciendo cada uno la guerra por nuestra cuenta.

Es imprescindible un acuerdo entre la estabilidad fiscal y la inversión para el crecimiento. No sé si será a Hollande si llega a ser presidente de la República al que le tocará bailar con la más fea – y que nadie piense que me refiero a Merkel porque no me permito expresiones de carácter tan machista -. Me refiero al difícil balanceo en el eje franco-alemán, entre las pulsiones de las autoridades alemanas, tanto políticas como económicas, que pueden poner el énfasis en la austeridad porque su país aún sigue creciendo y una amplia mayoría de europeos que ver cercenados sus derechos sociales mientras sus posibilidades de vivir con un trabajo digno son cada vez más remotas. Y una buena forma de salirse de la melé de posiciones tan encontradas sería poner el énfasis en los otros ajustes que mencionaba con anterioridad. Ajustar nuestros mercados, hacerlos más eficaces, especialmente el del recurso humano, el principal de nuestros recursos. Olvidar por un solo minuto, siquiera por un día, a la prima de riesgo y las cotizaciones bursátiles, dejar de lado por un lapso inconsciente el vil metal, las decisiones puramente monetarias y pensar en los problemas de fondo de nuestras empresas y nuestros trabajadores. Pensar en porqué no vendemos más y porqué no empleamos más trabajadores. Pensar en definitiva en porqué no sumamos más siendo 500 millones de ciudadanos con una alta formación y unas instituciones mucho más consolidadas que la mayoría de nuestros entornos mundiales. Ese diálogo europeo se produce solo en los despachos de Bruselas, se estudia solo en las mesas de los funcionarios comunitarios, denostados injustamente, porque a su manera demasiado cicatera y sumisa a los poderes políticos estatales, vienen escribiendo y diciendo soto voce a quien quiera leerlos y escucharlos, que tenemos que invertir más en colaborar, ser más europeos y sumar más. Y lo dicen además, desde la puesta en valor de la riqueza diferencial, desde el poderío identitario local puesto en común y siguen siendo las estructuras cada vez más virtuales de los Estados heredados de la II Guerra Mundial las que impiden una construcción más cohesionada de Europa.

Si no somos capaces de realizar este auténtico esfuerzo de construcción europea vencerán poco a poco las posiciones neopopulistas que crecen por doquier en Europa. El domingo pasado Marine Le Pen y su Frente Nacional se asomaban al 20% de votos en las elecciones francesas y un día después la ultraderecha holandesa obligaba a dimitir al gobierno de su país y conovocar elecciones. No quieren tomar la sociedad, no son revolucionarios, solo son antosistemas dentro del sistema, que quieren tener la llave del poder, las minorías de bloqueo y basan su discurso ya no euroescéptico sino eurfóbico en el descontento de la sociedad, sobre todo clases bajas populares y jóvenes, con una Europa que no aporta las ventajas que de ella esperaban y que solo les habla de crisis y de recortes. Para eso mejor transitar solos por la vida, sería el mensaje simplón que los ultras cada vez más desideologizados proclaman. Si juntos en Europa solo recibimos intervenciones que socavan nuestros derechos, preferimos envolvernos en nuestras viejas banderas guerreras y hacer la guerra por nuestra cuenta. El resultado, volver la vista atrás más de 60 años y encontrarnos en los campos de batalla que en cementerios de armas recorre nuestra historia y nuestras poblaciones. A esos discursos xenófobos y aislacionistas solo se les puede combatir con más democracia y con más eficacia en las políticas comunes, una receta fundadora de la Unión que los líderes europeos han olvidado en la mesilla de noche.

Tenemos que poner en marcha una “Marea de cambio” en Europa, basada en la generación de crecimiento, reconstruyendo herramientas e inventado nuevos modelos de colaboración público privada y entre empresas. Hemos de ser conscientes que caminamos con una pesada losa producida por nuestra estructura demográfica. Los europeos somos muy viejos en comparación con el resto del mundo y somos los que menos oportunidades concedemos realmente a nuestros jóvenes, porque los puestos de liderazgo y responsabilidad están okupados por auténticos okupas del poder. Nos quedan pocas décadas para no asistir al derrumbe de nuestro mundo, probablemente el plazo de supervivencia y regeneración europea espira ese emblemático 2020 que marca toda la Estrategia de la UE. Por eso no podemos dejar todo en manos de nuestros gobernantes asistiendo inertes a sus decisiones amparados en el silencio de los corderos. La revolución que debe suponer esa marea de cambio es antes individual que colectiva, es un cambio de mentalidad que empieza en los hogares y sigue en las empresas, de ser conscientes de lo que nos jugamos. Más Europa es más futuro, pero para eso cada uno de nosotros tiene que querer entenderlo y ponerse a la tarea, salir del aislamiento acomodado, coger las maletas virtuales de nuestras capacidades y buscarnos un socio europeo para conquistar la esperanza.

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